Uruguay: Paraíso del verano austral

De Montevideo al interior Criollo. Tango, asados, mate, gauchos... No, no se trata de Argentina sino del “paisito”, como le dicen al Uruguay, una especie de Suiza hispana donde los porteños pudientes vienen a dilapidar a Punta del Este mientras una parroquia internacional más bohemia pierde el sentido por escondites playeros como Cabo Polonio, olvidado entre las dunas y sin más luz que las estrellas y el faro al que cantó Jorge Drexler. Entre tanto extremo, la Ciudad Vieja de Montevideo y el embrujo colonial de Colonia del Sacramento, o el interior criollo, donde galopar por una naturaleza tan generosa como la acogida de los uruguayos.

Elena del Amo
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Foto: luis davilla

El reciente Premio Cervantes de la poeta Ida Vitale y la petición de asilo al paisito del ex mandatario peruano Alan García. La casi media hora de ovación que en el último Festival de Venecia recibió La noche de 12 años –la película sobre el cautiverio de José Mujica y sus camaradas tupamaros durante la dictadura uruguaya– o el documental presentado en este mismo certamen, El Pepe, una vida suprema, donde el director serbio Emir Kusturica exprime lo más sabio y humano del carismático ex presidente guerrillero. Parece que los astros se han alineado para poner a Uruguay en el punto de mira planetario; algo que nunca ha tenido fácil este país poco dado a dar que hablar y eclipsado permanentemente por Argentina y Brasil

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Entre semejantes vecinos, gigantes tanto en lo geográfico como en su capacidad de generar portadas, Uruguay se diría una discretísima balsa de aceite. Salvo los futboleros, que sabían de sobra del origen de Suárez, Cavani o Forlán, y los lectores de Benedetti, Galeano, Onetti o los tenebrosos cuentos de Horacio Quiroga, se diría que el común de los mortales volvió la mirada hacia esta especie de Suiza hispana cuando Mujica llegó al poder y, convirtiendo su chacra de 60 metros en residencia presidencial, comenzó a repartir bofetones de integridad que siguen corriendo como la pólvora por los vídeos de Youtube

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De este Mandela latinoamericano partieron iniciativas tan controvertidas a ambos lados del charco como el matrimonio homosexual, la legalización del aborto y, con el fin de erradicar el narcotráfico, la marihuana no necesariamente terapéutica que a veces se siente paseando alguna calle. Aviso a navegantes: la dispensan en farmacias –¡sí, farmacias!– solo a residentes registrados de antemano.

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Es decir, nada que ver con los coffee-shops de Ámsterdam. A Uruguay, la nación que presume de tener los pobres más ricos y los ricos más pobres del continente, se viene a buscar otras cosas. Por ejemplo, el agua. O al menos así afirman las malas lenguas cuando aseguran que grandes fortunas del mundo andan comprando aquí fincas –sus geografías atesoran una de las mayores reservas de agua dulce del planeta– por si en el futuro escaseara y nos peleáramos por ella. 

Visita segura

A los argentinos y brasileños, sus visitantes más fieles, lo que de siempre les ha atraído es la seguridad que echan de menos en casa. Hasta el punto que durante el verano austral, y eso no son habladurías, los más pudientes mandan en trailers los Lamborghinis, Ferraris y Rolls que no se atreven a sacar del garaje para lucirlos durante sus vacaciones en las playas de Punta del Este. 

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Al llegado de la madre patria lo que más suele enamorarle de este país todavía poco trillado es su gente, como se dice por estas latitudes, con “muy buena onda”. Pegados al termo de mate que les cuelga del hombro como una extremidad más, rápido se enredan en conversaciones donde no tarda en aflorar aquel abuelo que, de no haber venido de Italia, seguramente fue canario, catalán o vasco. El aire anticuado de pueblos y ciudades tiene, de hecho, un entrañable sabor a infancia para los que vamos sumando unos años. Incluso al recorrer Montevideo por primera vez todo suena vagamente a dejà vu. Como de haberlo visto en una cinta familiar rodada con Super-8.

Un río como un mar

“Para mí es mar y se acabó”, le hacía decir Benedetti al protagonista de su novela Andamios sobre el cauce descomunal del Río de la Plata. A sus aguas chocolate se asoma la veintena de kilómetros de la Rambla montevideana; un paseo marítimo, en términos ibéricos, jalonado de murallones de pisos, de descampados donde los chavales se entregan a la pasión futbolera que aglutina al país, de playitas fluviales y, cada tarde, de unas puestas de Sol que atraen hasta sus escolleras a enamorados y pescadores.

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Desde alejados barrios bien como Carrasco o Pocitos hasta bastante más allá de la Ciudad Vieja, la brecha de este río al que llaman mar le da una personalidad única a la capital. Mitad malecón habanero mitad costanera de Copacabana o Alicante, por la Rambla se juntan los amigos a tomar mate, a correr y montar en bici o a sacar de paseo a los niños y los perros. No hay mejor patio de recreo para esta ciudad que podría deberle el nombre a los marinos, que al parecer señalaron en sus mapas como Monte VI de Este a Oeste al cerro sobre el puerto natural que, entrado el siglo XVIII, motivó su fundación.

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Lo más interesante, además, rara vez queda a desmano de la Rambla. Ni la arteria comercial de la Avenida 18 de Julio, con opulentos edificios que conocieron tiempos mejores y el extravagante rastro que los domingos se monta en sus inmediaciones. Ni el Parque Rodó, protagonista junto a Barrio Sur y Palermo del carnaval más largo del mundo, a punto de arrancar ya con sus murgas, sus desfiles de Llamadas y los ritmos africanos del candombe que la Unesco tiene catalogados como Patrimonio de la Humanidad. Ni siquiera la Plaza de la Independencia que preside la estatua ecuestre del héroe patrio, José Gervasio Artigas. 

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A su vera, desde el Teatro Solís, escenario junto al vanguardista Auditorio del Sodre de lo mejor de la escena capitalina, hasta el delirio del Palacio Salvo. De este embrión de rascacielos soltó Benedetti que es “casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado, simpático”. Inspirado en la Divina Comedia de Dante al igual que el Barolo de Buenos Aires, fue erigido como aquel por el arquitecto italiano Palanti en los años 20 del siglo pasado, cuando se fraguaron auténticas fortunas de exportar carne a la Europa devastada por la guerra y los potentados, desmarcándose de la herencia española, encargaron revestir su ciudad con un más parisino estilo art déco.

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Retazos de él quedan deslavazados por el también medio deslavazado Montevideo. Sobre todo en los mencionados barrios acomodados de las afueras e, imprescindible, en el de Centro y la Ciudad Vieja. Esta última está a tramos que se cae; en otros ya se han remozado palacetes y caserones. Desportillada y todo, sus fachadas decadentes encierran, con permiso de ese río disfrazado de mar, el alma de Montevideo.

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Resisten por ella clásicos para ir a merendar –se merienda mucho en Uruguay–, como el bar Las Misiones que adoraba Benedetti o el Café Brasilero, entre cuyos paneles de madera se citaba con Galeano. O, en plena Peatonal Sarandí, el Club Uruguay, coto privado aún de lo más burgués por estos pagos, y la librería Más Puro Verso, que, aunque no lleva mucho tiempo allí, sí acaba de cumplir un siglo el edificio de vidrieras art nouveau que la alberga. 

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Aquí y allá, placitas embebidas de nostalgias, como la de Zabala, la Plaza España o la Plaza Matriz, donde el 18 de julio de 1830 se jurara la primera Constitución de la recién nacida República Oriental del Uruguay. Y, dejándose guiar por el aroma a parrilla, el ya sí muy turístico Mercado del Puerto, en el que meterse entre pecho y espalda un primer asado –chamuscado a la vista en brasas de madera, jamás carbón– antes de plantarse, justo enfrente, ante las fenomenales hechuras art déco de la Aduana del puerto.

Colonial Colonia

Hasta él llegan los ferrys desde Buenos Aires, aunque los porteños son más dados a tomar el Buquebús –cuidado, ni los transportes ni casi nada aquí se coge– para copar cada fin de semana las callejas adoquinadas de Colonia del Sacramento. Conduciendo sin embargo desde la capital hasta la villita uruguaya más coqueta podrá comprobarse que en este país, con tres millones de almas de las cuales más de un tercio residen en Montevideo, hay muchas más vacas que humanos.

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Tras los cercados, en una vastedad de praderas lisas como un plato, pastan a su aire las Hereford y Aberdeen Angus –las de los ojos de bife más caros de la parrilla– y, casi llegando a Colonia, las blanquinegras Holando, de las que en la localidad de Nueva Helvecia siguen produciendo los quesos que empezaron a elaborar los inmigrantes suizos llegados en el XIX. El negocio del vino, con también varias bodegas en la ruta donde familiarizarse con los tintos de uva tannat, fue más cosa de los italianos. Lo primoroso de Colonia se debe, por contra, a portugueses y españoles.

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Manzana de la discordia entre ambos, pasó de unas manos a otras por eso de las lindes dudosas del Tratado de Tordesillas y lo goloso de hacerse con la entrada a los ríos Uruguay y Paraná que llevaban a las minas de Brasil o Potosí. Hoy solo suma 30.000 habitantes y dos semáforos, amén de un paseo fluvial tan próximo a Buenos Aires que sus vecinos se agolpan a la orilla en Fin de Año para aplaudir los fuegos artificiales del otro lado del Río de la Plata. Lo mejor, claro, su delicioso barrio histórico entre las jacarandas y las flores rojas del ceibo: apenas unas cuantas cuadras, cuajadas de arquitectura colonial hispana y lusa, pero suficiente para engrosar la lista de Patrimonio de la Humanidad. 

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También figura en ella, doscientos kilómetros al norte, el tinglado industrial de Fray Bentos que alimentó a media Europa durante las dos guerras mundiales. Más arriba aguardan las aguas termales de Paysandú y Salto o, virando hacia el interior gaucho, Tacuarembó, patria chica de Carlos Gardel –el tango, cosa seria en Uruguay, es otro de sus muchos piques con los vecinos–, amén de, cada marzo, sede de la Fiesta de la Patria Gaucha en la que estos cowboys criollos pasean su tradición a caballo. Pocos sin embargo alcanzan hasta este Uruguay profundo. Se ve que tiran más los brillos de Punta del Este.

Hilván de Arenales

A su hilván de playones no hay quien le ponga un pero, pero la exclusividad de la principal ciudad balnearia de Suramérica tiene tanta fama que, una vez allí, sus mamotretos de hormigón dejan más bien frío. No estarán por supuesto de acuerdo los porteños que la toman literalmente en verano, muchos dueños aquí de pisos que rara vez bajan del millón de dólares. Ni tampoco los que tengan un amigo megarrico con acceso a la vida social de la jet, o quienes vivan del recuerdo del paraíso que debió ser antes del boom urbanístico. La visita a Casapueblo, el taller que construyó con sus manos el artista Páez Vilaró, recuerda aquel Punta del Este perdido entre arenales que poco a poco fue descubriendo tanto rico y/o famoso. 

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Aún más prohibitivo, pero con mucha más gracia, el pueblito de José Ignacio, al que se escapan de los paparazzi astros de la televisión argentina como Mirtha Legrand, y al que hacía lo propio Shakira cuando andaba ennoviada con el hijo del ex presidente De la Rúa. Desde lo alto de su faro, más allá de las villas camufladas entre la vegetación y las calles de tierra, todo lo que se atisba son playas vírgenes hasta donde alcanza la vista. ¡Y no paran hasta la frontera con Brasil! 

Pueblos y Lobos Marinos

Entre medias, ciudades de veraneo mucho más de andar por casa, como La Paloma, en cuyos hoteles demodés sentirse un extra de la tremenda película uruguaya Whisky, o excesos naturales como el bosque de ombúes, los palmares de Rocha o la barbaridad de aves que transitan la Reserva de la Biosfera de los Humedales del Este. Nunca lejos, pueblos de pescadores que en los últimos años han ido llamando a la parroquia más hippy. Como el surfero Punta del Diablo y el que se arrima al espectacular arenal de Barra de Valizas. O, dentro de un Parque Nacional hasta cuyas dunas solo se accede en camiones todoterreno, Cabo Polonio, a cuyo faro dedicó Jorge Drexler su 12 segundos de oscuridad. 

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Sin agua corriente ni más electricidad que la del faro, solo algún panel solar ilumina los albergues mochileros que le han brotado cual champiñones a esta aldea de 80 residentes y miles de lobos marinos rezongando orondos sobre sus roquedos. Hasta los años 90 sel siglo pasado los cazaban a garrotazos; hoy son las estrellas y uno de los grandes atractivos del lugar.