Una ruta naturalista por el archipiélago de las Galápagos

Situado a unos mil kilómetros al oeste de la costa de Ecuador, en el Pacífico, el archipiélago de las Galápagos es uno de los ecosistemas más fascinantes del planeta. Las tortugas gigantes y las iguanas marinas han adquirido más protagonismo en 2009 con la celebración del Año Darwin, que conjuga dos efemérides: el 200 aniversario del nacimiento del eminente naturalista y el 150 aniversario de la publicación de "El Origen de las Especies".

Jordi Serrallonga (arqueólogo y naturalista)

En el siglo XIX el naturalista Charles Darwin arribó a las Islas Galápagos. Gracias a las observaciones que realizó en este archipiélago, junto a otros estudios, años más tarde desarrollaría una idea que cambió para siempre no sólo la historia de la ciencia sino la historia y el pensamiento de la humanidad: la Teoría de la Evolución. Proponemos al viajero una ruta naturalista para seguir los pasos de Darwin entre volcanes activos, durmientes y extintos, el escenario de las tortugas gigantes, iguanas, leones marinos, pinzones, tiburones martillo... el auténtico laboratorio viviente de la Historia Natural. Pero, antes de la llegada de Darwin, fueron los españoles quienes descubrieron casualmente las Galápagos. El obispo de Panamá, Fray Tomás de Berlanga, en una travesía marítima con destino a Perú fue arrastrado por la deriva hasta el archipiélago encantado en 1535. Él hizo la primera descripción de las iguanas, así como de las tortugas gigantes; de hecho, el nombre de Galápagos tiene un origen español. Galápago significa tortuga, pero también es un tipo de silla de montar similar a la forma del caparazón de ciertas tortugas gigantes; las pertenecientes a los ecosistemas más áridos que encontramos en alguna de las 13 islas principales, 6 islas más pequeñas y más de 100 islotes que dibujan la geografía de este recóndito y maravilloso rincón del planeta. Y aquí empieza el dilema del viajero: ¿por dónde empezar la visita en este laberinto? Empecemos por el principio y así retomaremos la figura e historia de nuestro compañero de viaje: Charles Darwin.

Darwin desembarcó en San Cristóbal (actual capital de esta provincia ecuatoriana) el 17 de septiembre de 1835. En la actualidad, la primera visión de la isla no es desde el puesto de vigía del HMS Beagle sino desde la ventanilla del avión que, procedente de Guayaquil o Quito, nos dejará en la población de Puerto Baquerizo Moreno. Y es que proponemos un itinerario diferente a las modalidades de crucero que suelen partir desde Puerto Ayora en la isla de Santa Cruz. La razón es poder realizar una ruta naturalista intensiva que combine las visitas terrestres con las actividades acuáticas, durmiendo siempre en tierra firme. Sólo así podremos conocer los secretos de estas islas; por ejemplo, el punto donde se presupone que Darwin tocó tierra: una pequeña cala de rocas negras situadas en la base del Cerro Tijeretas. En este paraje, además de observar las fragatas y los piqueros de patas azules, tendrá lugar nuestro bautismo con los leones marinos -o lobos-, las mantas raya o los peces trompeta en este espacio protegido, declarado Parque Nacional hace 50 años. Hoy, sólo el 0,02 por ciento de la superficie de Galápagos está habitada por población humana; el resto corresponde al Parque Nacional y la Reserva Marina de Galápagos, catalogado como Patrimonio de la Humanidad desde 1978. Los controles de inmigración para evitar el incremento del área urbanizable en islas como San Cristóbal, Santa Cruz, Isabela y Floreana son muy estrictos, así como la entrada de productos biológicos y geológicos.

Pero nuestro viaje naturalista prosigue. En San Cristóbal hay muchos lugares por visitar, como el islote del León Dormido, la Isla Lobos, la playa de Puerto Grande o Cerro Pitt. Ahora bien, estamos en la tierra de las tortugas gigantes, y seguro que desearemos saber un poco más sobre la vida de estos quelonios. Ha llegado el momento de embarcar en una panga pública o una lancha rápida para trasladarnos hasta Santa Cruz. La razón de la visita, además de sus parajes naturales (Bahía Tortuga, Garrapatero, Grietas del Amor, Playa de los Perros, Cerro Puntudo, los Gemelos, El Chato...), radica en la posibilidad de dirigirnos a la Estación Charles Darwin. Aquí viven tortugas gigantes procedentes de varias islas, alguna de ellas en peligro de extinción tras los expolios de antaño; el ejemplo más conocido es el Solitario Jorge, un macho procedente de la Isla Pinta y que es el único representante de su subespecie. Tras unos días en Santa Cruz, la isla más habitada y punto de salida para la mayoría de los barcos de crucero que surcan las aguas de Galápagos, nos prepararemos para otro traslado marítimo. El destino será una isla que no sólo impresionó a un Charles Darwin cada vez más hechizado por los encantos de las Galápagos sino que es capaz de seducir a cualquier expedicionario: Isabela, la más grande de todas las islas y la que encierra el secreto, junto a Fernandina, sobre el origen volcánico del archipiélago. Desde San Cristóbal, pasando por Floreana y Santa Cruz hasta llegar a Isabela, el viajero siempre se hallará en un terreno de origen volcánico. Las rocas eruptivas forman mosaicos irregulares e inestables a nuestro paso; cientos de colinas, cerros y montañas nos indican la presencia de chimeneas y volcanes mimetizados; y cerca del mar se observan las huellas fosilizadas de coladas de lava que se paralizaron en su contacto con el Pacífico. Ahora bien, antes de llegar a Isabela, todas estas pistas están envejecidas, erosionadas y algunas veces borradas; en cambio, en Isabela todos estos elementos son visibles. La causa radica en la génesis del archipiélago. Las Galápagos nacieron hace cinco o seis millones de años, y a partir de su formación, por el movimiento de placas, las islas se fueron desplazando en dirección sureste hacia el continente americano. Es por esto que San Cristóbal, en el extremo oriental, es la isla más antigua de las Galápagos y la más cercana a la costa americana; en cambio, Isabela y Fernandina, en el extremo occidental, son las más jóvenes y todavía están en proceso de formación. Y es que bajo ellas se encuentra el punto caliente que ha gestado todas las islas desde el interior de la Tierra.

Con la ascensión a la caldera del volcán Sierra Negra y al cráter del volcán Chico rememoraremos el Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne. Seremos testigos directos de las fuerzas geológicas que tanto impresionaron a Darwin; la causa del nacimiento de un conjunto de islas que le brindaban la oportunidad de registrar infinidad de observaciones. Las diferentes formas y tamaños entre los picos de los pinzones, la diversidad entre los caparazones de las tortugas gigantes o las adaptaciones de las iguanas marinas y terrestres pasaron al principio desapercibidas (Darwin, en los primeros días de su estancia de cinco semanas, se vio desalentado ante unas islas "raquíticas" pobladas por "seres antediluvianos"). En cambio, ya afincado en Inglaterra y perseguido por una enfermedad crónica que le impediría volver a las Galápagos, pudo reflexionar acerca de lo que habían contemplado sus ojos. Pinzones, tortugas, iguanas, lavas y volcanes adquirieron entonces otro atractivo que se tradujo en la publicación de la teoría de la evolución según la selección sexual. La explicación de nuestros orígenes. Darwin teorizó más allá de los límites impuestos por las convenciones científicas y sociales de su época para sorprender al mundo con revolucionarias ideas que todavía nutren acalorados debates. Hoy, el viajero en Galápagos tiene la oportunidad de realizar ese viaje de regreso que tanto hubiese deseado Darwin... el mejor homenaje que podemos rendirle en su 200 aniversario.