Umbría: el discreto tesoro de Italia

Injustamente eclipsada por su vecina Toscana, esta región posee una innata vocación por la belleza y una sed de arte y de cultura

Noelia Ferreiro
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El corazón de Italia esconde una joya adormecida y discreta a la sombra de su famosa vecina: la siempre bella y eterna Toscana. Una joya llamada Umbría, que está ceñida al abrazo de la montaña, alfombrada de bosques mediterráneos y salpicada por poblados medievales que se esconden entre las faldas de los Apeninos. Es, además, un rincón de soberana belleza, donde se respira el arte y la cultura y donde se rinde culto al estómago con una exquisita gastronomía. 

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Asentada sobre un inmenso valle verde y atravesada por un río, el Tíber (Tevere en italiano) barnizado de historias y leyendas, este trozo de tierra siempre frondosa a la que el mar no toca en ningún extremo es una sucesión de suaves colinas y llanuras fértiles en las que crecen encinas, robles y castaños.

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Un paisaje que también está dibujado con interminables hileras de viñedos y olivares que regalan, año tras año, dos de sus productos estrella: el vino, mayoritariamente blanco, y el aceite de oliva, cargado de matices aromáticos. Productos que vienen a potenciar los sabores de la maravillosa cocina umbra, en cuyos platos nunca faltará un buen queso, jugosa carne de cerdo y trufas (tartufo nero, tartufo bianco) que son la gloria regional.

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Pero no todo es naturaleza que despeja los sentidos. La Umbría, que se ha ganado el apodo de Corazón Verde de la Península, alterna su tejido agrícola con remotos vestigios humanos y con un espléndido patrimonio arquitectónico que en su día dejó boquiabiertos a los artistas del Renacimento: Cimabue, Giotto, Piero della Francesca, Fra Angelico, Filippo Lippi...

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Y es que el carácter singular de este lugar se ha ido forjando a lo largo de los siglos para alcanzar una identidad propia. Y también para demostrar que Italia va mucho más allá de Venecia, Florencia y Roma.

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Más modesta, pero no por ello menos hermosa es, por ejemplo Perugia, la capital de la región. Elegante y acogedora, con impresionantes monumentos como el Palazzo dei Priori o la Rocca Paolina, cuenta con un trazado medieval de empinadas callejuelas, arcos y puentes y un ambiente estudiantil y dinámico que tiene su máximo apogeo durante el Umbria Jazz, el festival que presenta cada verano a los más renombrados artistas de este género.

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También  está la pulcra Asís, que no sólo es el centro geográfico de este territorio, sino también el espiritual, el que esparce su misticismo por los alrededores. El responsable, claro: San Francisco, oriundo de esta ciudad, a quien no sólo se dedicó la deslumbrante basílica que lleva su nombre y los dramáticos frescos de Giotto, sino al que también rinde culto cada año una pasmosa multitud de devotos venidos de todas partes del mundo.

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A esta figura se debe también la Marcia per la Pace (Marcha por la Paz), que va de Perugia a Asís y que es algo así como un Camino de Santiago, pero en versión italiana.

El resto son coquetas poblaciones umbras, distinguidas por su carácter medieval. Poblaciones que están todas amuralladas y revestidas del mismo tipo de piedra, lo cual les confiere una bonita homogeneidad: según se contemplan desde las alturas, se las ve aflorar desde la bruma, rodeadas de un verde cegador.

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Están las que se aferran al relieve de las montañas -Spello, Asís, Trevi...- y también las que se resguardan a sus pies, como la bella Gubbio. Otras, sin embargo, se desparraman por la campiña -Montefalco, Bevagna, Norcia...- sorteando las extensiones de olivos plateados y las infinitas viñas que colorean el entorno.

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Y otras, las menos, se asientan a la orilla de las aguas, como esas pequeñas aldeas que bordan el lago Trasimeno, el cuarto más grande de Italia: Borghetto, Passignano dul Trasimeno, Castiglione del Lago...

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Pero entre todas las poblaciones, hay dos que destacan por derecho propio. La primera es Orvieto, erigida sobre una meseta volcánica y dueña de un esplendoroso Duomo del siglo XVI (dicen que es una de las catedrales más bellas de Italia), cuyas afiladas agujas parecen punzar el cielo.

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La segunda es Spoleto, con bonito casco histórico y espléndidos monumentos como el Teatro y la Casa Romana o la Rocca Albornoziana. Ambas, con un amplio repertorio de ofertas culturales, confirman que lo histórico no riñe con los tiempos que corren.