Última parada: Ushuaia, donde el viento da la vuelta

Bendecida por la mística del ‘finis terrae’, la ciudad más austral del planeta es uno de los lugares más conmovedores de Argentina.

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: Fyletto / ISTOCK

Allí donde los Andes se funden con el mar, donde el Atlántico se abraza con el Pacífico, donde el continente americano se estrecha en una puntiaguda cola para servir de antesala a la inmensidad helada de la Antártida. Allí, en el sur del sur, el viento da la vuelta mientras el planeta da su abrupto adiós a la tierra habitada por el hombre. Se dice, no sin cierta carga de misticismo, que se trata del fin del mundo.

Ushuaia, fin del mundo en Argentina. | Adrian Wojcik / ISTOCK

El extremo de Argentina, ese triángulo que, separado de tierra firme por el Estrecho de Magallanes, penetra en las misteriosas soledades del océano bajo el sugerente nombre de Tierra de Fuego, es, efectivamente, la parte más austral del globo. Por eso en este rincón tapizado de una naturaleza prodigiosa todo lleva el sello del límite.

Nadie escapa a la magnética sensación del finis terrae cuando camina por este territorio azotado por corrientes huracanadas y bendecido por la belleza de sus cumbres cubiertas de nieve, de sus bosques tupidos que tapizan las laderas, de sus lagos de un azul cegador como espejos de agua patagónica.

Laguna Esmeralda en Tierra del Fuego, Ushuaia, Argentina. | Fyletto / ISTOCK

Así acontece también en Ushuaia, la capital de esta región remota, la metrópoli más meridional (la chilena Puerto Williams, algo más al sur, no tiene categoría de ciudad). Es cierto que sus coloridos tejados a dos aguas, sus calles empinadas y el puñado de casas históricas de chapa acanalada que salpican el centro ponen el contrapunto urbano a la desolación del paisaje. Pero su situación en el vértice del planeta le otorga un aire de perpetuas vacaciones, como de tiempo detenido.

Más allá de su etiqueta del último confín de la tierra, y más allá del magnetismo que esto crea, Ushuaia es un destino atractivo por sí mismo, ideal para quienes gusten de aventuras polares, hermosísimas rutas de senderismo o esquí de primera categoría. Emplazada en el final de la cordillera de los Andes, en la antesala donde se adivina la Antártida, esta ciudad goza de un entorno natural mágico. Un glaciar (el Martial) al que se puede ascender caminando, cumbres blancas, valles verdes y profundos, torrentes fruto del deshielo y dos lagos (el Fagnano y el Escondido) conforman un espectacular paisaje, ideal para decenas de excursiones.

Casas de Ushuaia. | oversnap / ISTOCK

En Ushuaia reside además la cárcel del fin del mundo, de los tiempos en que las autoridades argentinas decidieron hacer del lugar una colonia penal, creando para ello un presidio destinado a delincuentes peligrosos. Pero también el tren del fin del mundo, que transportaba a los reos apelotonados, con el traje a rayas y grilletes en los pies, dispuestos a sumergirse en las profundidades del bosque para talar los árboles con cuya leña habrían de superar los rigores del invierno. Hoy, ambos son reliquias, recuerdos de un tiempo pasado: la prisión se ha convertido en museo; y el tren, en una locomotora a vapor que brinda un itinerario turístico. 

Ushuaia, tren del fin del mundo. | smarteye / ISTOCK

Nada, sin embargo, como el Canal del Beagle logra mantener intacta la aureola de las viejas exploraciones que dieron con este lugar inhóspito. Un canal que separa la isla grande de los islotes del sur del archipiélago fueguino. Desde la bahía de Ushuaia, surcar las míticas aguas de este paso que comunica los océanos, y que ha sido foco de disputas a lo largo y ancho de la historia, es sentirse realmente en las antípodas.

Ushuaia, Tierra del Fuego. | Goddard_Photography / ISTOCK

Navegar por el Beagle supone sortear las islas cercanas: la de los Pájaros, habitada por una colonia de vociferantes cormoranes, y la de los Lobos, con focas y leones marinos. Pero también ese otro islote formado por un grupo de rocas espectrales y solitarias, en el que se yergue el faro Les Éclaireurs, al que muchos han considerado “el faro del fin del mundo”. No lo es, realmente, aunque así se le apoda sin pudor desde hace tiempo. Pero no importa: es realmente hermoso.