Turín, capital del Piamonte

Cuando todavía resuenan en la capital del Piamonte italiano los fastos de los XX Juegos Olímpicos de Invierno, la "cittá del progreso" mantiene un proceso de transformación constante con el que este antiguo foco industrial reconvierte sus fábricas y palazzos en centros de cultura y vanguardia. Moderna, fascinante y montañera, la futura Capital Mundial del Diseño 2008, coronada por los Alpes, reúne un compendio de historia, gastronomía y tendencias que la proclaman como un ejemplo a seguir de revitalización urbana.

Ana G. Vitienes

Cualquier cartel de los que empapelan las plazas nobles y afrancesadas de la capital del Piamonte en los últimos meses, la urbe que ha centralizado buena parte de la historia de Italia desde su posición estratégica, acordonada por unos Alpes magistrales y poderosos, reproducen la frase "Torino non sta mai ferma" como una consigna: "Turín nunca se detiene". Menos aún desde que comenzara a desplegar todo un ejército de proyectos, transformaciones e infraestructuras urbanas con las que acaba de afrontar con éxito uno de sus retos personales: la celebración de los XX Juegos Olímpicos de Invierno.

Y puede que atrás se quede el reflujo de los miles de atletas, periodistas y el millón y medio de espectadores que han pasado por sus calles repletas de evocaciones barrocas y raíces romanas una vez terminada la gran fiesta del deporte blanco; mas la frase de su eslogan promocional no desaparece tras la visión de los podios repletos de ganadores y medallas. Porque esta ciudad alpina ha iniciado un movimiento cuyo metódico avance prosigue hasta el paroxismo vital. Si existe una urbe adscrita al compromiso de reinterpretarse a sí misma y batir cualquier récord, sin duda es ésta, que es capaz de combinar sin inmutarse 18 kilómetros de soportales dieciochescos con la primera red metropolitana conectada por fibra óptica en la que los teléfonos móviles tienen cobertura.

Centro contemporáneo y multicultural.
La antigua capital de los Saboya ha dejado tras de sí tantos tópicos definitorios en las últimas décadas que ahora resulta más propio pensarse dos veces cuál es su identidad preferente si quiere uno describirla. La esforzada actitud calvinista con que encarnó a la Italia del norte en los años 50, industrializada y formal, emblema de una unificación política nacional proclamada en sus calles allá por 1861 e impulsada por el empuje económico de la mítica Fiat, apenas le cuadra ahora a la hora de identificar con posibles definiciones a esta inquieta y facetada city multicultural, que despunta como uno de los centros contemporáneos consolidados de Europa.

Esto no quiere decir, sin embargo, que la ciudad de Turín haya renegado de lo que fue, a esos dos milenios de pasado que evocan el castrum romano de Augusta Taurinorum, cuyos restos son apenas intuidos entre las sofisticadas tiendas y cafés del barrio Quadrilátero Romano. Ni que haya dado la espalda a su obligada relación con las montañas, presididas por algunas de las estaciones invernales más importantes del Viejo Continente y una magnífica Basílica de Superga, que sirve de atalaya desde la cual contemplar su profunda relación con el entorno.

La estampa de su casco histórico, engalanado por una corona de cumbres que se despliega desde esta colina de 669 metros situada a cinco kilómetros del centro, compone "el más bello cuadro que el ojo humano pudiera contemplar", como escribió en el año 1728 un joven viajero llamado Jean Jacques Rousseau. La presencia de los Juegos Olímpicos de Invierno ha saldado sin duda una deuda pendiente con esta región tan claramente ligada al nacimiento del esquí y de los deportes alpinos. En el siglo XIX ya funcionaban varias estaciones -como Claviere y Bardonecchia- que hicieron de Turín un destino de turismo invernal obligado, que en 1863 funda el prestigioso Club Alpino Italiano, pionero en los desafíos deportivos del hombre frente a las cumbres máximas. Con esta cita internacional, la ciudad retoma su vínculo con los Alpes después de tantos años de ejercer una personalidad industrial y alejada de su propia naturaleza.

Llegada al siglo XX con aires de hierro
La floreciente actividad financiera eclipsó el incipiente desarrollo del turismo poco después de que la ciudad perdiera su título de capital del reino de la Italia unida en 1865, cuando éste recae en Florencia. Desolada y dolorida, Turín ignora entonces la solemne magnificencia de sus pórticos de la Piazza San Carlo, el esplendor de la dignidad regia de los Saboya presente en el corazón histórico de la Piazza Castello y los lienzos alegóricos de su Palazzo Real, así como los tesoros de su Biblioteca -donde se conserva el célebre autorretrato a sanguina de un Leonardo da Vinci ya anciano-, para pasar a representarse en clave tecnológica e industrial. Adopta así un "aire de hierro", tal y como lo describe el escritor Giovanni Arpino, con el que aterriza en los albores del siglo XX de la mano del sector automovilístico y la mítica Fiat en 1899, al que se suman empresas de una neta solera piamontesa, como Lavazza -en 1894- y Ferrero -en 1946-, e importantes grupos editoriales y de comunicación, entre los que destacan la RAI (Radio Televisión Italiana) desde 1924 y el diario La Stampa, cuya primera edición vio la luz en 1895.

Esta expansión transforma radicalmente su aspecto, renunciando a los tranvías tirados por caballos y creciendo entre fábricas y zonas industriales. También eclosiona su economía y, con ella, desemboca en una belle époque adinerada y feliz, desbordante de cine e intelectualismo. Sus famosos cafés saborean desde entonces el germen de diversos movimientos artísticos y literarios de la mano de creadores como Cesare Pavese, Antonio Gramsci, Primo Levi y, más recientemente, Alessandro Baricco.

Pero todo tiene sus ciclos, y el de este Turín de las vanguardias, desapegado de la tradición y adicto a la máquina, llega hasta 1961, cuando tiene lugar la gran exposición conmemorativa del centenario de la unidad nacional y se inaugura el Museo Nazionale dell''Automobile, diseñado por Amedeo Albertini, que altera el característico paisaje urbano a orillas del río Po. A partir de aquí, la profunda crisis de la industria ante la competencia productiva de otras naciones y el deterioro de las infraestructuras conducen a la ciudad italiana hacia la idea de imponerse un discurso que reconcilie el pasado y el presente, recuperando también los espacios verdes degradados.

En tal gestión del movimiento y el cambio, la ciudad ha ido añadiendo a sus gestos de antaño, como las deliciosas cúpulas de Guarini, las figuras ecuestres de Piazza Solferino o la imponente Mole Antonelliana de 168 metros de altura -que aloja desde el año 2000 la visita sin duda más fascinante de la ciudad, con permiso de la Sindone: el Museo Nacional de Cine, según el concepto de exposición vertical de François Confino-, una vertiginosa reinvención de sus espacios, con los que proclama una nueva juventud. Especialmente desde los años 80 parece como si la ciudad no hubiera dejado de remodelarse, pero nunca despreciando o anulando lo que era sino aprovechando sus esquinas más deterioradas y hoscas e insuflándolas otro espíritu más moderno.

Arte y arquitectura de vanguardia
Primero delegó a la categoría de túnel subterráneo la línea ferroviaria que une las estaciones de Porta Susa y Porta Nuevo, que cortaba su superficie en dos, recuperando una inmensa zona urbana que hoy se decora, cada mes de diciembre, con propuestas de arte contemporáneo visual durante sus festivales de vanguardia contemporánea Luci d''artista y ManifesTO, que juegan con las luces y celebran las sombras urbanas; luego desarrolló proyectos tan retadores como transformar las antiguas Oficinas Grandi Riparazioni en un amplio centro cultural y de exposiciones; y finalmente ha reestructurado grandes áreas industriales completamente en desuso, como el Lingotto, la gigantesca fábrica de la Fiat de 1926 declarada como el parque industrial más grande del continente, en un complejo espectacular diseñado por Renzo Piano y compuesto por un palacio de exposiciones y congresos con recinto ferial, dos facultades universitarias, un hotel de cinco estrellas y un área de ocio con cien tiendas y once salas de cine.

Otros símbolos donde es inevitable tropezarse con esta Turín dinámica, empeñada en mostrar su peculiar sensibilidad hacia el reflejo del arte en el presente, incluyen la burbuja azul de cristal y acero que acoge la Pinacoteca Giovanni y Marella Agnelli, la hiperbólica estructura del Teatro Regio, renovado por Carlo Mollino, y los pabellones de madera y acero del centro multimedia Atrium Torino, donde pueden verse las transformaciones urbanísticas en curso y los proyectos del Turín más futuro. También, el Castillo de Rivoli, entregado al Museo de Arte Contemporáneo, la remodelada Galeria Civica d''Arte Moderna e Contemporánea, y las inmensas salas de la Fondazione Sandretto Re Rebaudengo, abiertas a la performance y la explotación artística desde 2002.

Esta pasión con la que la capital del Piamonte mira hacia el arte y la arquitectura rompedora se entremezcla con su cara más antigua sin la más mínima intención de provocar. La sinergia entre sus plazas más clásicas, como la de Carignano, y las intervenciones recientes no resultan, curiosamente, contrapuestas, sino que parecen convivir en agridulce visualidad. Uno puede contemplar la noble casa dieciochesca adornada con un piercing en la Piazza del Corpus Domini, pasear por las plazas, parques y patios donde se instalan piezas de arte público parecidas y luego recalar en alguno de sus espacios verdes como impulsado por la certeza de que todo mantiene un flujo común y sensato, que responde a un movimiento fluido, anticaótico y premeditado.

Si, como apuntaba Le Corbusier, "Turín es la ciudad con la mejor posición natural", otro de sus rasgos actuales es, precisamente, la reivindicación de un envidiable patrimonio ambiental. Más allá de sus esplendorosas montañas alpinas, el hálito verde está presente en sus calles a través de nada menos que 16 millones de metros cuadrados de parques y jardines, 400 kilómetros de carreteras arboladas, más de 60.000 plantas, 17 parques y 70 kilómetros de espacios verdes en torno a los cuatro ríos que bañan esta ciudad: el Po, el Dora Riparia, la Stura y el Sangone.

La columna del dragón
Pero no todo es nítido, móvil y renovado en la enigmática Turín. Ella misma guarda algunos secretos propios de esos lugares que se niegan a revelar todas sus oquedades y que les otorgan un halo fascinante de cittá mágica. Iglesias, fuentes y signos masónicos ofrecen un recorrido transgresor y diferente, lleno de significados perseguidos por mitómanos y aventureros. Durante siglos, el circuito esotérico ha considerado a Turín como parte de un eje maléfico y sagrado a la vez, junto a las ciudades de Lyon (Francia) y Praga (República Checa). Se dice, de hecho, que Turín se alza en el punto donde confluyen las redes biomagnéticas del planeta, bautizadas como La columna del dragón. Estatuas de ángeles caídos, lugares benditos como la Iglesia de la Gran Madre o la temible Piazza Statuto proporcionan un culto a lo desconocido, al que también se suman los ricos fondos del Museo Egizio -que se anuncia como el más importante del mundo después del de El Cairo, con más de 30.000 piezas que fueron recolectadas en gran parte por el coleccionista Bernardino Droveti desde 1824-, con su amplia sala de túmulos funerarios, tumbas, momias y cámaras sepulcrales, o la inexplicable autenticidad de la Sábana Santa. Un perfil que ofrece otras zonas oscuras, como la esquina entre la vía Carlo Alberto y la vía Po, donde un Friedrich Nietzsche ya totalmente enloquecido abrazó a un caballo para salvarlo de los salvajes azotes del cochero. Como escribió uno de sus residentes más ilustres, el escritor Italo Calvino, "Turín invita al vigor, al estilo... Invita a la lógica, que abre el camino a la locura".

Barroca, moderna y natural, la ciudad de Turín recibe hoy en sus calles a escritores, pintores, directores de cine y disc-jockeys con una dimensión tan multicultural como su constante mutación fisonómica y energética. Redescubierta en los últimos cinco años por un turismo a la vez culto, goloso y juvenil, que se reparte entre residencias de los Saboya, los cafés históricos, sus más de 50 mercadillos y cientos de tiendas de diseño, las chocolaterías con irresistibles bocados de avellana, los restaurantes de cocina de autor, las numerosas galerías de arte y los locales de moda de los Murazzi y el Quadrilátero Romano, su ascenso como foco de tendencias resulta imparable.

La inercia del cambio de esta urbe piamontesa se manifiesta no sólo en la creciente atracción que contagia a todos sus visitantes sino en las expectativas en torno a nuevas ideas y momentos que siguen su cauce hacia el futuro inminente. Como la apertura del medieval Palazzo Madama, que será la nueva sede del Museo Civico di Arte Antica a mediados del año 2006, o la nominación de esta "ciudad del progreso" -como ya la denominan algunos escritores- como Capital del Diseño Mundial en 2008. Un reconocimiento a esta vocación turinesa por la innovación, por su espíritu de ir hacia delante, por el movimiento como medida de lo urbano y lo real.