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Turín, belleza oculta en la antigua capital de Italia

La grandeza imperial y la belleza discreta de la que fuera la primera capital del Reino de Italia se revela sobre todo al recorrer el interior de sus edificios, que resumen siglos de historia, arte y poder dinástico. Pero también al caminarla y al saborear las delicias de la auténtica comida piamontesa.

La ciudad esconde maravillas tras el telón de los Alpes.

La ciudad esconde maravillas tras el telón de los Alpes. / Istock

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Existen ciudades nacidas para reinar mucho antes de ser levantadas, y otras, como Turín, que lo hicieron durante un instante, para ver cómo la historia las relegaba a otra parte. Anticipada como la protagonista de Europa, la primera capital del Reino de Italia, en 1861, creció con la convicción de formar parte de algo más grande, sede de la corte de los Saboya, y motor de la unificación del país. Todo apuntaba hacia la grandeza, pero apenas cuatro años más tarde, el centro de gravedad político se desplazaría a Florencia, dando paso después a Roma, vaciando de corte e importancia una ciudad convencida, hoy convertida en infanta, que aún guarda, o esconde, toda su belleza solo para aquellos dispuestos a encontrarla. Una capital que aún espera un país que la justifique.

Vista aérea de la Piazza Castello, Turín.

Vista aérea de la Piazza Castello, Turín. / Istock

Sobredimensionada para sí misma y construida a escala imperial, sus palacios rivalizan con Versalles, sus museos superan a los ingleses y las basílicas, que el propio papado ha calificado como “la vista más bella de Europa”, son en muchos casos milagros del barroco italiano, pero, bajo indicación de la guía que en este viaje nos acompañará: “Turín es como una mujer, y su primer vistazo, un trazo de lo que esconde; es al traspasar sus puertas, recorrer sus interiores, que la ciudad, como ella, se conoce por completo”.

Puente Vittorio Emanuele I sobre el río Po.

Puente Vittorio Emanuele I sobre el río Po. / Istock / Alessandro Tortora

El arte del ocultismo

Quien llega a la Piazza Castello y se detiene ante la fachada del Palacio Real puede llevarse, a primera vista, una impresión equivocada. La sobriedad de su portada, austera y contenida en comparación con los grandes alardes europeos, sugiere una moderación que el interior desmiente con violencia, puesto que la residencia oficial de la Casa de Saboya desde el siglo XVII hasta que la capitalidad del recién unificado Reino de Italia comenzó su peregrinaje es una demostración de opulencia barroca sin precedente. El edificio comenzó a tomar su forma actual en 1645, en un trabajar que, durante décadas, mantuvo ocupados a arquitectos como Ascanio Vitozzi, Carlo di Castellamonte o Filippo Juvarra, el mayor de ellos, genio siciliano afincado en Turín al que la ciudad debe buena parte de su fisionomía. Los apartamentos reales son un catálogo de techos dorados y escenas pintadas, una de las manifestaciones más ambiciosas y completas del barroco piamontés. Las bóvedas del palacio, talladas y pintadas al fresco, celebran el poder de los Saboya.

Soportales de la ciudad, Turín.

Soportales de la ciudad, Turín. / Istock / Fani Kurti

El recorrido interior roza lo inabarcable, desde la Scala delle Forbici, la escalera proyectada por Juvarra como obra maestra de ingeniería, hasta estancias como el Gabinete Chino, la Sala del Trono o la Armería Real, una de las colecciones de armas y armaduras más importantes de Europa, con piezas que van desde la Edad Media hasta las armaduras de Manuel Filiberto, pasando por una espada que empuñó Napoleón. Un conjunto artístico envidiable que Somewhere Tours & Events recorre por completo en diferentes visitas guiadas a través de todo el complejo, incluyendo el acceso nocturno y a puerta cerrada del palacio. En total, el complejo atesora más de 8.000 pinturas y dibujos, unas 50.000 piezas arqueológicas y más de 200.000 volúmenes. Mientras que la Biblioteca Real custodia entre sus fondos registros tan fascinantes como una colección de autógrafos del mismísimo Leonardo da Vinci. Como decíamos, la moderación de la fachada, ya se sabe, puede despistar.

Villa della Regina, Turín.

Villa della Regina, Turín. / Istock

Arte sobre arte

Si el Palacio Real es la gran declaración de los Saboya, el Palazzo Madama, que cierra la Piazza Castello por su lado oriental, es más complejo y fascinante: un edificio que resume 10 siglos de historia ininterrumpida. Sobre los cimientos de la antigua puerta romana decumana se levantó en la Edad Media una fortaleza, que después se convirtió en palacio ducal, para ser reformado en el siglo XVIII por Juvarra, con una imponente fachada barroca que hoy lo convierte en uno de los edificios más fotografiados de la ciudad. En su interior funciona hoy el Museo Cívico de Arte Antiguo, que recorre desde la prehistoria hasta el siglo XVIII a través de una colección de artes aplicadas, esculturas, vidrieras medievales, tapices y marfiles que enmarcan el recorrido por unas salas donde la propia arquitectura es parte del discurso. Subir por la gran escalera de Juvarra hacia los salones de la primera planta es entender por qué Turín fue, durante décadas de los siglos XVII y XVIII, una de las cortes de referencia en materia de gusto artístico en Europa.

Piazza San Carlo al atardecer, Turín

Piazza San Carlo al atardecer, Turín / Istock / Sean Pavone

Subiendo del horizonte oriental de Turín, pasados los cruces del tranvía y el paseo que enmarca el río Po, la ciudad se despliega a los pies de una de las joyas más discretas del patrimonio sabaudo: la Villa della Regina, nacida como viñedo de recreo inspirado en las grandes villas romanas para convertirse en residencia de verano de las reinas de la Casa de Saboya, de quien tomó su nombre definitivo.

El interior de la villa es una revelación para las expectativas, con cuatro Gabinetes Chinos que recogen el capricho orientalista que, en la nobleza europea de entonces, era símbolo de sofisticación. Recogida en un anfiteatro de jardines italianos, la ladera de la colina expone fuentes, grutas y parterres de diseño geométrico, con terrazas transitables de diferentes alturas donde buscar la mejor vista de este Patrimonio Mundial registrado por la Unesco como parte del sistema de residencias Saboya. Pero la visita continúa y Turín se mantiene insaciable. Sobre los 660 metros que eleva la colina de Superga al este de la ciudad, la Basílica de Superga espera la llegada de sus visitantes a través del tranvía de cremallera Sassi-Superga, que desde 1884 une los pies de la colina con la cima, en un viaje de poco más de 20 minutos entre viñedos y bosques con vistas a la ciudad y, si el día está despejado, el telón implacable de los Alpes.

Bicerin, Turin

Bicerin, Turin / Getty Images / Fani Kurti

Cocina del Piamonte

La cocina piamontesa es una de las grandes tradiciones gastronómicas de Italia. Fiel seguidora del aperitivo, la ciudad es cuna del vermut y el bicerín, mezcla de café, chocolate y nata que se sirve en taza de cristal desde el siglo XVIII. Para quien quiera ir más allá, el circuito Mangèbin, impulsado por la Cámara de Comercio en colaboración con Turismo Torino e Provincia, garantiza que al menos el sesenta por ciento de los platos de sus restaurantes adheridos sean de origen piamontés. Entre ellos, la Bruschetteria Pautasso, el Bel Deuit y el Porto di Savona. Y para los golosos, en 2027 regresa CioccolaTò, el gran festival del chocolate de Turín, que convierte la ciudad entera en un escaparate del mejor cacao europeo.

En lo alto, de nuevo, Juvarra. En 1706, con las tropas francesas sitiando Turín, el duque Víctor Amadeo II prometió a la Virgen que si ganaba la batalla, le levantaría una iglesia digna de su protección. Victoria aparte, cumplió su promesa con una de las obras maestras más importantes del barroco clásico italiano: una cúpula de 75 metros de altura, una columnata corintia de proporciones perfectas y un interior de estuco y mármol blanco lejos del oscuro barroco habitual, tan bella en su conjunto que el papa Pío XII la describió como la vista más bella de Europa. En la cripta, a la que se accede por la fachada izquierda de la basílica, reposan las tumbas reales de la Casa de Saboya, un panteón dinástico que recoge 62 enterramientos de la familia, con nombres tan importantes como Carlos Alberto, Víctor Amadeo II o Carlos Manuel III.

Calle del Quadrilatero, Turín

Calle del Quadrilatero, Turín / Istock / Fani Kurti

Turín es, en esencia, historia, conocerla está en sus calles y quizá por eso se presenta además como una ciudad caminable. Su centro histórico, trazado con la precisión milimétrica del castro romano que le dio origen, articula en pocos kilómetros una amplia muestra de su patrimonio, conectado por casi 18 kilómetros de soportales porticados de paseo a cubierto. Por eso, la elección del alojamiento no es un detalle menor, sino la decisión estratégica que marcará la visita. El Hilton Turin Centre, hotel de cinco estrellas enclavado en pleno corazón de la ciudad, se convierte en este sentido en la base de operaciones ideal: céntrico y acomodado, se presenta a un paso de los grandes monumentos de la ciudad, lo que permite sacar el máximo partido a cada jornada sin perder tiempo en desplazamientos.