Túnez en cinco visitas básicas

Maravillas naturales e históricas desfilan por este país del norte africano, encajado entre el Mediterráneo y el desierto.

Noelia Ferreiro
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Deliciosos pueblos en azul y blanco, bazares refulgentes en cobre, aromas a especias, camellos sobre la arena. Por todo ello y por mucho más, Túnez es el país de las maravillas y ejerce una atracción irremediable. Y aunque todos sus atractivos no caben en un reportaje, éstas son las visitas básicas que no te puedes perder:

La capital: tradición y modernidad

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Esta ciudad en plena expansión conjuga perfectamente la historia y la vanguardia, el pasado y el futuro. Su medina, magníficamente conservada, expone el encanto caótico de en sus callejuelas abigarradas y ruidosas, donde se suceden los puestos de artesanía de cerámica, cuero y plata y donde, obligatoriamente, cunde el arte del regateo.

Una medina a la que da paso la Puerta de Francia (un reducto de la antigua muralla) y que custodia en su corazón la Gran Mezquita, la más grande de Túnez y el centro religioso más importante del Magreb. También en la capital reside el Museo del Bardo, una joya arqueológica con una impresionante colección de antigüedades romanas (especial atención merecen los mosaicos) y las piezas más valiosas de Cartago.

Sidi Bou Said: bohemia entre buganvillas 

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Está considerado uno de los pueblos más bellos del Mediterráneo. A sólo quince kilómetros de la ciudad, reposado sobre altos acantilados a la orilla del mar, es el lugar donde hallar la bohemia tunecina, los pintorescos cafés como Des Nattes o Des Delices, donde dejaron su huella artistas, poetas y músicos venidos de todos los rincones del mundo.

Especialmente el pintor Paul Klee, que quedó cautivado por la belleza de este delicioso entramado en azul y blanco donde el mero acto de tomar un té a la menta (o con piñones) es lo más parecido a una obra de arte

Cartago: ruinas que cuentan historias

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Inexcusable visita es también la de este yacimiento. Porque la que fuera una de las ciudades más poderosas de la Antigüedad no sólo es Patrimonio de la Humanidad sino una lección de historia fundamental para entender cómo era la vida en los remotos tiempos de los fenicios y de los romanos.

No hay que perderse los puertos púnicos, que dan fe de la potencia marítima de este emplazamiento; Tofet, el santuario dedicado a deidades fenicias; las Termas de Antonino, que fueron los baños más importantes de la época romana y la colina de Byrsa, coronando las ruinas, donde se encuentra el anfiteatro, la catedral de San Luis y el Museo Nacional de Cartago.

Djerba: la isla exótica 

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Homero situó en ella aquel pasaje de Ulises embriagado por el loto, un delicioso fruto que hace desaparecer cualquier deseo de marcharse. Nada extraña. Porque descubrir esta isla apacible y encantadora es querer quedarse para siempre. Separada del continente por un canal al que los romanos ya dotaron de una calzada, Djerba exhibe la esencia del Mediterráneo y del Sahara. Por eso sus playas de arena blanca y aguas cristalinas se cuentan entre las mejores del norte de África.

A ello se suma una historia tumultuosa que ha dejado su estela en monumentos como la fortaleza española; una animada capital, Houmt Souk, y un puñado de bonitos pueblos pesqueros con todo el sabor de Túnez.

El desierto: puro magnetismo 

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El sur de Túnez es una puerta que se abre al Sahara, el mayor desierto del mundo. Una ondulación infinita de arenas rosadas donde, de pronto, la vida brota en un oasis perdido o en un pueblo bereber colgado de un pliegue del terreno. El propio George Lucas se enamoró de esta luz y este silencio hasta el punto de situar aquí a sus disparatados androides en la exitosa saga de Star Wars. A pie por su paisaje eterno o en camello sobre las dunas o incluso en un divertido quad como un tuareg del siglo XXI, el desierto resulta altamente magnético.