Trinidad y el valle más dulce de Cuba

Situada a más de 300 kilómetros de La Habana, la distancia no disuade a los viajeros bien informados. Tanto Trinidad –uno de los entornos coloniales mejor conservados de América– como su Valle de San Luis o de Los Ingenios –la inmensa llanura de cañaverales circundada por altas montañas que la orientan al cercano Caribe– reciben un gran número de visitantes. No en vano sus valores artísticos y naturales fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1988.

Isabel Ureña
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Foto: Álvaro Leiva

Trinidad, también llamada la Ciudad Museo y Capital del Azúcar, invita sobre todo a deambular. Ya que el centro histórico está cerrado al tráfico rodado, una buena idea es comenzar la andadura desde el Cerro de la Vigía, una colina situada a las afueras donde se levantan las ruinas de la Ermita de Nuestra Señora de la Candelaria de la Popa, con fácil acceso por un camino de piedras. Desde allí la vista de la ciudad y su amplísimo valle, con el Mar Caribe al fondo y un horizonte montañoso al norte, permite apreciar este fantástico entorno natural y también el intrincado urbanismo del centro antiguo.

Rodeado por casitas más modestas, se distingue perfectamente el importante núcleo de construcciones coloniales, casi siempre de una sola planta cubierta de tejas españolas. Bajando hacia la ciudad, desembocaremos en el centro del casco antiguo por la calle Simón Bolívar: la Plaza Mayor, con su parroquia colonial, algunos palacios y su pequeño jardín rectangular rodeado de rejas blancas.

De aquí en adelante, el visitante se siente sumergido en un pasado detenido dos siglos atrás: el viejo adoquinado español, las mansiones coloniales compitiendo en grandeza, pintadas de vivos colores, con sus enormes puertas de madera y las altísimas ventanas casi a ras de las aceras, protegidas por elegantes rejas verticales herederas directas de la forja andaluza. Por sus muros asoman palmas y buganvillas multicolores que adornan los patios interiores o invaden los solares de ruinas, que también encontraremos a pesar del esfuerzo reconstructivo de las últimas décadas.

Los dinteles abiertos dejan entrever la estructura interior de las casonas, los salones sombreados y frescos, y también los restos de lujo que han sobrevivido a la azarosa historia de la ciudad: lámparas, jarrones, suelos de mármol o puntales artesonados con maderas nobles. Las calles Real del Jigüe -el gran árbol ceremonial- y de la Amargura son los ejes alrededor de los cuales se teje una red urbanística por la que perderse con la seguridad de que, tras cada esquina, descubriremos un rincón, un dintel o un color más asombroso que lo ya visto.

La visita a algunas de las mejores edificaciones civiles, convertidas en museos, completa la inmersión en un mundo ya inexistente que, por suerte, ha dejado estos rastros, ahora conservados y muy apreciados.

Oro, azúcar y... adoquines
Pero lo más fascinante de Trinidad es su ambiente y la tranquilidad de sus atardeceres, cuando los turistas de un día han partido ya y el silencio sólo es roto por los cascos de las caballerías o las voces de los vecinos. Entonces los vendedores de artesanía turística desaparecen y la ciudad alcanza un estado aún mayor de encantamiento.

Trinidad de Cuba fue la tercera ciudad fundada en la isla por el adelantado Diego de Velázquez, gobernador en las primeras décadas de colonización. En el año 1514, y bajo la sombra del gran jigüe que aún podemos encontrar cerca de la Plaza Mayor, el mismo Fray Bartolomé de las Casas, defensor de los derechos de los pobladores del Nuevo Mundo, celebró la misa ritual. El lugar era muy apropiado: al sur de una gran planicie cruzada por varios ríos, rodeada de feraces montañas y a menos de diez kilómetros del Caribe. Llegando por el mar, los españoles encontraron la comarca de Guamuhaya poblada por los siboneyes, tan amables al extraño que se cuenta que ellos mismos llevaron en sus canoas a los españoles tierra adentro por el curso del río Guaurabo. Una vez elegido el emplazamiento, Diego de Velázquez repartió entre sus compañeros indios y tierras...

La ciudad se organizó como era costumbre: una cuadrada plaza principal, presidida por la iglesia y los edificios dedicados al gobierno, era el epicentro alrededor del cual se delineaban calles y se construían las casas particu lares. La distribución urbanística de Trinidad es aún la misma que realizaron los españoles, así como sus adoquines, que llegaban de España como lastre en los barcos que luego se cargarían con el botín conquistado para el regreso.

El escaso oro encontrado en la zona impulsó pronto su economía en otro sentido. La ciudad estaba casi aislada por tierra, La Habana estaba muy lejos y el mar era su salida más fácil. Los colonizadores establecidos encontraron un medio de supervivencia alternativo que multiplicó fortunas: el comercio con Jamaica, el contrabando y la trata de esclavos.

Pero su momento de mayor florecimiento llegó en el siglo XVIII con la explotación de la caña de azúcar. Cerca de cien ingenios y trapiches se distribuían por el valle, donde más de diez mil esclavos africanos -prácticamente extinguida la mano de obra indígena- generaban un tercio del azúcar cubano. Las revoluciones de esclavos de Haití atrajeron a los colonizadores franceses huidos, que se instalaron también como propietarios. Las grandes familias regentaban sus haciendas, levantaron palacios con los mejores materiales y objetos artísticos traídos de Europa, y Trinidad conoció una época de esplendor económico y cultural que finalizó a mediados del XIX con las crisis económicas y las primeras guerras de independencia.

Excursiones por selvas y cascadas
A finales del siglo XIX Trinidad ya había perdido su preponderancia en el comercio y la ciudad quedó congelada en el tiempo; así la encontramos ahora. La revolución y las terribles luchas de los años 60 con los contrarrevolucionarios, refugiados en las cercanas montañas del Escambray y la bahía de Cochinos, dieron héroes trinitarios que son recordados en monumentos y museos. Hoy día, cuando el valor del azúcar ha mermado, el servicio al turismo es lo que asegura la supervivencia de sus sesenta mil habitantes.

Las excursiones típicas desde Trinidad tienen como destino la Sierra de Escambray, el Valle de los Ingenios, la Península de Ancón y Puerto Casilda. La subida al Macizo de Escambray proporciona una extraordinaria vista sobre el valle y la Península de Ancón, además de ser una de las zonas montañosas más bellas de Cuba. El viaje no es largo, aunque la carretera tiene muchas curvas, y en Topes de Collantes -a 10 kilómetros- encontramos recursos turísticos y el principio de algunas caminatas por la naturaleza hasta las cascadas -por ejemplo, la del Caburní-, idílicas pozas donde tomar un baño o corrientes de agua para pescar. También están organizados paseos a caballo, todo ello con guías bien conocedores del lugar. En todoterreno podremos llegar más arriba aún, hasta la Casa de la Gallega, donde aliviar el hambre y descansar entre los bosques de pinos y bambúes. En el Escambray se han librado batallas históricas: los mambises contra los españoles en las guerras de independencia, la lucha revolucionaria contra Batista y, en los primeros años 60, la guerrilla contrarrevolucionaria; lo que da buena idea de lo selvático y exuberante de la zona.

La mejor playa de la Costa Sur
El Valle de San Luis, llamado también de Los Ingenios o de Los Molinos por su dedicación secular a la producción de azúcar, es una gran planicie coronada de montañas verdes. Entre los cañaverales asoman palmeras y construcciones del pasado, algunas ruinosas: haciendas, molinos, barracones de esclavos... El espectáculo es grandioso.

Una visita detenida merece la Hacienda Manaca-Iznaga, a 16 kilómetros de Trinidad, que ha sido reconstruida para ser visitada y como restaurante. Este ingenio fue fundado en 1750. A su lado se alza la Torre Iznaga, de 44 metros de altura, desde la que se vigilaba el trabajo de los esclavos. La torre fue declarada, igual que el valle, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Su construcción es original: dispuesta en siete planos o pisos descendentes y adornados sus muchos arcos por 136 columnas, está ligeramente inclinada. Es posible y muy aconsejable subir, porque la vista sobre el valle lo merece.

A 15 kilómetros de la ciudad de Trinidad, con un acceso bastante sencillo por carretera, se encuentra la pequeña Península de Ancón, cuyo frente cuenta con una tranquila playa del mismo nombre, con más de cuatro kilómetros de arena y de la que se dice que es la mejor de la costa sur de Cuba; bellísima, si le damos la espalda a los hoteles... El resto de la península está formada por manglares, lo que tiene también su encanto. Cerca de los hoteles, en la Marina Puertosol, se ofrece además la posibilidad de practicar la pesca de altura o realizar paseos en catamarán por la costa.

En cuanto al buceo, la misma Playa de Ancón tiene muy cerca (a pocos cientos de metros) el arrecife coralino. Fondos marinos de más profundidad e interés se encuentran en Cayo Blanco, un islote muy cercano al que la misma oficina organiza viajes en barco. Antes de llegar a la Península de Ancón la carretera pasa por Puerto Casilda -que dista apenas 6 kilómetros de la ciudad-, un pequeño pueblo pesquero encantador.