Transilvania, más allá de la leyenda de Drácula

Unos vienen a descerrajar la leyenda. Otros, a sobrepasar su realidad. Los historicistas adoran tanta sangre derramada en martirios medievales. Los turistas, ahora seguidores de "Crepúsculo", ciertos lugares ritualizados. A falta de parque temático, predominan en estas tierras los castillos, los bosques y las leyendas demoníacas.

Ana G. Vitienes

Algo pasa en un lugar donde los niños al salir de la escuela se animan al intercambio de cromos de sus futbolistas preferidos con chistes de empalados -del tipo de "Va un empalado a otro y le dice..."- mientras se parten de risa. O en el que uno pregunta a un oriundo por el que podría ser un personaje tan representativo a nuestro juicio de este tupido verde de los Cárpatos como el Conde Drácula -algo así como mencionar en La Mancha a Don Quijote, o en Florida al ratón Mickey- y recibe por respuesta una mirada de afrenta fulminante.

Pues pasa que aquí hay un conflicto con nombre propio: el de Vlad Tepes III. Y nada de conde: príncipe de Valaquia y Transilvania. Por eso, otros destinos como Toscana harán caja con el merchandising de la saga Crepúsculo mientras realidad y ficción malconviven en esta región de Rumanía para confusión de visitantes y palidez del business local. Y todo porque un escritor, Bram Stoker, pergeñó en 1897 uno de los iconos del mainstream literario occidental mezclando los mitos y leyendas transilvanas con el nombre de un sanguinario y respetado monarca medieval.

Del Vlad Tepes real, un Drácula o hijo de Dracul -dragón en latín, una orden similar a la del Temple, aunque en rumano se traduce por demonio- nacido en la transilvana Sighisoara, existe un único retrato -el original se guarda en un castillo austriaco-. Reproducido por doquier, luce un aspecto entre estrella de heavy metal y líder reivindicativo premonitorio. Poco tiene en común con su alter ego novelesco: cara afilada, pelo largo y abundante, un labio grueso sobresaliendo del bigote, mirada feroz... Perfeccionó la técnica del empalamiento en la misma Constantinopla, contra la que luchó para vengar a su padre, a su hermano y a su tierra. Nadie se toma a la ligera a este héroe -cuya importancia tiene paralelismos con nuestro Cid- capaz de detener la expansión turca en un Medievo donde la supervivencia se rebanaba con violencia y sangre.

Entre el mito y la realidad, se cuela la vida misma. Y parte de la draculofobia rumana versus la draculofilia del cine y la cultura occidental con que se topa el turista poco precavido parece una forma de percibir lo social y hasta lo político. La Transylvanian Society of Dracula (TSD), dedicada al estudio del personaje -el Conde Drácula- y la historia del Príncipe Vlad (Tepes), pudo ser fundada en el año 1991, tras la caída del régimen comunista. Esta sociedad sin ánimo de lucro tiene una página propia en la red social Flickr y sedes en Bistrita, Londres, Alemania, Rusia y Canadá. En 2008 organizó un simposio sobre la percepción del demonio y el mal en el folclore de los Cárpatos. En los tiempos del dictador Nicolae Ceaucescu, leer la vida de Drácula -el de ficción- estaba totalmente prohibido. Una malinterpretación banalizante del valor patrio.

El caso es que el itinerario que enlaza las poblaciones principales de Transilvania, como Târgu Mures, Sighisoara, Brasov o Cluj-Napoca, tiene un interesante atractivo extra, que añade enjundia a sus deliciosos vinos, estampas campesinas y paisajes tupidos. En esta ruta no sólo se recorren los montes enlazando la herencia sajona y magiar de una condición fronteriza, propicia para una arquitectura defensiva -visible hasta en las iglesias- con la cual protegerse de otomanos, austriacos y visitantes hostiles. A poco que uno se fije, las calles repletas de turistas en busca de su Conde Drácula dejan expuesta, al descubierto, una tierra en contradicción ante la demanda de un producto turístico no identificado.

Porque si algo está claro, es que para los transilvanos el Conde Drácula vive en un incógnito. Ponen algunos recuerdos Made in China en Sighisoara y Bran, el Hotel Castel Drácula del Paso Borgo y cuatro detalles de bromas o Halloween, sin buscarle más profundidad. En el resto de los lugares, el nombre de Drácula, o Dracul, o Draculae, aparece por doquier, pero siempre en referencia al héroe medieval, al Príncipe no de la noche, sino al libertador.

La discreción en este asunto es, pues, el mejor aliado para paladear este tapiz medieval donde los que busquen a un Conde hallarán a un Príncipe. Y Târgu Mures, sede de una floreciente organización gremial -la Dieta de Transilvania- y religiosa en el siglo XIV, resulta un lugar neutral donde comenzar a indagar. Entre sus plazas de las Rosas, o Piata Trandafirilor, y la de Vitorei se concentran iglesias de distintos credos hacia las que se dirigen presurosas parejas de novios los fines de semana. En la primera, el runrún anda por la neoclásica Catedral Ortodoxa; en la segunda, se repite el ritual en la barroca Biserica Romano-Católica, junto al Palatul Culturii (Palacio de la Cultura), de inconfundible estilo Secesión húngaro. Su interior alberga un Museo del Folclore Transilvano para iniciarse en las supersticiones locales: aquí fueron ejecutadas las últimas sentencias de muerte en la hoguera por brujería de Europa; corría el año de 1752.

A orillas del río Târnava Mare, los once bastiones de las murallas de Sighisoara prometen lo que cumplen: un dèja vu, casi regresión, medieval. Y algo más: la inmersión directa en el mundo del Príncipe. Vlad Tepes nació en esta joya fortificada en 1428 -hoy protegida por la Unesco-, probablemente en la estructura gótica que su padre, Vlad Dracul, gobernador de Transilvania y miembro de la orden del Dragón, utilizaba como casa de la moneda. Un inconfundible edificio esgrafiado en Piata Muzeului con tonos azules, copas y dragones, que funciona como restaurante, bodega y hotel -la recomendable Casa Wagner-.

El acceso se realiza desde la zona baja, mundana y actual, subiendo unas escaleras con puestos y tenderetes. La magia se percibe al entrar en el recinto adoquinado, tras una imponente Torre del Reloj de Piata Muzeului, de 1648, sede del Museo de la Ciudad, con unas magníficas vistas. Si está abierta la iglesia del monasterio (1515), no tiene desperdicio su colección de tapices orientales colgando en la nave -que fueron donados por los comerciantes que mantenían rutas comerciales con Oriente-, lo mismo que los pasadizos adoquinados, las 150 casas del siglo XVI pintadas en tonos suaves, o el ascenso penitente desde Piata Cetatii por la Strada Scolii (Escalera Cubierta), obra del año 1642. En tránsito por los 172 escalones, animados por músicos ambulantes y buscavidas, se desemboca en la gótica iglesia de la Colina (Bergkirche), construida a mediados del siglo XIV. Dentro -al igual que debió ver el Príncipe-, los frescos de caballeros rescatando a damas en peligro custodian viejas lápidas teutonas.

La carretera da paso a otros tesoros coetáneos -que también gozan de la protección de la Unesco-, como los seis templos medievales cuyo culto era acorazado por fortalezas (Harman, Biertan, Codlea...). La mejor conservada es la de Prejmer, construida en 1240, con una fe contenida entre muros de seis metros de espesor que sólo se advierte por el tañir de sus campanas.

Junto con la cercana Bistrita, Bran, cuyo castillo del siglo XIV fue propiedad del abuelo de Vlad Tepes, será el único lugar donde habrá ocasión de sonreír ante un estrafalario plato de puré con forma de murciélago. Tras servir como aduana entre Transilvania y Valaquia, ha sido bautizada como el Castillo del Conde. Por eso sus angostas salas y escaleras reciben un turismo ansioso, que campa a sus anchas en un mercadillo de artesanías y souvenires vampíricos importados. Su singular estampa aparece en la famosa película de Francis Ford Coppola y figura como uno de los lugares más visitados de toda Rumanía.

De la Plaza del Consejo (Piata Sfatului) de Brasov, una ciudad que emerge de entre los brumosos bosques al pie de los Cárpatos, se dice que salieron gran parte de las historias sobre Vlad Tepes con el objeto de atemorizar y tomar el control de la ruta mercantil con los sajones. En el siglo XVI, casi estaba terminada su imponente Iglesia Negra (Biserica Neagra), la mayor del país -aunque aún no recibía este nombre, que alude al incendio sufrido en 1689-, y vivían su época de máximo apogeo los gremios de curtidores (Casa Stafului) y los comerciantes (Casa Negustorilor), abiertos hoy al público como testigos centenarios, al igual que su red de bastiones y murallas. Conste que las reuniones en la Casina Româna, situada en el barrio de Schei, constituyeron el germen del movimiento revolucionario del año 1848, y en sus calles se forjó una gran parte de la conciencia independentista.

La Catedral evangélica de Sibiu, del siglo XIV, guarda otro rincón para fans y curiosos: el lugar donde está la lápida de un hijo natural del Príncipe Drácula. La que fue una de las plazas fuertes contra el avance otomano ha aprovechado su Capitalidad Cultural Europea de hace tres años para renovarse por completo. Su centro peatonal reúne tiendas, hoteles y terrazas donde los turistas se explayan ajenos a la cuestión Conde-Príncipe. El aire de Sibiu resulta internacional, pura cartelera de propuestas góticas, recancentistas y barrocas. De sus doce museos, la galería de arte Bruckenthal combina perfectamente con un garbeo por sus dos plazas principales, la Piata Mare (Plaza Grande), con terrazas, músicos y chorros de agua, y la Piata Mica (Plaza Pequeña), a orillas del río Cibin.

Cluj-Napoca, que exhibe aspecto dieciochesco y ritmo universitario, marca otro punto de confluencia: el de lo rumano con lo magiar. El presente de este asentamiento dacio, del siglo II, parece olvidarse de supersticiones o ajustes medievales. La urbe más grande e industrial de Transilvania, que cuenta con un completo Parque Etnográfico a las afueras, se manifiesta como un enclave en desarrollo y el mejor punto de acceso a la región. Su centro histórico se ordena en torno a tres plazas casi equidistantes -Unirii, A. Lancu y Stefan cel Mare-, enlazadas por bulevares como Eroilor y Memorandumui. Ambos acumulan tiendas, cafés y anticuarios. Ni una golosina vampiresca o un souvenir valaco distraen de cotillear en el curioso Museo de la Espeleología -en honor del naturalista Emil Racovita, creador de la bioespeleología, en 1907-; en los fondos del Museo Nacional de Arte de Cluj, enclavado en el palacio Bánffy, o de darse un buen paseo por la Plaza Lancu, delante de la Catedral Metropolitana Ortodoxa. Enfrente, llama la atención la estatua del abogado Avram Lancu, obra de Ilie Berindei, que fue uno de los líderes de la lucha contra los austrohúngaros en 1848.

En el centro de Unirii existe otro destacado monumento: el ecuestre del rey húngaro Matías Corvino, obra de Ioan Fadrusz, pisando la bandera del antiguo enemigo común, el emblema otomano de la media luna. Será detrás, en la puerta de l a iglesia católica de Sfântul Mihail o San Miguel, donde el visitante no podrá dejar de observar la imagen de un arcángel que aparece aplastando a una tortuga, el símbolo de las tinieblas.

Los contados falsos escenarios transilvanos relacionados con el Conde se ven y se oyen como ostentosas fantasías de purpurina y poliéster. No hay piedad con el mito moderno. Así sucede con los exiguos elementos que se comercializan como inspirados en la marca "Drácula". Como el Hotel Castel Drácula (Principala 4445, Piatra Fantanela), construido para satisfacer un morbo siliconado en el Paso Borgo (Pasul Bârgaului), desfiladero cercano a la frontera con Ucrania donde Stoker situó el castillo del Conde. Desde 1977, esta mezcla de decorado de película de miedo serie B y espectáculo obsoleto de bajo presupuesto a nadie deja impertérrito: recibe una camarera con cuernos de plástico y capa de satén arrugado rojinegra que da la bienvenida entonando al recién llegado con una especie de vodka sangriento bautizado como "Draculina". Le sigue lo previsible: cripta, ataúdes donde uno puede hacerse fotos, temas macabros y bailes de máscaras a la luz de las velas. La posada Corona de Oro, o Coroana de aur (Plaza Petru Rares 4) en Bistrita, fue creada también a raíz de su mención en la novela; un hotel de aspecto anónimo, con nulas referencias documentadas, lo cual genera más de un desengaño.

Resulta difícil establecer el número total de edificaciones defensivas que jalonan los Cárpatos. Pero quien no se quede satisfecho con tantos pueblos fortificados, castillos y bastiones medievales (enteros o derruidos), puede probar con un palacio residencial como el de Peles (9 a 17 h. www.peles.ro. 4 1), aunque suponga adentrarse unos pasos en territorio valaco. Construido por Carlos Hohenzollern Sigmaringen en 1883, esta residencia de verano, que luce en el valle de Prahova en perfecto estado de conservación, desprende un encanto en parte suizo, en parte bávaro e italiano, con parque renacentista, jardines, frescos "trompe-l''oleil" e impresionantes vidrieras (hasta 800), algunas con escenas de caza. Llama la atención por detalles como su regia y humana escalinata de acceso, así como por su modernidad. En 1914 fue el primer palacio de Europa en contar con electricidad y calefacción central. De su colección de armas, brilla como ninguna la espada del siglo XVI utilizada sólo para las ejecuciones de nobles... y un bajorrelieve de la batalla de Nicópolis, por la cual Mircea El Viejo -abuelo de Tepes- recibió el título nobiliario de la Orden del Dragón o Dracul.