Torres del Paine, colosos de piedra y hielo

Nada prepara al viajero para la contemplación de este soberbio universo de glaciares, fiordos, bosques y lagos. Ni tampoco para la explosión de silencio y soledad que acontece en uno de los paisajes más deslumbrantes de todo el continente americano. La madre naturaleza se empleó a fondo para moldear estas privilegiadas esculturas de granito en el rincón más remoto y místico de la Patagonia chilena, allá donde comienza a adivinarse el fin del mundo.

Noelia Ferreiro
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Foto: Cristina Candel

Quiso la tierra arañar el cielo y de un vómito telúrico emergieron gigantes de roca. Faltó puntería y filo, y entonces, desde las tripas, crecieron cuchillos de hielo que parecían dispuestos a rasgar las nubes. Después, para completar la escena, bosques y matorrales se diseminaron por los llanos, quebrados y cordilleras se asentaron en el horizonte y al conjunto, bellísimo, se le salpicó de lagos de un azul cegador, con témpanos estrambóticos sobre sus gélidas aguas. De esto hace ya unos buenos millones de años. La naturaleza, que a veces tiene caprichos de fábula, esculpió a golpe de cataclismos esta geografía absolutamente irreal a la que el hombre, un buen día, bautizó como Torres del Paine.

Hoy, este Parque Nacional es la reserva más famosa de la Patagonia chilena y uno de los espacios protegidos más sublimes de Sudamérica. Una suerte de paisaje lunar que ocupa la punta occidental del Cono Sur, allí donde la tierra queda desmenuzada en la antesala del fin del mundo. Pegada, en el lado oriental, Argentina comparte a codazos el codiciado pastel austral, bajo una eterna y tediosa disputa sobre límites y fronteras. Más allá solo queda la nada antártica: pura inmensidad tapizada de hielo.

Un paisaje hipnótico

El Paine tiene mucho de esta geografía glacial. Lógico, si se tiene en cuenta que este paraje se encuentra encajado entre el vértice patagónico y los Campos de Hielo Sur, la masa helada continental más extensa de todo el planeta situada fuera de los polos. Por eso, y también por las erosiones a lo largo de los siglos, el conjunto de escenarios, en su extensión de 240.000 hectáreas, y los múltiples ecosistemas que conviven entre sus lindes lo convierten en único en el mundo. Empezando, por supuesto, por las Torres, los tres pináculos de granito que dan nombre tanto al macizo como al propio Parque Nacional, y por los Cuernos, esos fotogénicos picos que, aunque no llegan a alcanzar los 3.000 metros de altura, ejercen como un verdadero emblema de la reserva: todos los días, al caer la tarde, sus paredes se tiñen de rojo con las últimas luces, en un espectáculo que resulta totalmente hipnótico.

Lo mejor es explorar este enclave mágico a pie, como lo hicieron los primeros exploradores con motivaciones científicas y curiosidades antropológicas, movidos por la búsqueda de biología lacustre y de huellas de pueblos indígenas. Y para ello su mejor acceso seguirá siendo Punta Arenas, el núcleo urbano de la Patagonia más austral. Esta ciudad portuaria y cosmopolita, conectada con Santiago de Chile con diversos vuelos diarios, supone el primer contacto con esta porción salvaje y remota de la provincia chilena de Última Esperanza.

Unos doscientos y pico kilómetros al norte, otra población, más pequeña y encantadora, se erige en la verdadera base y puerta de entrada al Parque Nacional Torres del Paine: Puerto Natales, un municipio donde ya se huele el ambiente alpino en las tiendas con ropa de montaña y en las incontables agencias que ofrecen rutas senderistas, paseos sobre los glaciares o excursiones en barco o piragua a lo largo de los fiordos. Ambas localidades suponen una excelente oportunidad para degustar la gastronomía de la Patagonia, antes o después de la caminata. Porque en este rincón del mundo al estómago se le trata muy bien, tal y como atestigua el cordero magallánico -el plato estrella de la región, que goza de una textura y jugosidad especiales- y también otros bocados más exóticos para el paladar europeo, como el paté de ñandú, los filetes de castor o el ganso silvestre escabechado. Y ello sin menospreciar tampoco el pescado y el marisco, de los que hay manjares para dar y tomar; el más apreciado, el chupe de centolla, una sopa espesa sobre la que flota este crustáceo desmenuzado.

Mirador Cóndor

De vuelta al parque, llega la hora de abordar alguna de las miles de rutas convenientemente señalizadas. Sencillas e inolvidables son, por ejemplo, las que conducen al Mirador Cuernos o las que avanzan por la orilla del Lago Grey, que está sembrado de azuladas figuras de hielo. Desde la playa, o navegando sobre sus aguas, puede que se produzca el milagro del desprendimiento: bloques enormes que caen del glaciar del mismo nombre con un estremecedor rugido.

Cada circuito destapa un paisaje diferente: bosques, ríos, saltos y cascadas, desiertos de altura, áridas estepas... Algunos compensan con panorámicas soberbias al culminar el trayecto, como el del Mirador Cóndor, que se asoma al Lago Pehoé, el Valle del Francés y los carismáticos Cuernos. Otros, como el de la Laguna Verde, requieren algo de destreza en sus subidas por la sierra.

Pero la ruta más célebre sigue siendo la W, que solo es apta para cuerpos en forma y mentes convencidas de que el recorrido, con una extensión de 76,1 kilómetros, no les llevará menos de cuatro o cinco días. Eso sí, no tiene desperdicio: la caminata hilvana los grandes hitos del parque, incluido el demoledor tramo final con las mejores vistas sobre las Torres. Tres o cuatro días más habrá que añadir, no obstante, si lo que se pretende es alcanzar la extenuación, en el mejor y el peor sentido. El trekking de la O o Circuito Completo cierra el círculo alrededor del macizo a lo largo de 93,2 arduos kilómetros de territorios grandiosos.

Valles, crestas y lagos

Para los menos kamikazes, sirva de alivio saber que existen opciones de senderismo para todos los gustos y capacidades. A pie o incluso en autobuses regulares que recalan en lo más trillado del parque. Tras los pasos de un guía experto o totalmente por libre, sin más imposición que la del propio ritmo que uno quiera seguir. Esta última opción es, por descontado, la más apropiada para asomarse a este rincón privilegiado de silencio y soledad. Y también la que permite sacarle un mejor partido al Paine.

El tiempo, eso sí, correrá a gusto del consumidor, aunque se aconseja, debido a las dimensiones y a la sobredosis de belleza, no hacerlo en menos de tres o cuatro jornadas. Para ello está la amplia gama de alojamientos, que van desde la propia acampada a los pies de este universo de crestas, valles y lagos -pero, eso sí, a merced de los fuertes vientos patagónicos que reinan en el parque- hasta los refugios comunales estratégicamente situados, y las hosterías, que suponen un grado más alto de confort y se cuentan por decenas tanto en el interior como en los alrededores de la reserva.

El top de la exclusividad, sin embargo, está en pernoctar en alguno de los hoteles o campamentos de lujo que se asientan, por ejemplo, a la orilla del Lago Toro o bajo la espectacularidad de las Torres. Nada puede resultar más placentero que un baño de burbujas tras una dura caminata, una velada con música ante la chimenea o un sabroso desayuno en la terraza con excepcionales vistas a las moles heladas.

Puede que sea la manera más cómoda de descubrir el Parque Nacional de las Torres del Paine, aunque también, por supuesto, la más cara. Disfrutar de su belleza indómita es gratis, como también cruzarse con los guanajos, ñandúes o el imponente gran cóndor, sus especies más representativas. Tampoco cuesta dinero emocionarse ante un atardecer sin nubes o alimentar el espíritu con este baño de soledad, en un rincón sin ruido, sin red, sin conexión telefónica, tan solo dominado por la piedra y el hielo.