Tombuctú, la mítica ciudad de adobe de los 333 santos

Recordamos las glorias pasadas de la ciudad Patrimonio de la Humanidad que nadie visita

José Miguel Barrantes Martín
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El desierto del Sahara es el tercero más extenso del mundo – a pesar de que normalmente le atribuimos la primera posición -. Se trata de una enorme franja que cubre la mayor parte del norte de África desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo, inundando estas latitudes de terrenos áridos.

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Es curioso pensar que hace muy pocos miles de años toda esta enorme franja tenía un clima húmedo y, de hecho, algunas áreas limítrofes están registrando un aumento de las precipitaciones en las últimas décadas. Pero existen otras regiones extremadamente áridas en las que la arena inunda todo el paisaje; tal es el caso de todo el norte y centro de la República de Malí, en donde se sitúa una de las ciudades más míticas y enigmáticas de toda África: Tombuctú.

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Una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad que, sin embargo, ya nadie visita…

Enigmas, camellos y una larga historia

Su solo nombre ya nos evoca misterio. Nos vienen a la cabeza las imágenes de lugares lejanos, exóticos para nosotros y, sobre todo, inaccesibles. Y, en cierto modo, así es en la realidad.

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Situada junto al también enigmático río Níger – uno de los más largos de África y del mundo, cuyo curso fluvial fue un rompecabezas para los geógrafos durante mucho tiempo, al dirigirse en dirección contraria a la que lógicamente debería -, esta ciudad de origen Tuareg ocupa un punto estratégico atravesado durante siglos por importantes rutas comerciales.

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Las largas caravanas de camellos que cruzaban el desierto del Sahara cargadas de bienes para comerciar alcanzaban Tombuctú para llevar a cabo sus transacciones. Aquí se daba el encuentro entre la parte subsahariana y el norte del continente, creando un importante centro urbano que se convirtió asimismo en una de las capitales culturales y religiosas más destacadas de África.

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En sus tiempos de mayor esplendor, entre los siglos XIII y XVI, vivió una época dorada en la que fructificaron los templos, las mezquitas y las madrasas – se considera que en Tombuctú se creó la primera universidad de África y una de las primeras del mundo -.

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La influencia religiosa del Islam en la ciudad y el recelo ante las intromisiones foráneas generaron la prohibición de entrada a la ciudad de cualquier extranjero no musulmán, lo que contribuyó al crecimiento del mito y el misterio de Tombuctú en el mundo occidental de la época hasta el periodo de conquista colonial por parte de Francia.

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La gran proliferación cultural y religiosa de la población durante su esplendor atrajo a personas de todo el mundo musulmán, creando un crisol de identidades. La Universidad de Sankoré y las 180 madrasas de aquella época fueron un polo de atracción especialmente prolijo; de esta época procede el gran fondo documental que ha hecho de Tombuctú «la biblioteca de África». Cientos de miles de manuscritos de incalculable valor que se conservaron en gran parte hasta nuestros días en diversos fondos, constituyendo un patrimonio documental único.

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El adobe y la religión como forma de vida

Pasear por las calles de arena de Tombuctú significaba un recorrido formidable por un mundo hecho a base de adobe. Las construcciones, levantadas con este material a partir de una técnica local de tratado del barro, se mimetizan a la perfección con los colores del desierto.

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Monumentos como las tres mezquitas, Dinquereber – la más grande e importante -, Sidi Yahva y Sankore, decenas de madrasas y un buen número de mausoleos nutrían el paisaje urbano de esta perla del desierto.

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Precisamente los mausoleos son el más fiel testigo del tradicional nombre que recibe Tombuctú como «la ciudad de los 333 santos»; se trata de las tumbas más destacadas de las grandes personalidades de Tombuctú que desde el siglo XV contribuyeron al enriquecimiento religioso, convirtiéndose en santos protectores de la población.

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Mientras, el resto de moradas de estos santos se encuentran repartidas en otros diversos edificios de la ciudad donde era posible llevar a cabo el rito del culto.

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La decadencia de una joya

La conocida como «perla del desierto» vio mermada su grandeza desde la ocupación francesa. El azote de las tormentas de arena y las inundaciones fueron deteriorando o destruyendo una parte del patrimonio de la ciudad.

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Tras la independencia del país en 1960 y la declaración de Tombuctú como Patrimonio de la Humanidad en 1988, se pusieron en marcha diversos programas de recuperación; fruto de ello es la construcción de la Biblioteca Andalusí, que albergó un gran número de importantes manuscritos.

Posteriormente, en 2006, el gobierno nacional abrió un aeropuerto en la ciudad para atraer la llegada de turistas y dar pie a su renacimiento.

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Sin embargo, pese a los esfuerzos, la inestabilidad política de la región, sostenida por el fervor religioso, hizo que los años siguientes comenzara una escalada yihadista que terminó con las ilusiones de la población por recobrar su antiguo brillo.

Tras la suspensión del Rally París-Dakar en 2008 y graves acontecimientos posteriores acaecidos con turistas, la atracción de Tombuctú decayó drásticamente. En 2012, a la amenaza yihadista se unió además la revuelta tuareg, acabando definitivamente con cualquier esperanza de la ciudad.

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Muchos de los manuscritos sagrados fueron sacados de Malí para preservarlos del conflicto armado – si bien muchos han sido destruidos -, mientras que numerosos monumentos fueron destruidos, especialmente los mausoleos de los santos, considerados una forma de idolatría no permitida por los islamistas radicales.

Hoy en día, la Unesco ha reconstruido los mausoleos o templos destruidos, volviendo a dar esperanza a las pocas decenas de miles de habitantes que aún pueblan esta mítica ciudad cuyo reto, aunque difícil, es lograr que algún día vuelvan los turistas que sostenían la economía local y vuelva a resurgir el pasado esplendor de Tombuctú.