Toledo: un año de homenaje al Rey Sabio

Calienta motores el octavo centenario de Alfonso X el Sabio, un gran olvidado de la historia que hizo honor a su apodo apuntalando su Toledo natal como el puente por el que, al traducirse del árabe las bibliotecas de al-Ándalus, llegaron a Europa desde la lógica aristotélica hasta la filosofía y la ciencia de Averroes, Maimónides, Ptolomeo o Galeno. A partir de noviembre, la ciudad imperial salda su deuda con este rey castellano más propio de las luces del Renacimiento que de la Edad Media.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

Un cráter descomunal de la Luna fue hace siglos bautizado con el nombre de este rey erudito, tan apasionado por la astronomía y la astrología —en la Edad Media venían a ser tres cuartas de lo mismo— como por las letras, las leyes o cualquier otro saber que, a su entender, necesitaba dominar un regente para gobernar bien. En Toledo, sin embargo, apenas una escultura extramuros y una calleja del centro rinden homenaje a este visionario que, en el siglo XIII, sentó las bases para transformar un galimatías de reinos ganados a al-Ándalus en la potencia económica y cultural que no mucho después acabaría llamándose España.

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A Toledo se la asocia y con razón a las leyendas de Bécquer o a los cuadros del Greco, pero pocos recuerdan que Alfonso X nació aquí, y, más importante, que la convirtió en un foco de peregrinación para la intelectualidad de la Europa medieval. A partir del 23 de noviembre, ocho centurias después de su llegada al mundo en 1221, la ciudad imperial salda su deuda con todo un año en honor a este monarca vilipendiado ya en vida por haberle menguado privilegios a la nobleza y al clero y, más recientemente, por quienes se empeñan en mirar su legado centralizador con los ojos de hoy.

Visionario a destiempo

Fue astrónomo y poeta, además de mecenas y, a menudo también, partícipe en las obras de los sabios que reunió en su scriptorium real, ya versaran sobre historia o derecho, sobre farmacopea o agricultura. Amén del compromiso de seguir expulsando a los musulmanes y de un matrimonio estratega con la hija del rey de Aragón, Alfonso había heredado de su padre la ya crecidísima corona de Castilla y la de León, pero tal sed de conocimiento fue herencia de su madre, la princesa alemana Beatriz de Suabia. De inmensa cultura también ella, había sido educada en la corte de su primo y futuro emperador Federico II Hohenstaufen, alias stupor mundi por su erudición en unos tiempos en que los reyes bien podían ser medio analfabetos.

Códice de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, en el Alcázar. | LUIS DAVILLA

Sin atisbo de chovinismo, los logros del toledano perduraron más incluso que los de su ilustre tío materno. Prueba de ello, las Tablas Alfonsíes nacidas en su observatorio astronómico siguieron varios siglos empleándose en todo Occidente para la navegación, o las leyes de sus famosas Siete Partidas —aunque él no viviera para verlas implantadas— se aplicarían incluso en el Nuevo Mundo, inspirando algunas de las constituciones surgidas al final de las colonias. Aun así, la historia nunca trató demasiado bien a este adelantado a su época que, junto a las artes y las ciencias, impulsó desde el comercio hasta la Mesta, acordó un sistema común de pesos y medidas e hizo del castellano una lengua de cultura.

Callejuela en el casco histórico. | LUIS DAVILLA

A los obispos y los nobles les faltó tiempo para iniciar la leyenda negra en su contra alegando lo mucho que había dilapidado en el fallido intento de coronarse, como su pariente alemán, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ciertamente la broma costó un riñón, pero, en aquel gazpacho de fueros y feudos donde cada señor acostumbraba a mandar a su antojo, quizá les escociera aún más que el monarca les usurpara privilegios como la recaudación de impuestos y la impartición de justicia. O que tratara de unificar las normas para regir desde el derecho canónico hasta la relación con los vasallos.

Las tres culturas

Sin dejar de ser un rey feudal y religioso que finiquitó las taifas de Murcia y Sevilla y propició la repoblación cristiana de las tierras conquistadas a los sarracenos, primó los valores del conocimiento frente a la fe; lo cual en la Edad Media tampoco era una broma. Para colmo, se deshizo de los rancios consejeros de la corte a fin de rodearse de las mejores cabezas, en su mayoría musulmanes y judíos.

Vista nocturna de la ciudad. | Luis Davilla

Aunque con Alfonso X floreció una época de esplendor donde las tres religiones no se compartimentaban en mundos estancos, el cosmopolita Toledo islámico, sefardí y cristiano que se entreteje y remezcla al pasear por sus calles ya venía fraguándose de atrás. Los hebreos, llegados de la otra punta del Mediterráneo al Toletum romano, se habían acostumbrado a compartir su día a día con los ya menos tolerantes visigodos cristianizados que luego plantarían aquí su capital, y de nuevo unos y otros volverían a adaptarse a los casi cuatro siglos bajo poder de al-Ándalus.

Puente de Alcántara. | LUIS DAVILLA

Al caer en 1085 la taifa de Toledo, convivían en bastante armonía unos 30.000 musulmanes, judíos y mozárabes; es decir, cristianos viejos pero arabizados hasta en la lengua. Capaces muchos de ellos de pasar de un idioma a otro sin pestañear, en el siglo XII habían comenzado a traducir del árabe al latín las bibliotecas andalusíes, donde se aglutinaba el saber del entonces desconocido mundo oriental: desde la filosofía de Aristóteles hasta la medicina de Avicena o Galeno. Este movimiento, conocido como la Escuela de Traductores de Toledo, iluminó la vida intelectual de la Europa medieval, atrayendo de todo el continente a los ávidos por meterle mano a tanto texto, por fin descifrado, imposible de encontrar en otro lugar. Alfonso X les daría más trabajo a sus traductores con libros de alquimia, de física, de cálculo o astronomía, pero, en su afán por expandir la cultura, quiso que, en vez de al latín de las élites, se volcaran al castellano de andar por casa que hablaba el vulgo.

La renacida en 1994 Escuela de Traductores hoy abre sus puertas dentro de un palacio tan mudéjar como el soberbio casco antiguo de Toledo. Exclusivo de España, este estilo tuvo aquí su epicentro. También se llamó mudéjares a los musulmanes autorizados a permanecer en tierras reconquistadas sin renunciar inicialmente al islam. Su significado, domesticados, ya apunta que la convivencia entre las tres culturas no siempre fue la balsa de aceite que a veces pintan. Sin embargo, hasta la muerte de Alfonso X todavía predominaron las relaciones de buena vecindad.

El entierro del señor de Orgaz, del Greco, en la iglesia de Santo Tomé. | LUIS DAVILLA

Al igual que los sefardíes siguieron regentando sus comercios y hasta trabajando como recaudadores para reyes y aristócratas, los mudéjares, maestros sobre todo de la artesanía y la construcción, comenzaron a erigir iglesias y transformar mansiones para los nuevos mandamases. Sus alarifes lo harían, eso sí, con los únicos materiales y técnicas que dominaban: los de al-Ándalus. Por eso Toledo entero es un fenomenal entramado de caserones de piedra y ladrillo engalanados con artesonados y celosías, con esos arcos de herradura, de medio punto o lobulados que le imprimen a su cogollo medieval un cierto regusto a las medinas de Damasco o Fez. Basta fijarse en las yeserías mudéjares o las suras del Corán que decoran las vigas de la antiquísima Casa del Temple—un palacete hispanomusulmán remozado en el siglo XIV como hospedería de los templarios—, para comprobar cómo la alta sociedad castellana le hizo pocos ascos a la estética de sus rivales.

Mezquita del Cristo de la Luz. | LUIS DAVILLA

Mestizaje mudéjar

Imposible escapar al mudéjar, eslabón único entre el arte románico y el califal, incluso en las sinagogas. Podrían pasar por un rincón de la Alhambra tanto la de Santa María la Blanca como la del Tránsito, sorprendentemente construida un siglo después de que el tolerante ma non troppo Alfonso X prohibiera edificar nuevos oratorios para los judíos. La mezquita del Cristo de la Luz se diría en cambio una versión en miniatura de la de Córdoba. Habrá sin falta que buscarla junto a una de las puertas del murallón que, conchabado con el risco sobre el que se levanta Toledo y las aguas del Tajo a sus pies, logró que esta ciudad tan bien defendida jamás fuera tomada por la fuerza.

Sala Capitular de la catedral. | LUIS DAVILLA

No debería extrañar que un templo musulmán acabara con este nombre tan pío. Porque todo cuanto en Toledo fue mezquita o sinagoga se tuneó como iglesia, y el Cristo de la Luz no iba a ser la excepción, como muestra el ábside con frescos bíblicos añadido entre sus bóvedas de inspiración omeya. Menos aún debería extrañar que a su mismísima entrada afloren los pedruscos de una calzada del viejo Toletum, de igual manera que al visitar el Alcázar se aprecian los restos de la cisterna romana, los sillares visigodos o la muralla árabe del siglo IX que salieron a la luz en unas recientes excavaciones.

Vista de Toledo, con el Ayuntamiento en primer término. | Luis Davilla

Y es que las capas de historia se superponen cual lasaña por cada barrio toledano. Por el de los arrabales, donde la iglesia de Santiago oficia como catedral del mudéjar casi al lado de la monumental Puerta de Bisagra, de origen musulmán pero reconstruida al estilo renacentista que prefería Carlos V. Por el del Alficén, cuyos palacios de los reyes taifas hoy albergan desde los cuadros del Greco en su ahora Museo de Santa Cruz hasta el Convento de la Fe donde naciera Alfonso X. O por otros menos frecuentados, como el barrio de la Antequeruela en el que trabajaban el barro los alfareros moros, y tan imprescindibles como el de los cobertizos y los conventos, entre cuyos altísimos muros las monjas de clausura viven hoy de hornear mazapanes para vecinos y turistas.

Catedral de Toledo. | LUIS DAVILLA

La legendaria cueva de Hércules —sí, esa donde se ambienta uno de los cuentos de Las mil y una noches— reúne los restos de un depósito romano, una basílica visigoda, una mezquita y una parroquia. Aunque, puestos a empaparse del mejor mestizaje, nada como la iglesia-museo de San Román. Por sus naves morunas confluyen arcos de herradura sobre columnas romanas y capiteles godos, una cúpula de casetones puramente renacentista y unas pinturas románicas de hieratismo bizantino, salidas muy probablemente de mano musulmana. Semejante pastiche debería chirriar y sin embargo la mezcla, dignificada por la pátina de los siglos, le sienta de escándalo. ¡Como a todo Toledo!

LUIS DAVILLA

Siempre a un paseo, las callejas aledañas a la plaza de Zocodover lucen el nombre de antiguos oficios y gremios, mientras que atravesando los viejos zocos por la calle del Comercio se planta uno en un abrir y cerrar de ojos en la catedral: primero foro romano, luego basílica de la Hispania visigoda y después mezquita mayor de Tulaytula, el Toledo musulmán. Su construcción, iniciada cuando Alfonso X era niño, fue premeditada a conciencia para romper con el urbanismo islámico y simbolizar el dominio cristiano. Se eligió para ello el gótico francés de moda en Europa, aunque ni siquiera este emocionante templo a la vertical escapó al mudéjar, que se entrevera por sus naves y claustros con un magnífico transparente barroco, con obras de Caravaggio, Rafael o el Greco y con capillas deliciosas como la de San Blas, un tesorito del Trecento forrado de frescos de la escuela de Siena.

Como rémora del pasado, cada mañana se celebra en la catedral una misa en rito hispano-mozárabe, y en su Museo de Tapices se conservan reliquias vinculadas a Alfonso X como la espada o el almohadón de su hijo y último rival, Sancho IV, así como la corona de la familia, tan encantadoramente naif que se diría la de un click de Famobil. También gótico, otro que se erigió para dejar claro quién mandaba fue el no menos espectacular monasterio de San Juan de los Reyes, aunque en este caso se construyera en los tiempos mucho menos permisivos de los Reyes Católicos, y en plena judería.

Toledo, Rey Sabio | LUIS DAVILLA

La judería de Toledo, la aljama más importante de Sefarad, vivió sus días más prósperos durante el reinado de Alfonso X. Sobre todo de noche, su laberinto de trazado medieval no tiene desperdicio. Poco antes, a uno de sus extremos habrá de cruzarse el puente de San Martín para disfrutar del mejor atardecer sobre esta ciudad que languideció a marchas forzadas al trasladarse en 1568 la capital a Madrid. Fueron desapareciendo entonces sus industrias de paños de lana, de sedas y platería y, una vez instalados los nobles en la nueva corte, cedieron sus palacios a los cerca de cuarenta conventos que llegó a sumar el Toledo intramuros.

Gracias en parte a este abandono todo se conservó tal cual se lo encuentran los millones de visitantes que peregrinan desde medio mundo hacia esta joya que es Patrimonio de la Humanidad. Sin las hordas habituales de admiradores por obra y gracia de la pandemia de covid-19, el Centenario de Alfonso X brinda la ocasión irrepetible de reencontrarse con el Toledo que él convirtió en la envidia de Europa.