Tokio Insólito

La ciudad que viene se prepara para construir 45 nuevos rascacielos, mover la carismática lonja de pescado de Tsukiji a una isla artificial y conectarse a la tecnología 5G. Todo sin variar unas costumbres que viven ajenas a la globalización. Este es un viaje de largo recorrido por el Tokio futurista, el de los barrios shitamachi o tradicionales y el que hace vida nocturna.

David Granda
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Foto: Gonzalo Azumendi

El último censo oficial asegura que la ciudad de Tokio, la capital de Japón, está habitada por más de trece millones de personas. En el Gran Tokio que abarca el área metropolitana viven casi 44 millones de habitantes. Aquí no hay barrios, hay ciudades. Es el conglomerado humano más grande del mundo, una de las megalópolis más fascinantes construidas por el ingenio humano.

Gonzalo Azumendi

Pero la elefantiasis urbana no es inmune al aburrimiento de la globalización. Las ciudades modernas cada vez se parecen más entre sí. Por eso da gusto llegar a Tokio y que te sorprenda hasta la más repetida de las rutinas. Pedir un taxi y que el vehículo combine alta tecnologíala puerta del pasajero se abre y cierra sola, no intente hacerlo por su cuenta– con un chófer con guantes blancos y unos asientos almodovarianos con bordados de punto de cruz para cuidar la tapicería.

No ver un papel en el suelo ni una papelera en la calle. Comprobar que el váter es un robot que te permite graduar la calefacción de la taza o encender el sistema de lavado y secado que sustituye al papel. Ver sus conflictos con los tatuajes, un problema que tendrán que resolver antes de la celebración de los Juegos Olímpicos de 2020. Los japoneses asocian indiscriminadamente los tatuajes con la mafia yakuza

Gonzalo Azumendi

Tokio Futurista

En el año 2027 se podrá viajar de Nagoya a la estación de Shinagawa en Tokio en apenas 40 minutos con velocidades de hasta 505 kilómetros por hora.

Ese Tokio futurista convive con el de las tradiciones milenarias, las chicas vestidas con kimono y el encanto de provincias. Son los barrios shitamachi. Como Yanaka, junto a la estación de tren de Nippori, que maravilla que aún siga fuera de la ruta turística. En cuanto sales de la estación te recibe la calle Yanaka Ginza, un bazar de tiendas tradicionales donde hay varios edificios anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Una calle que parece una acuarela en sepia, si no fuera porque a tu lado un tokiota maneja un móvil que para 2020 empleará tecnología 5G. Yanaka era conocida como teramachi, la ciudad de los templos, y todavía hoy quedan en pie templos budistas centenarios como Jomyoin y Daienji, que también es santuario sintoísta del periodo Edo (1603-1868). El templo de la calle Sansaki-zaka incluye el servicio de guardería budista: el monje se queda al cuidado de los más pequeños de la casa. 

Gonzalo Azumendi

Desde Yanaka se puede llegar al parque Ueno a través de un sobrecogedor cementerio de 100.000 metros cuadrados de tumbas y cerezos, uno de los lugares más hermosos para contemplar la sakura en primavera, el cerezo en flor. Ueno se inauguró en el año 1873 como el primer parque público de Japón y hoy es una isla de los museos tokiota donde se encuentra el Museo Nacional de Arte Occidental, en un edificio diseñado por Le Corbusier declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Antes de irse de Ueno pasen por el mercadillo callejero de Ameyoko, donde se levanta un rastro tokiota cada día.

El barrio shitamachi más conocido es Asakusa. Es el barrio del cielo en la tierra: aquí están el santuario Asakusajinja y el templo de Sensō-ji, fundado en el año 628, quién sabe si el más antiguo de Tokio. Pero también es el de los mercadillos, los puestos callejeros y las calles de artesanos, como Kappabashi Dogugai, una avenida de casi un kilómetro de largo con 170 tiendas de enseres de cocina y vajillas, desde palillos a cuchillos para cortar sushi, probablemente el lugar donde coincide el mayor número de cocineros por metro cuadrado del mundo.

Gonzalo Azumendi

Tokio noctívago

La tradición sugiere que al mercado de abastos de Tsukiji hay que llegar entre las 5.30 y las 8 de la mañana para ver cómo se mercadea con atunes rojos de 200 kilos y cómo experimentados pescadores con botas de agua y arpones reparten el pescado que alimenta a Tokio. También dice que luego hay que desayunar sushi en uno de los 300 restaurantes del mercado, algunos con espacio para tres o cuatro butacas. Tsukiji es la mayor lonja de pescado del mundo, el Museo del Prado de los mercados, con una popularidad entre los turistas que abruma.

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Y se le suma el aliciente de la melancolía: tras 80 años en su sede junto al distrito de Ginza prepara su mudanza a unas instalaciones más modernas en la isla artificial de Toyosu y en breve aquí solo habrá un pequeño mercado delicatessen y más rascacielos. Pero a los que no quieran madrugar para ir a una pescadería ni les entre el pescado crudo a las 8 de la mañana les queda la alternativa de conocer el laberinto de callejuelas de Tsukiji por la noche, sin actividad, como una ciudad muerta, sin turistas, sin arpones, pero con un buen número de animados restaurantes donde merece la pena pasar la noche.

Hay izakayas –las típicas tabernas japonesas para ir de tapas y beber sake– y locales para apenas unos comensales, y restaurantes de varios pisos como el Sushizanmai, donde el caluroso grito de bienvenida del cocinero que gobierna la barra, al que le sigue el resto de la parroquia, te recibe como si llegaras a una fiesta.

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A diferencia de Tsukiji, en el barrio de Shibuya se enciende una ciudad de neón cada noche. Nada más salir de la estación de metro aparece el famoso paso de peatones, un cruce de seis calles que cuando se abre al viandante se transforma en una animada alfombra humana donde apenas se vislumbra el asfalto. Hasta 2.500 personas convergen a la vez en este tetris urbano sin tocarse entre ellas. El Gobierno Metropolitano de Tokio asegura que lo pisa más de un millón de personas al día.

Resulta curioso que en una gran ciudad como Tokio sean tan populares un mercado de pescado y un paso de cebra. La nueva torre de telecomunicaciones Tokyo Skytree de Sumida, la más alta del mundo con 634 metros –calculen tres Pirulís madrileños superpuestos–, desde donde se puede contemplar suspendido en el cielo el seno desnudo del Monte Fuji, aspira también a convertirse en un nuevo símbolo identitario de la capital japonesa.

Gonzalo Azumendi

Tokio enamorado

Con los neones, las pantallas gigantes en los rascacielos y la música de los comercios, Shibuya se transforma por la noche en un gigantesco barrio-karaoke, una macrodiscoteca al aire libre. Se puede buscar refugio en las tiendas de vinilos, que se han convertido en un fenómeno en Japón. Disk Union, Technique o Face Records parecen un remanso de paz en comparación con lo que ocurre en la calle. En la calle Dogenzaka acaba de abrir el restaurante high-tech kaiten-sushi Uobei.

Los kaiten-sushi son restaurantes con cintas giratorias donde los platos de sushi pasan ante el cliente sentado en la barra. La particularidad del Uobei es que su cinta transportadora no gira, te lleva el sushi directamente a tu sitio tras elegirlo en una pantalla táctil.

Gonzalo Azumendi

Es como cenar en un aula de informática. Dogenzaka también es conocida como “la colina de los love hotels”. Los hoteles del amor ofrecen habitaciones por horas o para pasar la noche en función de la pasión y el presupuesto de los huéspedes. Prima la privacidad, la reserva se resuelve en un trámite con un panel táctil y una tarjeta de crédito donde no hay recepcionista, y los que tienen aparcamiento permiten que se oculte la matrícula del vehículo. Seguimos en Shibuya, pero en la colina del amor el silencio se escucha.

Gonzalo Azumendi

El distrito de los rascacielos de Shinjuku, donde se encuentra el edificio del Gobierno Metropolitano, con su mirador en la planta 45 –de acceso gratuito y abierto hasta las 23 horas–, también es el del barrio rojo de Tokio: Kabukicho. En torno a la avenida Yasukuni se teje una red de miles de bares, pachinkos, clubes y locales de striptease. No es peligroso, pero resulta recomendable no hacer fotos del paisaje si viaja acompañado de un tokiota. Los dueños de los garitos, con conexiones con la mafia local, le van a interrogar a él y no a ti por el motivo de las fotos.

Gonzalo Azumendi

Tokio Entrañable

El mejor sitio para acabar la noche es Golden Gai. Un laberinto de callejuelas con edificios de madera que resiste a la sombra de los grandes rascacielos de Shinjuku. Tras la Segunda Guerra Mundial era el barrio de los prostíbulos y el mercado negro; hoy es el reducto galo de un grupo de bares tan pequeños, con apenas cinco taburetes, que algunos solo atienden a sus clientes habituales. Pero siempre se puede preguntar. Si te abren la puerta, no olvide decir “umai”.

Gonzalo Azumendi

No hace falta traducirlo, es una palabra-estado de ánimo, lo primero que suelta un japonés tras una dura jornada de trabajo nada más darle un trago a la cerveza. Sonreirán, la escena se volverá doméstica, un minúsculo rincón familiar en un barrio con una estación donde circulan tres millones y medio de pasajeros diarios, en una ciudad de trece millones de habitantes, en un área metropolitana de 44 millones de personas.