Tohoku, el Japón más inaudito

Belleza natural, gentes cordiales y vestigios de una cultura ancestral descansan en esta región apartada de las multitudes

Noelia Ferreiro
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Montañas escarpadas, valles profundos y páramos horadados por ríos impetuosos. Bosques que despliegan una impresionante riqueza cromática. También volcanes que alimentan fuentes termales y fértiles arrozales que han dado origen al mejor sake del mundo. Con esta riqueza natural se dibuja Tohoku, la región que se extiende desde el norte de Tokio hasta la punta de la isla de Honshū, la mayor del archipiélago japonés. Un destino alejado de los caminos trillados, pero repleto de curiosidades.

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Todavía en proceso de recuperación, Tohoku es el lugar al que el devastador terremoto con tsunami del año 2011 golpeó con mayor ferocidad. Una tierra que ha tenido que reinventarse en apenas una década para mostrarse al mundo completamente renovada. Hoy, con los enlaces de transporte reabiertos y las instalaciones turísticas reconstruidas, emerge como un soplo de aire fresco para quienes buscan un Japón diferente. Por algo esta zona, antiguamente llamada Michinoku, quiere decir ‘carretera secundaria’.  

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La tierra de los yamabushis

Accesible a unas pocas horas en tren bala al noreste de la capital, Tohoku contrasta con la vorágine de asfalto y el trepidante caos de los neones. Aquí encontramos el Japón rural, dotado de tranquilidad natural y serenidad reflexiva. Prueba de ello es que es la tierra de los yamabushis, a los que se puede ver por las montañas. Son los eremitas seguidores de la doctrina de Shugendō, a los que se atribuyen poderes sobrehumanos. Una suerte de ascetas del siglo XXI que mantienen vivos los ritos con los que, desde hace 1.400 años, se adora a la naturaleza.

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Los yamabushis lucen túnicas blancas y una campana enganchada a la cintura para espantar a los malos espíritus. Viven en los montes de Yamagata y apenas ingieren dos veces al día una frugal dieta de arroz. Esta filosofía de reencuentro con los orígenes es adoptada por muchos japoneses, cada vez más superados por el caos hiperurbano. 

El genio del haiku

Más allá del retiro espiritual, hay quienes también vienen a Tohoku atraídos por la huella de Matsuo Bashō, considerado el maestro del haiku. Este poeta del siglo XVII realizó un viaje por todo Japón en busca de la esencia nipona. Y aunque en cada rincón del país dejó sus destellos de sabiduría zen, fue el encanto del norte lo que le inspiró los más evocadores relatos. 

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Hoy hay una ruta señalizada tras los pasos del genial Bashō. Una ruta literaria que atraviesa rincones tan bellos como la bahía de Matsushima y las espectaculares Islas de los Pinos, considerado uno de los tres paisajes más bonitos del país nipón (los otros serían Itsukushima, la torii o puerta sagrada flotante en la isla de Miyayima; y Amanohashidate, la espectacular lengua de arena que se extiende al norte de Kioto).

Paraíso gourmet

Remotas y desconocidas para el gran público, las Islas de los Pinos son, como su nombre indica, 250 islotes tapizados de abetos que se apoyan sobre formaciones rocosas con las que las olas, en su embate perpetuo, han moldeado figuras imposibles. Un lugar que, especialmente en otoño, con el enrojecimiento de sus arces dibujando tonalidades verdes, amarillas, naranjas y hasta violetas, es todo un espectáculo de la naturaleza. 

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Tanto como esta explosión de colores, es la gastronomía la que atrae a los visitantes de Tohoku. Porque muchos no saben que es esta la región gourmet por excelencia que ha dado el país nipón, la meca a la que acuden los locales para darse un atracón culinario. Mariscos, carnes, hortalizas, frutos del bosque... Mil y un manjares insólitos definen este territorio que no sólo es el paraíso de las setas y el bambú, de los caquis y las manzanas, sino que además sus prados rebosantes de soja otorgan a las vacas (wagyū) una jugosidad única.