La tierra del fin del mundo

Tierra del fuego, la región más meridional de Suramérica, reparte sus islas y territorios entre Chile y Argentina. Muchas de las leyendas y verdades de la puerta al continente antártico se deben a dos grandes exploradores, Fernando de Magallanes y Charles Darwin. El primero bautizó como "tierra de los fuegos" a esta región de soledades, vendavales enloquecidos, cielos oscuros, rocas siderales, tierras yermas y lluvias torrenciales. El segundo, por su parte, quedó maravillado por la misteriosa grandeza de sus montañas y por sus profundos valles cubiertos de bosques impenetrables.

Javier Reverte
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Foto: plrphoto / ISTOCK

El nombre ya propone un cierto grado de extravagancia o, cuanto menos, de una contradicción suprema: Tierra del Fuego. Porque de inmediato surge una pregunta: ¿cómo va a llamarse de tal guisa uno de los territorios más heladores del planeta, en donde abundan los glaciares, las nieves y los hielos brillan eternos, los icebergs flotan en sus aguas y el frío de sus valles y bosques hace extremadamente difícil la vida? Y, sin embargo, todo tiene su lógica. Los primeros exploradores europeos, en su mayoría españoles e ingleses, que durante los siglos XVI y XVII bordearon sus orillas y navegaron sus canales, distinguían durante las noches el brillo de numerosas hogueras, las que encendían sus habitantes en los pequeños asentamientos humanos que había en la región. Y así bautizaron –dicen que fue el propio Magallanes, el primero que cruzó el estrecho que hoy lleva su nombre– la geografía de aquel pedazo del mundo como "tierras de fuegos", que al poco tiempo mudó su nombre al singular, mientras que a sus habitantes comenzó a llamárselos "fueguinos". Hoy se los sigue conociendo de la misma manera, a pesar de que de sus primitivas etnias ya no queda ni rastro. Si a la llegada de los europeos poblaban el área unos 12.000 fueguinos originales –selk’nam, kawésqar, yámanas, yaganes, onas, haush...–, hoy no existe ya ningún individuo que conserve puras sus raíces étnicas, en todo caso algunas escasas familias mestizas. Y sus lenguas ya solo se encuentran en unos pocos diccionarios mantenidos con mimo por los antropólogos.

Entre dos océanos

Enclavada entre los océanos Atlántico y Pacífico, la región es en realidad un archipiélago troceado por canales y cuchilladas del mar, sombreado de altísimas montañas de nieves eternas, y en el que la mayoría de las islas pertenecen a Chile, mientras que tan solo parte de dos territorios insulares, más pequeños que los chilenos, forman parte de Argentina: el este de la llamada Isla Grande y la Isla de los Estados. Punta Arenas, en la orilla norte del canal de Magallanes, es la capital de la provincia del mismo nombre que el canal, y todo el mundo la considera como la entrada de la Tierra del Fuego, que es lo mismo que decir la entrada de la Antártida, pues desde allí parten casi todos los barcos de investigación oceanográfica que zarpan rumbo al continente blanco. Forma parte de la Patagonia chilena y alberga unos ciento treinta mil habitantes, la mayoría llegados en migraciones desde Europa y la propia Latinoamérica, principalmente argentinos. Hay también una importante colectividad croata en la urbe, formada casi toda ella por individuos originarios de la región costera de Dalmacia.

Nuestra navegación, pues, comenzaba en Punta Arenas, adonde llegamos en un avión procedente de Santiago de Chile, a comienzos del verano austral. ¿Verano he dicho? Soplaba un viento frío sobre la ciudad que, a rachas, te hería el rostro con navajazos de aguanieve. Y de cuando en cuando, una tupida niebla se dejaba caer sobre la urbe, como un súbito manto que lo cegara todo; para, al poco tiempo, largarse por donde había venido y darle un respiro al cielo, dejando su plaza al Sol. Es lo que tiene el estío en las regiones próximas a los polos: que los llaman veranos por llamarlos de alguna manera.

Punto de uníón del Pacífico y el Atlántico en Cabo de Hornos. | Manfred Gottschalk / ALAMY

Si uno es español, no hay que perderse una excursión a casi cincuenta kilómetros al sur de Punta Arenas. Y, sin duda, al viajero hispano le acometerá una cierta tristeza de serlo. Hacia esas regiones envió el rey Felipe II, en septiembre de 1581, bajo el mando de Pedro Sarmiento de Gamboa, una flota de 23 navíos y 3.000 personas (entre hombres, mujeres y niños) para establecer una colonia que impidiera el paso a las naves corsarias inglesas. A causa de los temporales, llegaron vivos algo menos de 500 colonos, a bordo de cinco naves, y al cabo de cinco años, a causa de la falta de alimentos, tan solo quedaban con vida 12 hombres y 3 mujeres, casi todos agonizantes. A la postre, solo hubo un superviviente. Un corsario inglés bautizaría el promontorio que se tiende sobre el canal –en el que quedan tan solo las ruinas de una antigua construcción y en donde se han encontrado desperdigados y enterrados a poca profundidad numerosos huesos humanos– con el patético y expresivo nombre de Puerto del Hambre.

Pero dejando atrás la melancolía de aquella vieja tragedia, el barco se adentra hacia el sureste del canal de Magallanes y el magnífico paisaje de Tierra del Fuego se abre ante nuestros ojos asombrados: un universo de piedra, hielo, bosques, nieve y mar, bajo un cielo en el que el Sol brilla rutilante en ocasiones y, en otras, apenas minutos más tarde, se echa sobre la tierra como un manto de grisáceo metal.

Pasarela hacia el monumento al Albatros en Cabo de Hornos. | christo sharpe / ALAMY

El testimonio de Darwin

A lo largo de 565 kilómetros, el estrecho de Magallanes, descubierto por el marino hispano-luso del mismo nombre en noviembre de 1520, corta en dos el continente suramericano, en su parte meridional, y sigue siendo el principal paso natural entre los océanos Atlántico y Pacífico. Hasta más de tres siglos más tarde no sería avistado y navegado un segundo paso, más al sur, por un marino inglés, Robert Fitz Roy, que lo exploró en su mayor parte en 1830. El primer estrecho tiene una longitud de 565 kilómetros mientras que la del segundo, bautizado como Beagle en recuerdo del barco del marino, es de 280.

Fitz Roy comandó dos exploraciones a esta región, la primera entre 1826 y 1830, y la segunda entre 1831 y 1836. Pero la fama de aquellos viajes no la reservó el futuro para él sino para un pasajero singular a quien Fitz Roy, cortésmente, admitió a bordo en su segunda expedición: un científico que se llamaba Charles Darwin. Muchas de las observaciones que sirvieron al joven naturalista para la elaboración de sus teorías evolucionistas fueron recabadas por este el año y medio que permaneció en Tierra del Fuego, entre diciembre de 1832 y junio de 1834. Y las primeras y más hermosas descripciones de aquellos territorios se encuentran en su estupendo cuaderno de bitácora, publicado como libro con el título Viaje de un naturalista alrededor del mundo.

Parque Nacional Tierra del Fuego. | David Wall / ALAMY

Sin duda, a lo largo de nuestro paso por el estrecho de Magallanes recorrimos los paisajes más rotundos, bellos y, en cierto modo, desoladores de la zona conocida como Avenida de los Glaciares. El barco avanzaba entre las rudas montañas blancas y las lenguas de nieve y hielo que hienden el agua del canal. Y es fácil llegar a pensar que allí no puede existir ninguna forma de vida. Darwin escribió: "¡Qué misteriosa grandeza en aquellas montañas que se elevan unas tras otras, dejando entre sí profundos valles; valles y montañas cubiertos por una sombría masa de bosques impenetrables". Fitz Roy bautizaría al lugar como Cordillera Darwin y a su pico más alto –de 2.467 metros– con el mismo nombre.

Curiosamente, algunos de los glaciares son reconocidos en su geografía por el nombre de unas cuantas naciones: España, Alemania, Holanda, Italia y Francia. Son gigantescos, parecidos a lenguas revoltosas que vomitaran al mar toneladas de hielo y nieve, en frecuentes desprendimientos que levantan a su alrededor un ruido clamoroso. El cielo es cambiante: a veces de un azul prístino e intenso y, otras, dominado por una triste grisura cenicienta. Y el suelo, bajo las montañas, aparece cubierto a menudo por la hosquedad de la piedra o el verdor del bosque.

Mito de los mares

Navegamos durante la noche las siguientes horas, dejando atrás la Avenida de los Glaciares, rumbo sur, hacia el canal de Murray –la entrada del canal Beagle– y hacia el Cabo de Hornos. Por la mañana, el tiempo era bueno, bajo un cielo de uniforme gris. Y frente a la proa, no muy lejos, se avistaba uno de los grandes mitos marinos de todos los tiempos: el Cabo de Hornos, o "el último confín de la Tierra", como lo llamó un misionero inglés con no excesiva exactitud, ya que, más al sur, a una buena distancia de mar, se encuentra el continente Antártico.

Cormoranes reales y lobos marinos en un islote del canal de Beagle. | xeni4ka / ISTOCK

Dicen las leyendas que, allí, más o menos a una milla mar adentro de distancia tomada desde los 425 metros de altura del promontorio que forma la isla en su punto más elevado, se encuentra la llamada "sepultura del Diablo"; y que los ronquidos que surgen del mar al desatarse las feroces tormentas, tan frecuentes en ese punto extremo de América, no son otra cosa que los cientos de toneladas de cadenas –que mantienen sujeto al maligno personaje al fondo marino– cuando las arrastra por el lecho del océano tratando de librarse de ellas. Como señaló un escritor: "Sabe Dios si no es la cólera de su aislamiento la que agita las aguas de este Cabo de Hornos tan temido por los navegantes; o si es el pudor de su tristeza el que se oculta tras las pesadas cortinas de lluvia y mantiene ese gemido del viento, allá lejos, como una sirena de alarma en el extremo del mundo". Los datos del lugar, en todo caso, son diabólicos, como corresponde a tan furiosa geografía: desde el siglo XVII, más de 800 naves han naufragado en esta punta malévola en donde chocan dos océanos y se calcula que unos 10.000 marineros han perdido la vida.

Atracamos en las orillas orientales de la isla en una mañana de mar plácido y cielo arisco. Como las furibundas tormentas del cabo constituyen un fenómeno imprevisible y en cualquier momento, súbitamente, pueden arrojarse sobre aquella geografía –con vientos que pueden soplar a más de 100 kilómetros por hora–, el capitán del buque no se arriesgó a doblarlo, contra el deseo que manifestamos algunos de los pasajeros, por aquello de ganar el derecho a colocarse un aro de plata en el lóbulo de la oreja, como hacían los antiguos marineros que habían doblado alguna vez el cabo. Pero accedió a desembarcar en un puerto resguardado de la isla, en su lado oriental, algo que, a causa de las frecuentes dificultades meteorológicas, solo se logra una vez de cada cuatro intentos.

Ballena jorobada en el canal de Beagle. | Rowan Romeyn / ALAMY

En la isla tan solo hay un faro, que habitan el farero –suboficial de la marina chilena– y su familia; y un monumento alzado por la Cofradía de Capitanes del Cabo de Hornos en recuerdo de Robert Fitz Roy, el primer blanco que puso el pie en el lugar. Lo demás en aquellos parajes puede resumirse en unas pocas palabras de sonido devastador: soledad, vendavales enloquecidos, cielos oscuros, lengüetazos pavorosos de mar, rocas siderales, tierras yermas y lluvias torrenciales.

El barco buscó latitudes menos hoscas, viajando hacia el noroeste, a la bahía de Wulaya, en la isla de Navarino, también territorio de Chile. Montañas nevadas, bosques virginales y bahías de aguas azulísimas conforman un paisaje de postal, nada tenebroso, y, quizás por ello, fue elegido como territorio secular por la etnia yámana, uno de los grupos indígenas que se contaron entre los más numerosos de la región y que hoy están extinguidos. Aquí ponemos pie en tierra y, desde lo alto de un cerro sobre la rada de Wulaya, admiramos uno de los panoramas más grandiosos de la Tierra del Fuego.

Faro del fin del mundo. | leo_andrade / ISTOCK

Por la noche seguiremos viaje hacia el norte, en busca de Ushuaia, la capital de estas regiones australes argentinas. Se conoce a este urbe como "la ciudad del fin del mundo", aunque no sería su nombre más exacto, ya que un poco más al sur se encuentra la chilena Puerto Williams, que con 2.000 habitantes es el establecimiento humano más populoso antes de llegar a la Antártida.

La próspera Ushuaia

Ushuaia supera hoy los 70.000 habitantes y sigue creciendo, ya que, arrimada al canal de Beagle, tiene un tráfico importante camino del Cabo de Hornos y del continente antártico, lo que hace que disfrute de una próspera economía. Goza además de una gran expansión de la industria del turismo, gracias en particular a la pesca deportiva que ofrecen sus ríos y a los cruceros que viajan a la Antártida.

Ushuaia. | Adrian Wojcik / ISTOCK

El más curioso lugar de Ushuaia es la antigua prisión, hoy convertida en un museo marítimo. Fue un inhumano penal, quizás el peor del mundo, y en sus celdas estuvieron encerrados algunos de los delincuentes y asesinos más peligrosos de su tiempo, además de numerosos presos políticos, como el anarquista Simón Radowittky. 

Dejamos el barco en los muelles de Ushuaia y tomamos el avión a Buenos Aires. La Tierra del Fuego quedaba atrás, en el último rincón del mundo.