Tierra del fuego: viaje al fin del mundo

Territorio de buscadores de oro, contrabandistas y balleneros. Tierra del Fuego es el punto final de la civilización antes del continente antártico y un destino maldito para numerosos marinos que han fallecido en sus aguas.

Un fascinante viaje por la Tierra del Fuego.
Un fascinante viaje por la Tierra del Fuego. / Pablo Fernández

Nunca es tarde para reconocer las limitaciones propias. Unas semanas antes de viajar a Sudamérica para embarcarme en un crucero de cinco días por Tierra del Fuego me tomé un té con una amiga chilena que conoce bien este destino. Quedamos en un bar justo detrás del antiguo edificio de Correos en la Plaza de Cibeles de Madrid. Durante media hora la bombardeé con dudas sobre el viaje: lo imprescindible que ver, algún rincón que los viajeros suelan pasar por alto, platos para probar... Casi cuando nos estábamos despidiendo, le hice una pregunta aparentemente sencilla. Sin embargo, su respuesta cambió radicalmente mi viaje. Hoy, meses después, aún ronda mi cabeza, “¿Qué libro me recomiendas leer sobre la zona?”, pregunté. “Francisco Coloane”, contestó sin dudar. “Colo... ¿qué?”, inquirí mientras escribía el nombre. “Coloane... es el Joseph Conrad chileno”, sentenció. Reconozco que esa comparación hirió mi orgullo lector. ¿Cómo podía haber un autor de la talla de Conrad y que hubiera escapado a mi atención? Agache la cabeza y me dirigí a la librería más cercana.

Faro del Cabo de Hornos.

Faro del Cabo de Hornos.

/ Pablo Fernández

Madrid y Buenos Aires están separados por 12 horas y media de avión. Hay pocos sitios mejores que el interior de un vuelo transoceánico para leer con tranquilidad. En mi mochila, bajo el asiento delantero, llevaba dos libros de Coloane: Cabo de Hornos (1941) y Tierra del Fuego (1956). Coloane nació en 1910 en Quemchi, localidad del archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile. Tanto su biografía como su obra están íntimamente relacionadas con la Patagonia chilena. Con tan solo 19 años comenzó a trabajar como aprendiz de capataz en una estancia ganadera de Tierra del Fuego. Más tarde fue escribiente en la Armada de Chile e incluso estuvo empleado en las expediciones petrolíferas de la provincia de Magallanes. Los relatos de Coloane transcurren en esta región austral de naturaleza extrema. Y sus personajes son balleneros, contrabandistas, buscadores de oro... hombres marcados por un primario instinto de supervivencia. Comienzo a leer un cuento de Coloane titulado Cabo de Hornos —como el libro en el que aparece—. “Las costas occidentales de la Tierra del Fuego se desgranan en numerosas islas, entre las cuales culebrean canales misteriosos que van a perderse allá en el fin del mundo, en la Sepultura del Diablo”. Me dirijo hacia esas tierras legendarias. Y, afortunadamente, tengo un largo viaje por delante.

Camarote del Ventus Australis.

Camarote del Ventus Australis.

/ Pablo Fernández

Ciudad carcelaria

Buenos Aires solo es una escala técnica. Allí debo tomar un vuelo hacia Ushuaia, capital de la provincia argentina de Tierra del Fuego. Otras tres horas y media para leer a Coloane. En su cuento El último contrabando escribe sobre esta localidad, considerada como la ciudad ubicada más al sur del planeta. “La blanca y delicada ciudadela penal se recuesta en la falda de uno de los últimos contrafuertes andinos, donde termina la Tierra del Fuego. En el centro se destacan los cuarteles de la prisión y a su alrededor las casas donde viven los funcionarios del presidio y la población civil que se mueve con el pequeño comercio que produce el penal.” La cárcel de Ushuaia funcionó entre 1902 y 1947. El aislamiento y las duras condiciones climáticas de la Ciudad del fin del mundo eran ideales para reforzar la seguridad de la prisión. Aquí fueron trasladados muchos internos por causas políticas y delitos graves. En la actualidad, el penal ha sido transformado en Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia.

El verano austral, considerado temporada alta, transcurre entre diciembre y finales de marzo, con una temperatura media de 15 °C y mínimas de 2 °C

Hoy, Ushuaia cuenta con cerca de 80.000 habitantes y es conocida como la puerta de entrada del turismo antártico, ya que se encuentra a solo 1.000 kilómetros de la Antártida. San Martín es su calle principal, una vía no muy grande pero que concentra la mayor parte del comercio local, especialmente tiendas de ropa técnica de montaña. Conviene tener en cuenta que el verano austral, considerado temporada alta, transcurre entre diciembre y finales de marzo, con una temperatura media de 15 °C y mínimas de 2 °C. De ahí que algunos viajeros despistados, o caprichosos, tengan la necesidad de comprar algo de abrigo.

Casco del Saint Christpoher, en Ushuaia.

Casco del Saint Christpoher, en Ushuaia.

/ Pablo Fernández

En la calle San Martín también se encuentra la Boutique del Libro, librería acogedora y con un amplio fondo en el que se encuentran muchas obras relacionadas con Tierra del Fuego, la Patagonia y la Antártida. Fruto de mi reciente obsesión, pregunto por alguna obra de Coloane. Sorprendentemente, no lo conocen. Puede que haya alguna cuestión nacionalista de por medio. Me encuentro en Argentina y Coloane es chileno. Hay que tener en cuenta que el archipiélago de Tierra del Fuego está compartido por Argentina y Chile. De hecho, mi viaje comienza en la zona argentina y finaliza en la chilena.

El puerto está a solo dos manzanas. Además de varias embarcaciones científicas, en la costa aparece una de las imágenes icónicas de la ciudad: el Saint Christopher, un barco varado que descansa en estas aguas desde 1957. Este remolcador naufragó en el cercano canal Beagle y permanece como testigo de la dureza de estas aguas que tantas víctimas se ha cobrado. Aunque la historia resulta romántica y evocadora, espero que mi barco no se sienta tentado de continuar esta tradición.

Desembarco en el Cabo de Hornos.

Desembarco en el Cabo de Hornos.

/ Pablo Fernández

¡Todos a bordo!

Ya estoy a bordo del Ventus Australis, un crucero de expedición diseñado para navegar por los estrechos canales de la Patagonia. Con una eslora de 89 metros, cuenta con capacidad para 210 pasajeros y 45 tripulantes. Opera entre Ushuaia y Punta Arenas, en Chile. En ambas direcciones. El viaje son cinco días y se pasan a bordo cuatro noches. La empresa propietaria, la chilena Cruceros Australis, lleva operando esta ruta desde 1990, por lo que ha cumplido 35 años en 2025. A pesar de tratarse de un viaje que recorre los parajes más remotos del planeta, cuenta con todas las comodidades requeridas por el viajero moderno. Los camarotes disponen de ventanas panorámicas, a través de las cuales se disfruta en todo momento del paisaje.

Debido a las características de la embarcación, apenas se nota el movimiento de las aguas. La tranquilidad solo se altera en un par de momentos —convenientemente advertidos por la tripulación—. La primera noche es uno de ellos. Aunque la mayor parte del recorrido transcurre por estrechos canales entre islas, durante la madrugada del primer día a bordo, el barco sale un par de horas a mar abierto para dirigirse al Cabo de Hornos, punto en el que chocan las aguas del océano Atlántico y Pacífico.

Un pingüino magallánico en isla Magdalena.

Un pingüino magallánico en isla Magdalena.

/ Pablo Fernández

“Después de la tempestad viene la calma; pero más que la calma, una jubilosa alegría de renacer y luego una paz tierna que a veces reblandece al más duro hombre de mar”, escribe Coloane en el relato El último contrabando. Al despertar, si el tiempo lo permite, los pasajeros son invitados a visitar la legendaria isla del Cabo de Hornos. La tripulación prepara las zódiacs y ayuda a los viajeros a acomodarse. Es importante asumir que lo más probable es que uno se moje. Para evitar acabar empapado es recomendable contar con ropa impermeable. En este momento es cuando uno entiende la proliferación de tiendas de ropa en Ushuaia...

El desembarco en el Cabo de Hornos se realiza con una pasarela móvil. Nada de embarcadero. Si el agua está movida, la operación puede complicarse. Pero una vez superada, la visita compensa los sudores. En el islote hay dos huellas del ser humano: la primera, un monumento conmemorativo en recuerdo de los marineros fallecidos en la zona; y la segunda, un faro, el verdadero faro del fin del mundo, puesto que no se encuentra otro más al sur del planeta. En ese faro, en condiciones climáticas muy adversas, viven el farero y su familia durante un año. Las niñas pequeñas del actual farero, militar del ejército chileno, reciben clases a través de internet.

Tripulante observando una zódiac.

Tripulante observando una zódiac.

/ Pablo Fernández

El tramo de mar que separa el Cabo de Hornos de la Antártida se conoce como Paso de Drake, en honor del corsario inglés Francis Drake (1540-1596), figura clave en el descubrimiento de que Tierra del Fuego no era parte de la masa continental, sino una isla en sí misma. Se cree que cerca de 1.000 barcos han naufragado en estas traicioneras aguas. ¿Y qué dice Coloane al respecto? “Los marinos de todas las latitudes aseguran que allí, a una milla de ese trágico promontorio que apadrina el duelo constante de los dos océanos más grandes del mundo, en el Cabo de Hornos, el diablo está fondeado con un par de toneladas de cadenas, que él arrastra, haciendo crujir sus grilletes en el fondo del mar en las noches tempestuosas y horrendas, cuando las aguas y las oscuras sombras parecen subir y bajar del cielo a esos abismos” (Cabo de Hornos).

En la travesía por la Tierra del Fuego.

En la travesía por la Tierra del Fuego.

/ Pablo Fernández

Tierra de aventura

La rutina a bordo del Ventus Australis se organiza alrededor de dos eventos: las comidas y las excursiones. Si las condiciones climáticas lo permiten, se realizan dos excursiones al día. El comienzo siempre es el mismo: ¡todos a la zódiac! Ponemos pie a tierra en isla Navarino, desembarcando en la bahía Wulaia, en la que se encuentra una antigua casa colonial.

“—¿Quiere usted ir a trabajar a Navarino?

—¿Navarino?...— le respondí tratando de recordar.

—¡Sí, Navarino!—me dijo—. La isla grande que queda al sur del canal Beagle. Allí se necesita una persona que pueda hacer un poco de todo” (Témpano sumergido).

Casa de Ushuaia.

Casa de Ushuaia.

/ Pablo Fernández

En esta misma caleta, pero en 1833, fondeó el HMS Beagle, barco capitaneado por Robert Fitz-Roy y que contaba entre uno de sus más ilustres tripulantes con Charles Darwin. Además, esta isla fue habitual refugio de los canoeros yaganes, uno de los principales pueblos indígenas de la zona. En el interior de la antigua casona hay una pequeña exposición que explica la vida de este pueblo nómada.

Uno de los grandes atractivos de esta aventura es poder contemplar alguno de los más de 600 glaciares que hay en la cordillera Darwin —ubicada al suroeste de la isla Grande de Tierra del Fuego, entre el canal Beagle y el fiordo Almirantazgo—. Los glaciares que visitamos estos días son el Pía, el Porter, el Águila y el Cóndor. La tripulación de nuestro barco está formada por biólogos, geólogos, historiadores... todos ellos ansiosos por compartir sus conocimientos de Tierra del Fuego. Curiosamente, los expertos hablan de los glaciares como seres vivos. De ahí que, si uno los analiza detalladamente, puede apreciar su personalidad y su distinta forma de actuar.

Zódiacs frente al glaciar Cóndor.

Zódiacs frente al glaciar Cóndor.

/ Pablo Fernández

A medida que se acerca el final, los escritores de oficio siempre guardan un plot twist para impactar al lector. El giro de guion definitivo de nuestro crucero llega el último día de viaje. Poco después del amanecer, tras atravesar el legendario estrecho de Magallanes, desembarcamos en isla Magdalena, donde nos espera una colonia de 45.000 pingüinos magallánicos, que nos reciben con indiferencia. No obstante, para los viajeros, esta experiencia será imborrable.

Finalmente, la aventura concluye en Punta Arenas. Apenas paso unas horas en esta pintoresca localidad, cuyo cementerio muestra la variada procedencia de los buscavidas que llegaron a este remoto paraje en el pasado. Otras tres horas y media hacia Santiago de Chile, donde cojo un avión de regreso a España. En El caballo de la aurora, de Coloane, cómo no, un personaje al borde de la locura reflexiona sobre la memoria: “¡Tal vez alguna eterna ráfaga errante me lleve hacia otra parte donde cuaje de nuevo la vida! ¿Pero si renazco volveré a tener memoria de lo vivido? ¡Debiera! Porque si no, más vale no resucitar, porque el olvido es lo único que está verdaderamente muerto”. Aunque tengo 12 horas y media por delante para leer, prefiero cerrar el libro. Tengo suficiente con el recuerdo de mi viaje a Tierra del Fuego.

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