Tierra de Fuego: un viaje al fin del último confín

Descubrimos la belleza que habita en el extremo de la Patagonia argentina

Noelia Ferreiro
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Es un territorio soberbio de vientos huracanados, cumbres cubiertas de nieve y valles horadados por lagos. Tierra de Fuego es la punta del continente americano, allí donde se abrazan los océanos Atlántico y Pacífico para conformar la antesala de la Antártida.

Recorrer este extremo de la Patagonia argentina es perderse por el último confín. Desde la ciudad más austral hasta las soledades del Polo. Desde el ocaso de los Andes hasta la inmensidad de hielo. En definitiva, el sur del sur.

El último latido

Antes de sumergirnos en la naturaleza, encontramos Ushuaia, la capital de esta región remota. Una ciudad asentada en una bahía y protegida por una cadena montañosa dominada por el Pico Olivia, cuyo perfil se proyecta sobre las gélidas aguas.

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Así, encajado entre la nieve y el mar, flanqueado de bosques y glaciares, este pintoresco entramado urbano añade a la mística de su localización un aire de perpetuas vacaciones. Sus coloridos tejados a dos aguas, sus calles empinadas y sus casas históricas de chapa acanalada ponen el contrapunto humano al mágico entorno en el que se sitúa, allá en el vértice del planeta.

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Naturaleza impresionante

Esto es lo que vemos en el parque nacional Tierra de Fuego, antaño el hogar de los yámana. Una inmensa reserva natural, la única del país que integra mar y montaña, que exhibe un paisaje deslumbrante: pequeñas cordilleras y profundos valles poblados de bosques de guindos, lengas y ñires.

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También una rica variedad de fauna que tiene en el zorro fueguino, el guanaco y las distintas aves sus especies más llamativas. Y que además ha sufrido, tristemente, la introducción del castor, que está causando un serio impacto medioambiental.

Luego están los lagos. Dos grandes espejos de agua que pueblan este territorio: el Lago Fagnano, uno de los más extensos del mundo, y el Lago Escondido, enclavado en la cordillera de los Andes. Rodeados de cordones montañosos y de bosques primarios ajenos a la mano del hombre, ofrecen paseos con una panorámica sublime, navegación en kayac o velero y pesca deportiva de truchas. Pero sobre todo, regalan una belleza única.

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El fin del mundo

En Tierra de Fuego todo lleva el sello del límite. Desde la prisión del fin del mundo (cuando las autoridades argentinas decidieron hacer del lugar una colonia penal para delincuentes peligrosos) hasta el tren del fin del mundo (en el que para ir a trabajar viajaban apelotonados estos mismos reos, con el traje a rayas y grilletes en los pies, expuestos a la nieve y los feroces vientos).

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Pero nada resulta más mítico que navegar por el Canal de Beagle para sentirse realmente en las antípodas. En canoa, velero o catamarán. Sorteando la naturaleza más pura de esta región remota: la isla de los Pájaros, con sus vociferantes cormoranes, o la de los Lobos, colonizada por os leones marinos.

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Después, mar adentro, lejos de la bahía, irrumpe ese otro conjunto de rocas espectrales donde se yergue el faro Les Éclaireurs con su título impostor del fin del mundo (no lo es, pero da igual). El Canal de Beagle encierra toda la belleza del desamparo, el abrupto adiós a la tierra conocida. Más allá todo es soledad y silencio.