La tierra de la felicidad: Salvador de Bahía

Playas, carnaval y la mejor fiesta de Brasil. En el litoral tropical brasileño existe un lugar incontestablemente seductor, un microcosmos de naturaleza pródiga y acariciante habitado por gentes de temple desinhibido, espontáneo, carismático y alegre cuya privativa cultura combina la tradición y la modernidad, la devoción y la fiesta, lo místico y lo mundano. El ritmo frenético de la música, por su parte, añade calor y candor a un ambiente ya de por sí de alta graduación. Ese lugar se llama Salvador de Bahía, la ciudad más poblada del noreste de Brasil. Una experiencia para los cinco sentidos que ahora multiplica su intensidad.

Javier Jayme
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Foto: Gonzalo Azumendi

"Pero dime, Donald: ¿has estado en Bahía?... ¿No? ¡Oh, eso sí es lástima!". La frase la repetía, con insistencia obsesiva, el loro Carioca, anticipando la presencia explosiva de una despampanante –para la época– Aurora Miranda, quien hacía latir apresuradamente el corazón del pato Donald con una danza llena de sensualidad y colorido que se prolongaba hasta el delirio por las calles cimbreantes de Salvador de Bahía, recreadas por la magia del dibujo animado a ritmo de samba con frenesí de marimbas entre bailarines de carne y hueso. Esto sucedía en el año 1944 y Los tres caballeros de Disney descubrían un universo de exotismo tropical voluptuoso y desinhibido que una abrumadora mayoría de espectadores solo podía aspirar a conocer o soñar desde la butaca del cine.

Muchas cosas han cambiado desde entonces y hoy, más de siete décadas después, algunas de nuestras fantasías sobre destinos fabulosos pueden hacerse fácilmente realidad. Es el caso de Bahía, un sueño intemporal instaurado en la imaginación colectiva. Pero, en definitiva, ¿qué es Bahía? Si se le pregunta a un brasileño, responderá –convencido de una manera literal– que es "la Tierra de la Felicidad". Así la calificó algún poeta enamorado de ella, asumiendo, como pregona la canción popular, que "tierra más linda no hay".

Fue en Bahía donde comenzó la historia del Brasil actual. El navegante lusitano Tomé de Sousa, primer gobernador general del país, fundó Säo Salvador de Baia de Todos os Santos sobre una península situada en el extremo occidental de la citada bahía en 1549. Primitiva capital de las colonias portuguesas americanas, fue la ciudad más importante al sur del ecuador hasta finales del siglo XVIII. En 1763 cedió su capitalidad a Río de Janeiro, que a su vez la traspasó a Brasilia en 1960.

Salvador de Bahía es, sin tapujos, una urbe abierta de par en par al visitante, cuyo cabal encanto reside en la lozana simpatía y el efusivo apego de su gente. El corazón histórico de Brasil y principal destino turístico del Estado de Bahía posee un alma mestiza, exuberante, risueña y sincera. Es el alma de Gabriela –célebre  personaje creado por el genio literario de Jorge Amado, bahiano universal–, amor derretido de mujer, el donaire en el cuerpo de mulata y la sonrisa cálida en los labios.

El diseño urbano presenta dos sectores diferenciados: la Cidade Alta y la Cidade Baixa. O lo que viene a ser lo mismo: el núcleo colonial y el núcleo moderno. En la Ciudad Alta, asomada al Atlántico desde una altura de 60-80 metros, destaca es el barrio de Pelourinho, donde residió la clase distinguida salvadoreña hasta que el gobierno se instaló en Río. Se trata del conjunto arquitectónico barroco ultramarino más antiguo, más grande y más importante de cuantos existen en América. Así lo reconoció la Unesco, la cual lo incluyó en su Patrimonio Histórico en 1985.

Desde esa fecha una concienzuda labor de restauración ha recuperado las esencias de antaño –amén de erradicar cierta peligrosidad callejera– y, hoy por hoy, el casco histórico de Pelourinho recrea discretamente su época de apogeo y fascinación. Aquí están las iglesias, tantas que a Dios le debe de costar trabajo repartirse. Las hay sencillas, las hay suntuosas. Por fuera, la piedra; en el interior, los azulejos, la plata y el oro. La de la Orden Tercera de San Francisco constituye una excepción: la fachada es de estilo plateresco –caso único en Brasil– y, por dentro, naves, arcadas y tallas están revestidas por completo del amarillo metal en estado puro. En cuanto a los viejos caserones coloniales, que se cuentan por manzanas enteras con vocación de tarta tropical –paredes rosas, azules, amarillas y verdes–, son testigos, al caer la tarde, del sabroso bullicio popular de nativos y foráneos, una marea humana que caracolea por bares y mesas al aire libre, saboreando el vatapá –mezcla de puré de harina de arroz, camarones y leche de coco– y los acarajés –delicias picantes de la cocina bahiana– al son de los ritmos afoxés improvisados por músicos ambulantes.

Dique de Tororó, único manantial natural de Salvador de Bahía. | Gonzalo Azumendi

La Cidade Baja

La Ciudad Baja incluye la zona portuaria y comercial. Aquí se encuentra también el Mercado Modelo, famoso allende las fronteras brasileñas y, sin duda, uno de los más visitados de toda Suramérica. Artesanías aparte, sus aledaños son el punto neurálgico del costumbrismo de Bahía. En un día cualquiera, el corro de turistas y curiosos encierra a un puñado de jóvenes bailarines de color, fornidos y semidesnudos, que se disparan entre sí brazos y piernas con agilidad, a secos sones de berimbaus, sin rozarse nunca, en pleno espectáculo de capoeira, la lucha/danza importada de África en tiempos de la esclavitud. De los muelles cercanos llega el olor a mar, que se añade al perfume dulzón de los flamboyanes de flores rojas. Bajo la amplia sombra de estos, los tenderetes callejeros rebosan de mangos, ananás, aguacates y yuca. Más allá, algunas vendedoras –mayoría de mulatas talludas–, uniformadas con la vaporosa baiana, el traje regional típico –pantuflas blancas, faldas blancas, tocados blancos–, ofrecen a los viandantes frituras hechas con dendé (aceite de palma), cuyo recio aroma impregna el aire y espesa las sensaciones.

Salvador de Bahía posee un aliento musical inconfundible, tórrido y desenfrenado. En cualquier rincón, a cualquier hora, por cualquier motivo, se escuchan ritmos suaves, agresivos o escandalosos; cadencias de raíces africanas; los sonidos bailables de la samba reggae y de la axé music o la percusión enfebrecida de atabaques, agogós y berimbaus. En las celebraciones de los santos, las multitudes invaden las iglesias, cantando y bailando durante días. Y en los rituales del candomblé –siempre más reservados– se incluyen danzas frenéticas (también ofrendas variadas) que pueden desembocar en trances propiciados por el incesante batir de los tambores.

El barrio de Pelourinho con (al fondo) la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. | Gonzalo Azumendi

El mestizaje imprime carácter y personalidad a la gran metrópoli bahiana. Negros, indios y blancos: el misterio y la esencia de cada sangre se manifiesta en todos los aspectos del vivir cotidiano y, de una manera fundamental, en el culto religioso. El catolicismo es herencia europea; el candomblé proviene de África; y aquí coexisten ambos en promiscua armonía. No por nada se ha llamado a Salvador la ciudad de todos los santos y de todos los pecados. Es más: los santos católicos se asimilan a los orishas africanos y viceversa. Santa Bárbara no es otra que Changó, una de las deidades más poderosas del candomblé; San Antonio es Ogum, Omulú es San Lázaro y así hasta agotar la lista. Muchas personas profesan simultáneamente las dos religiones dentro de un sincretismo inusitado que es parte primordial del alma de Bahía; así nada se pierde y todo se rentabiliza.

Se afirma que cuando el bahiano no está de fiesta, se está preparando para ella. Y el carnaval es su fiesta mayor. Un espectáculo mágico, de todos y para todos, difícil de transmitir con palabras. Hay que verlo y participar de él para conocerlo: negros, blancos, mulatos, pobres y ricos entremezclados en un delirio total, invadiendo plazas, calles y callejuelas, sin cesar de bailar, detrás de los tríos eléctricos (enormes camiones transformados en escenarios de axé music a toda potencia), de los blocos (murgas) carnavalescos y de los afoxés. Dicen los entendidos que el de Salvador, que en este año 2018 comenzará oficialmente el jueves 8 de febrero en los tres circuitos convencionales (Barra/Ondina, Campo Grande y Pelourinho) y se extenderá 7 días, hasta la mañana del Miércoles de Ceniza, se mantiene más puro y fiel a la tradición que el que se vive en Río. Los salvadoreños, desde luego, no tienen empacho en presumir al respecto: "El nuestro –sostienen con orgullo– es el carnaval callejero más grande del mundo". Y es tangible que no les falta razón.

Barrio de Pelourinho, en la Ciudad Alta, declarado Patrimonio de la Humanidad. | Gonzalo Azumendi

Por si nada de lo anterior bastara, Bahía ofrece 1.000 km de litoral marítimo, el más extenso de Brasil. Solo el Recóncavo, la región que engulle a la bahía de Todos los Santos en su estómago con forma de media luna, abarca 300 km de costas que gozan de los dones de la naturaleza: playas ilimitadas con jangadeiros (dunas) de finas arenas blancas; manglares lujuriantes y decenas de islas paradisíacas, hogar de aves y plantas exóticas. El propio núcleo urbano cuenta con playas luminosas, donde la tibieza del mar es cosa cotidiana –zonas de Barra, Ondina, Río Vermelho–, con la brisa murmurando entre los coqueirais (cocoteros) y el verde transparente de sus aguas calmas para sentirse transportado al edén.

A la hora de la despedida cuesta renunciar a tantos encantos y uno comprende mejor la jocosa advertencia del loro Carioca: "Bahía es un canto en el corazón. Si tú vas a Bahía, mi amigo, jamás la dejarás".

Voleibol en una playa de la Costa de los Cocoteros. | Gonzalo Azumendi

La costa de los cocoteros

El acceso a la Costa dos Coqueiros se realiza, con peajes, a lo largo de la carretera turística BA-99. El tramo inicial, popularmente conocido como Estrada do Coco, va desde el aeropuerto internacional de Salvador hasta la Praia do Forte. A continuación y hasta Mangue Seco, en la frontera con el Estado de Sergipe, al norte, toma el nombre de Línha Verde, la primera carretera ecológica de Brasil, planificada dentro de rigurosos criterios de protección ambiental. Son unos 185 kilómetros de bellísima ruta litoral –jalonada, claro está, por cocotales– que ya ha sido comparada, paisajísticamente, con la Polinesia francesa. A través de ella se accede a lugares históricos, pueblos (Imbassaí) y aldeas (Arembepe), docenas de playas (Guarajuba, Buraquinho...), algunas casi vírgenes (Barra do Itariri), con dunas de arena blanca y mar abierto (Massarandupió), ríos (Sauípe) y lagunas, manglares y arrecifes de coral.