Tesoros de la Bohemia romántica

Desconocida para muchos españoles que visitan la República Checa, la Bohemia Meridional esconde tesoros como Ceský Krumlov y la medieval Kutná Hora, ambos Patrimonio de la Humanidad. El fantasioso Palacio de Hluboká y la inquietante capilla de los huesos de Sedlec son otros lugares imprescindibles de esta romántica región.

Alfredo Merino
 | 
Foto: Alfredo Merino y Marga Estebaranz

Disimulada bajo el talud abierto por el Moldava, pero también por sus humildes dimensiones, la casa de Egon Schiele pasa desapercibida. Situada bajo los jardines del barrio de Plesivec que dan al río, se accede a ella por una escalera. En esta escasa madriguera vivió en 1911 el pintor que escandalizó con su particular visión de la pintura a la recatada sociedad de Ceský Krumlov, urbe que acabó por repudiarle. Un siglo después, la municipalidad ha rescatado de la mala fama el recuerdo del artista. La casa fue restaurada y se abrió al público en 2014; es el más reciente atractivo que la ciudad ofrece a sus visitantes. Decorada con réplicas de los muebles originales y abundante obra del pintor, reproduce el ambiente en que vivió. Discípulo predilecto de Gustav Klimt, Schiele es, junto con Oskar Kokoschka, figura clave del expresionismo austriaco. Desaparecido a los 28 años víctima de la gripe española, dejó unas 300 obras, paisajes y retratos la mayoría. Patrimonio escaso pero suficiente para encumbrarle en la leyenda. Huyendo del ambiente de su Viena natal, vino a caer a la Bohemia Meridional, al pueblo de su madre. Llegó a Ceský Krumlov en busca de “aguas oscuras y árboles que se quiebran, de vientos salvajes, bosques jóvenes de abedules y hojas tiritando”, como relató a su cuñado. Las palabras de Schiele remiten al pasado romántico de Ceský Krumlov, para muchos el pueblo más hermoso de la República Checa, algo que comprueban sus visitantes, entre los que hay pocos españoles, por lo general solo interesados en Praga. Situado en la Bohemia Meridional, a dos horas y media por carretera de la capital, es un compendio del esplendoroso pasado medieval, gótico y barroco de esta región que bien merece una escapada.

Muy cerca de la guarida de Schiele está el estudio de Josep Seidel. Es una casita art nouveau que se conserva igual que cuando vivió en ella este fotógrafo entre finales del siglo XIX y mediados del XX. El mostrador con las cajas de fotos, los albaranes, el cuarto del revelado, las viejas placas de vidrio... todo está tan bien conservado que se tiene la impresión de que el fotógrafo va a aparecer para tirarnos una foto. Seidel ya no está, pero podemos hacérnosla del mismo modo. En la última planta de la casa se conserva su estudio tal y como lo dejó. En el vestidor anexo aguarda un montón de trajes de época, sombreros, paraguas y demás accesorios con los que hacerse un inolvidable retrato retro con una de aquellas viejas máquinas de fuelle.

La belleza de Ceský Krumlov le hizo merecedor de ser declarado Patrimonio de la Humanidad en 1992. En su conjunto, ni un elemento está fuera de lugar. Ni una máquina de refrescos, ni un luminoso estridente, nada de plásticos ni otros materiales contemporáneos. Las calles adoquinadas, muchas peatonales, atraviesan un conjunto medieval de casas decoradas con dibujos y motivos renacentistas y barrocos en sus fachadas, rematadas por afilados tejados rojizos. Entre ellas se tienden puentes y se mantienen los estrechos canales que siglos atrás daban trabajo a los molinos. Sobre el armonioso conjunto se eleva el castillo, una de las fortalezas más grandes de Europa, con una superficie de siete hectáreas. El colosal conjunto cuenta con cuarenta edificios, a los que se accede por un puente bajo el que sestean varios osos. En el interior, una sucesión de salas con muebles, estufas y decoración de la época. Destaca la Sala de las Máscaras, con su delicada decoración realizada por el pintor vienés Josef Lederer.

Teatro barroco y cerveza

Es obligado asomarse al puente principal. La visión aérea que regalan las altivas troneras sobre el casco histórico encintado por el Moldava explican por qué este pueblo es para muchos el más bonito de Chequia. Junto al puente está la entrada de la que debe considerarse la pieza más exclusiva del magno conjunto palaciego: el teatro. De estilo barroco, se construyó entre 1680 y 1682 con las últimas modernidades de aquel tiempo. Todavía es posible asombrarse al ver la forma en que sus poleas mueven los escenarios y cómo extraños instrumentos reproducen el ruido de la lluvia y el trueno. Es tan viejo y son tan delicados sus mecanismos originales, que solo lo usan tres veces al año. Lo hacen con la representación de una ópera barroca al modo del XVII. Conviene hacer coincidir la visita a Ceský Krumlov con alguno de los pases, merece la pena no perdérselo. Acabada la obra, nada mejor que vagabundear por las callejas del casco histórico, escuchar un improvisado concierto en alguna de sus plazas y degustar una impagable cerveza en cualquier pintoresca cervecería.

Cualquier viaje a la República Checa que se precie no puede pasar por alto la bebida de lúpulo y levadura. Menos aún en esta región cervecera por excelencia. Para comprobarlo apenas hay que recorrer 25 kilómetros rumbo norte. Hasta Ceské Budejovice, capital de la Bohemia Meridional. Su nombre alemán da pistas de lo que se cuece: Budweis, mundialmente conocida por ser cuna de la cerveza Budweiser Budvar desde hace siete siglos. Y aquí conviene aclarar que esta cerveza de receta exclusiva nada tiene que ver con la marca norteamericana del mismo nombre. No es la única fábrica en este pueblo, auténtica casa de la cerveza checa. La Samson, poco conocida fuera del país pero muy apreciada por los cerveceros checos, es la segunda.

Situado en la confluencia del Moldava y el Malse, el casco antiguo de Ceské Budejovice es una elipse fortificada que rodea un canal. En su centro, la plaza Premysl Ottakar II, una de las mayores de la República Checa. Mide una hectárea y preside su centro una italianizante fuente de Sansón. Los edificios del espacio son un compendio de la arquitectura centroeuropea, del barroco al siglo XVIII. Exquisitas en su estado de conservación, destacan sus luminosas fachadas. Entre ellas, el almacén de la sal, que habla del importante pasado comercial de la urbe, y el Ayuntamiento barroco. Alrededor, un dédalo de callejas, muchas de ellas porticadas como la plaza, a las que abren sus puertas establecimientos de todo tipo, bares y cafés. Es interesante subir a los 46 metros que mide la Torre Negra. Aunque cuidado: la tradición asegura que en la campana solía sentarse la Muerte, quien, conchavada con el campanero, se encargaba de hacerla repicar cuando aquel no tenía ganas de hacerlo.

La siguiente parada de esta ruta romántica bohemia está a unos 10 kilómetros de Ceské Budejovice. Es uno de esos castillos de hadas que de vez en cuando se encuentran entre las colinas y bosques de Centroeuropa y que tanto recuerdan a Walt Disney. Lo cierto es que el Palacio de Hluboká nad Vltavo gasta aires british, hasta el punto de ser conocido como el Windsor checo. La culpa la tuvo la familia Schwarzenberg, quien adquirió a mediados del XIX el viejo castillo construido por los reyes checos seis siglos antes. Invitados a una boda de la realeza británica, quedaron tan impresionados por el palacio inglés, que decidieron trasladar aquella impronta a su posesión recién adquirida. De estilo neogótico y rematado por once torres, el palacio cuenta con 140 estancias profusamente decoradas. Muebles ingleses, lámparas de cristales de Murano y Bohemia, apabullantes librerías, infinidad de trofeos de caza, estancias privadas en las que no falta ni el último detalle, vidrieras, porcelanas... hasta una sala de equitación y otra de armas. El recorrido del palacio dura más de dos horas, pero merece la pena para descubrir la vida que aquí llevaron sus propietarios.

Dulces de flores

No todo es arte y ciudades históricas en Bohemia Meridional. Todo lo contrario, la región cuenta con una espléndida naturaleza, donde el Parque Nacional Sumava es escenario perfecto de excursiones y paseos al aire libre. Importantes manchas forestales se alternan con un paisaje agrícola donde lo que más llama la atención son interminables campos cuajados de amapolas blancas. Utilizadas en la farmacopea y en la gastronomía, no hay que irse de Bohemia sin probar un kolache, tradicional dulce que utiliza como ingrediente esta flor.

En los numerosos ríos y canales de la región aguardan relajantes paseos en barco por el Moldava a la sombra de las torres del castillo de Ceský Krumlov y por el canal de Schwarzenberg, hasta aventuras más exigentes en canoa y rafting. Bohemia del Sur cuenta con una completa red de pistas para bicis. La ruta cicloturista Unesco es de las más recomendables: une Ceský Krumlov y Holasovice, las dos ciudades declaradas Patrimonio de la Humanidad.

La fábrica de monedas

De regreso a Praga, la localidad de Kutná Hora merece un corto desvío. Esta urbe de intenso sabor medieval recibe los sobrenombres de Ciudad de la Plata y la Caja del Tesoro de Chequia, por sus importantes minas del preciado mineral. El casco histórico rodea a la catedral de Santa Bárbara, patrona de los mineros. No lejos está el acceso a alguna de las minas de la ciudad. Su visita, casco minero incluido, es una actividad de interés. La Vlasský dvur, la Corte italiana, es el edificio más destacado. Fue residencia de la nobleza ligada a la plata y Casa de la Moneda, que empezó a acuñar monedas en el siglo XIII bajo el reinado de Venceslao II. Rodeado por un foso, en este almacén fortificado se guardaba la moneda que a diario fabricaban los pregér, los acuñadores. Aquí nació el thaler, moneda de plata creada en el año 1518 y que dio lugar al tólar checo, del que derivaría el actual dólar americano. En una de las salas del edificio, un hombre vestido con traje de la época muestra cómo se acuñaban las monedas: con un único golpe con el potente mazo a la pieza de plata en bruto, colocada sobre un matriz. Era un trabajo de precisión que exigía rapidez para producir el mayor número de monedas. Los pregér más expertos acuñaban dos mil piezas al día. Esto les hizo convertirse en un apreciado gremio artesano; su salario era de 20 monedas por jornada, mientras que los mineros ganaban menos de 6 y una vaca valía 50. Al mismo tiempo, eran muy vigilados. Se les obligaba a vestir un uniforme que carecía de bolsillos, para evitar la tentación de despistar alguna moneda de vez en cuando. Lo que no consta es cuántos dedos se aplastaban con el mazo aquellos pregér, aunque no debieron ser pocos.

El macabro osario de Sedlec

Este singular osario situado en las afueras de Kutná Hora alberga más de 40.000 esqueletos. Se remonta a los tiempos en que el abad Henry de Sedlec regresó de Tierra Santa en 1278 con unos puñados de tierra del Gólgota, que depositó en el cementerio de su abadía. A partir de entonces todo el que moría en la comarca quería ser enterrado aquí. La cosa empeoró con la peste negra que asoló Europa a mediados del XIV. Las osamentas desbordaban las tapias del cementerio. En 1400 se construyó una iglesia, removiéndose muchas tumbas, cuyos inquilinos encontraron acomodo en la capilla bajo el templo. Pero no cabían todos. Así se mantuvieron, amontonados durante tres siglos, hasta que la familia Schwarzenberg contrató al artesano Frantisek Rint, quien colocó los huesos de la manera que hoy pueden contemplarse. Guirnaldas de cráneos que decoran las techumbres se alternan con enrejados de tibias, radios, húmeros y peronés. Arcos de medio punto, bóvedas y dinteles con diferentes huesos del cuerpo humano. Hileras de varios metros de calaveras, ensartadas como aceitunas en gigantescas banderillas. Pirámides perfectas, extraños muebles de tupidas cabezas de fémures donde húmeros y caderas son singular vajilla. En el techo de la pieza principal, la creación cumbre: una barroca lámpara desbordante de huesos. Su delirante diseño la antecede varios siglos a las obras de Hans Ruedi Giger, el creador de Alien. A pesar de sus monumentales dimensiones, su intrincada geografía de osamentas apenas alumbra. Se agradece, pues la atmósfera ligeramente tenebrista aporta dramatismo a la visita. Toda una simbología acompaña a la detallista colocación. El esqueleto de un cuervo clava el pico en la cuenca vacía de una calavera. “Perteneció a un turco”, tranquiliza el guía. A su lado y sobre una reja, la composición más artística: un monumental escudo de la familia Schwarzenberg. A lo que realmente recuerda, que perdonen los culés, es al escudo del Barça.

Los misterios de Mcely y las virtudes del chateau

El Chateau Mcely es un antiguo palacio cuya fundación se remonta al año 1252 por la poderosa familia Waldstein. Situado en las afueras de Mcely, pequeña población de apenas 300 habitantes, se alza en la linde de los umbríos bosques de San Jorge, en el centro de una propiedad que ocupa 23 hectáreas de cuidados jardines. Residencia favorita del príncipe Hugo Maximilian, miembro de los Thurn Taxis, los inventores del sistema postal europeo, sus forestas fueron escenario de partidas de caza, mientras que los pabellones alcanzaron notable fama como cuadra de caballos de carreras. Nada de aquello impidió que sus salones acogiesen las más distinguidas reuniones de la aristocracia bohemia. Más que por todo esto, el Chateau Mcely ha pasado a la historia por las apariciones de la Virgen María a tres huérfanos en el pequeño campo que se extiende entre la residencia y la iglesia de la posesión. Lo más interesante es cuándo ocurrieron: en 1849, nueve años antes de que a la pastorcilla Bernadette se le apareciera la reina de los cielos en Lourdes. Fueron varias las apariciones a aquellos zagales y se conocen como Los Milagros de Mcely. Semejante misticismo no fue impedimento para que los comunistas confiscaran el chateau en 1948. Estuvo en su poder hasta la Revolución de Terciopelo, que acabó con el régimen en 1989. Tras ello, cayó en el abandono y la ruina. En 2001 el empresario James Cusmano y su esposa Inéz se hicieron con la posesión, realizando una profunda restauración. El resultado es este Chateau Mcely que abrió sus puertas en 2006. Ha sido el primer hotel checo y el segundo en Europa en conseguir el galardón cinco estrellas Verde y el Eco Chic Hotel. El chateau conserva el antiguo herbolario medieval, que produce fármacos homeopáticos, aunque sobre todo destaca el Spa, instalado en un pabellón en mitad de los tranquilos jardines.