Templos románicos de altura en el Valle de Arán

El Valle de Arán (Lleida) es conocido, sobre todo, por sus bellezas naturales y excelencias deportivas, y eso resulta totalmente injusto: su excelso patrimonio cultural abarca, entre otras maravillas, una ruta románica, donde se pueden admirar no menos de quince iglesias, y una fisonomía propia, llena a la vez de ingenuidad y refinamiento.

Carlos Pascual

Vielha, la antigua Vetula romana, ya nos alerta de la alcurnia de este valle o paso pirenaico, atravesado por una calzada que venía de la ciudad francesa de Toulouse y se dirigía a Esterri d''Aneu a través del puerto de Petrae Albae (la Bonaigua). El historiador Polibio cita, entre otros pueblos o tribus hispanas, a unos airenosi que algunos identifican como los habitantes de Arán. Por su propia configuración geográfica, el valle ha vivido siempre como una "pequeña república", a pesar de que su lengua le acercaba a sus vecinos gascones, y las alianzas políticas, a los reyes catalano-aragoneses.

La Torre del general Martinhon, casa señorial del siglo XVII convertida en Museo del Valle de Arán, en el centro de Vielha, es un buen inicio para trazar las coordenadas que nos permitan explorar las riquezas culturales de este valle; además, guarda piezas (como los Cristos de Casarihl o de Escunhau), que nos incitan al descubrimiento.

La ruta del románico aranés -perfectamente documentada y señalizada- puede empezar, pues, en la propia localidad de Vielha, capital administrativa del Valle de Arán. En la iglesia de San Miguel, situada en pleno corazón de la ciudad, los elementos románicos apa recen incrustados en la estructura gótica, tal y como puede apreciarse en la portada; dentro podemos admirar el llamado Cristo de Mitjaran, fragmento de un Descendimiento del taller de Erill la Vall que fue destruido en una razia antigua de los franceses.

Armadura gótica
Casi no hay que salir de la ciudad para ver las iglesias de Casau y de Gausac. Este último templo también tiene empotrados los elementos románicos en una espléndida armadura gótica, pero dentro hay una de las mejores pilas bautismales del románico aranés (superan, en todo el valle, la media docena).

Camino de Francia, un desvío a la localidad de San Félix de Vilac nos permite disfrutar de uno de los rincones más plácidos de toda la comarca, ante un singular Pantocrátor o Cristo en majestad en la portada. También Sant Esteve de Montcorbau y Sant Peir de Betlan (ambas del siglo XII) constituyen un espléndido balcón sobre el también espléndido telón de picachos nevados que encajonan al valle y al río Garona por la vertiente meridional.

Más adelante, en Vilamós, uno creería estar en Taüll al ver de lejos la torre de Santa María; ésta y la de Bossost son las dos únicas netamente románicas de Arán. Embuchadas al pie de la torre pueden verse lápidas romanas de lechosa palidez, con unas toscas efigies. Sería imperdonable dejar la villa de Vilamós sin visitar el Ecomuseo, una casa tradicional o auviatge compuesto por la vivienda, cuadras, palomar y porquerizas, en torno a un patio y un pequeño huerto. Más adelante, en Bossost, el ambiente cambia por complet el silencio entre visillos, los olores a yerba y granero se truecan en vorágine urbanita. El bulevar central muestra la animación de una población fronteriza. Ajena al ajetreo, la iglesia de Bossost representa el mejor exponente del románico aranés. Su torre es la más vieja del valle, posee dos portadas con tímpano labrado y uno de sus tres ábsides luce una prótesis vanguardista. El ambiente aduanero se acentúa más en la villa de Les: riadas de compradores franceses, atraídos por los buenos pre cios de este lado de la frontera, portan bolsas atiborradas de cartones de tabaco y botellas de licor; hay colas en las gasolineras... Pocos cruzan el río para echar un vistazo a la hermosa ermita románica de San Blas.

Refugio de la jet
De Vielha hacia el oriente, topamos primero con Sant Esteve de Betrén, donde de nuevo lo románico aparece fagocitado por lo gótico; y más adelante, San Pedro de Escunhau. La portada de esta iglesia, de cara al cementerio, con rostros apenas abocetados a guisa de capiteles, es de una extraña persuasión; dentro puede verse otra de las pilas bautismales más hermosas de por aquí. Artiés es algo aparte. Un pueblo con un toque de clase, uno de los preferidos por la jet, que se remansa como espuma en este extremo del valle. Hay dos iglesias en Artiés: la de Santa María, con dos portadas y una torre más gótica que románica, alberga en su interior pinturas murales renacientes y varios retablos, y se visita como museo (limosna obligatoria, o no pasas); y la de San Juan, gótica, se emplea actualmente como una sala de exposiciones.

Pinturas murales expoliadas
Más adelante, la localidad de San Andrés de Salardú es otro de los platos fuertes, por su estructura, sus pinturas murales (tardías, del siglo XVII) y su Cristo en majestad procedente del círculo de Erill la Vall (como el antes citado Cristo de Mitjaran). El pueblo es una auténtica delicia, un nido de gente bien. Y es que Baqueira se cierne desde el atrio de la iglesia. En este entorno sofisticado aún pueden -deben- verse dos iglesias importantes: la de Unha, la única que conserva pinturas románicas (además de otras renacentistas) y con dos pilas bautismales, una de ellas por inmersión (hay otra similar en Artiés, convertida en cepillo); y la iglesia de Santa María de Cap d''Aran de Tredòs, que presenta dos rasgos insólitos para el románico aranés: una cripta y una torre exenta. Hay que decir, además, que esta iglesia poseía unas pinturas murales de los siglos XI y XII que fueron arrancadas y vendidas, no hace tanto tiempo; hoy pueden contemplarse en el museo The Cloisters, de Nueva York.