Tarutao: las últimas perlas vírgenes de Tailandia

En el mismo momento en que el hombre blanco descubre un paraíso natural se activa irremediablemente una cuenta atrás que finaliza con su destrucción. En Koh Lipe, en pleno corazón del idílico Parque Nacional de Tarutao, esa pendiente hacia el infierno no comenzó hasta hace apenas una década. Por ello y por encontrarse en una de las zonas más remotas de Tailandia, aún es posible disfrutar de playas desiertas, explorar arrecifes de coral a escasos metros de la costa yadentrarse en islas solo pobladas por una densa jungla.

Carlos Hernández. Koh Lipe (Tailandia)
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Foto: Carlos Hernández

Las barcazas de madera de los UrakLawoi siguen surcando estas cálidas aguas del Mar de Andamán. Hace no mucho tiempo, este pueblo nómada conocido como los "hombres del océano" o "los gitanos del mar" era el único dueño y señor de las 51 islas que conforman el Parque Nacional de Tarutao. Hoy, buena parte de sus embarcaciones ya no van cargadas con el pescado capturado durante el día, sino que se dedican a transportar turistas ávidos de sol, naturaleza y aventuras. Bao nació hace 40 años en uno de los poblados que los UrakLawoi tenían establecidos en la isla de Lipe: «Estábamos nosotros, la jungla y el mar. Solo tenías que echar el sedal al agua y, enseguida, sacabas un gran pescado. Luego llegaron los grandes barcos y los peces desaparecieron». Este menudo pescador reconvertido en improvisado guía turístico solo echa de menos una parte de ese reciente pasado: «Todo era pura naturaleza, era aún más hermoso que ahora. Sin embargo pasábamos muchas penurias para alimentarnos; no podíamos estudiar y si caías enfermo solo podías acudir al curandero que utilizaba la magia y algunas plantas de la selva. Hoy tenemos dinero,nuestros hijos van a la escuela, podemos comer casi lo que queramos y hasta viajamos a sitios como Phuket».

El "milagro" que ha obrado este cambio se llama turismo. En los últimos diez años, primero tímidamente y desde 2009 de forma salvaje, han crecido los resorts a lo largo y ancho de la pequeña isla de Lipe y se ha multiplicado por cien la llegada de viajeros. Como Bao, muchos UrakLawoi se han beneficiado de esta pacífica invasión. Otros, sin embargo, han denunciado estafas, amenazas y comportamientos mafiosos de algunos promotores tailandeses que terminaron robándoles sus tierras.

Paraíso sin fiestas de la luna llena

A pesar del descontrolado boom urbanístico, las dos grandes playas de Koh Lipe siguen estando entre las mejores de toda Tailandia y constituyen la base perfecta para recorrer el Parque Nacional. Pattaya Beach, en el sur, ofrece una cara menos amable entre junio y noviembre, cuando el viento del suroeste provoca un intenso oleaje que priva a los visitantes de la deseada piscina natural de aguas cristalinas, tranquilas y de deslumbrante color turquesa.Estos meses coinciden, además, con la temporada baja en la que numerosos resorts permanecen cerrados y semidesmantelados, contribuyendo a pintar una inquietante imagen de abandono.

Muy diferente es el aspecto de Sunrise Beach, cuyas finas arenas blancas se extienden por toda la costa este. En ella se siente el verdadero calor y color del Mar de Andamán, uno de los más bellos de nuestro planeta. Aguas mansas y camaleónicas que muestran infinidad de tonos azules y verdes. A escasos metros de la playa,los estilizados islotes de Usen y Kra parecen haber sido colocados por un oscarizado decorador cinematográfico. A nado, en kayak e incluso a pie durante la bajamar resulta gratificante acercarse hasta ellos para contemplar sus corales realizando buceo de superficie. Detrás, en distintos planos hasta el lejano horizonte, se vislumbra una multitud de verdes islas con diversas y caprichosas dimensiones y formas.

Este difícilmente superable paisaje invita al viajero a recorrer, una y otra vez, los dos kilómetros de Sunrise Beach; desde su extremo sur, en el que se esconden pequeñas calas rodeadas de rocas; hasta el norte, donde sentado en una blanca lengua de arena que se adentra en el agua se puede asistir al espectáculo que cada tarde brinda el sol durante su retirada.

Son tantos los alicientes, que en la isla se ha establecido una pequeña comunidad española que regenta o trabaja en alguno de los diversos establecimientos turísticos. Aitor Campos pisó por primera vez Koh Lipe en 2006: «Apenas había un par de hoteles en cada playa y para ir de Pattaya a Sunrise tenías que caminar por un estrecho sendero en medio de la jungla. Aún recuerdo cuando contemplé a unos niños UrakLawoi jugando en la arena con una enorme cuerda. Al acercarme, vi que en realidad era una pitón de tres metros que tenía un pequeño bulto. Los críos la abrieron con un cuchillo y sacaron una gallina de su interior». Este barcelonés de 37 años volvió,24 meses después, para quedarse e intentar ganarse la vida con su gran pasión: el submarinismo. En este tiempo ha ido viendo la vertiginosa evolución que ha sufrido la isla: «Se fueron abriendo más resorts, se construyó la primera calle, "Walking Street", llegaron las primeras tiendas, la primera moto, luego la segunda y la tercera... Y a partir de 2009 todo fue muy deprisa».

Hoy el interior de Koh Lipe es un verdadero desastre. Aitor reconoce que evita salir de su querida playa para no ver las caóticas construcciones, las obras abandonadas y los residuos vertidos de forma incontrolada: «Aún así esto sigue siendo un paraíso. Las playas son maravillosas y los fondos marinos son de los mejores de todo el sureste asiático. Además, el gobierno tailandés solo permite construir aquí, por lo que el resto de las islas siguen siendo vírgenes. Por eso, Koh Lipe es un lugar magnífico para explorar los rincones del Parque Nacional». La isla, por su relativa lejanía de la masificada Phuket, también se ha salvado de convertirse en un centro turístico de fiestas de la luna llena, alcohol y drogas que han provocado la degradación de otros edenes tailandeses.

Tras pasar por diversos hoteles de Koh Lipe, Aitor trabaja actualmente en el centro de buceo del Castaway Resort; uno de los lugares más recomendables para alojarse en Sunrise Beach. Sus cabañas ecológicas integradas en la naturaleza y situadas sobre la arena de la playa invitan al viajero a languidecer plácidamente mientras contempla la belleza de Andamán. Su excelente y económico restaurante con ambiente chillout es el complemento perfecto para moverse lo menos posible durante los días de pereza tropical. Castaway, junto a otros resorts de la isla, promueve el proyecto ecológico "Trash Hero" que organiza semanalmente batidas para limpiar las playas y ofrece agua mineral gratuita a quienes "pasen" del plástico y empleen una única botella reutilizable. La oferta de alojamientos y restauración en Koh Lipe es muy variada y apta para casi todos los bolsillos: desde los rústicos bungalows del Gipsy Resort, propiedad de otro español, hasta el lujo de mal gusto del pretencioso Idyllic. En un muy razonable término medio se sitúa Ten Moons, establecimiento recientemente abierto por el leonés José María Díez, que ofrece bonitas cabañas en las bellas calas escondidas del sur de Sunrise Beach.

Navegar el Mar de Andamán

Al amanecer, el ruido de los long-tail ejerce de sonoro despertador. Los UrakLawoi creen que los silenciadores de los motores ralentizan la marcha de sus barcos de madera por lo que proceden a extirparlos de forma sistemática. A bordo de ellos, viajeros de todas las nacionalidades se lanzan a explorar el Parque Nacional de Tarutao. Uno de los destinos más próximos a Lipe es KohAdang, una isla mucho mayor, rodeada de playas vírgenes y cuyo corazón permanece cubierto por una densa selva. Empinados senderos embarrados conducen a través de la vegetación hasta torrenciales cascadas y miradores que ofrecen espectaculares vistas del archipiélago y de la vecina Malasia. En los días ventosos, los UrakLawoi creen escuchar el barrito de los espíritus de los elefantes que todavía pueblan la isla.

A escasa distancia, otra isla de menor tamaño, KohTalang, reúne algunos de los lugares más espectaculares para realizar submarinismo y buceo de superficie. Los corales púrpuras de Stonehenge son el refugio de una fauna marina no demasiado numerosa pero sí muy sorprendente y variada: peces piedra, caballitos de mar, peces escorpión, serpientes marinas, peces pipa, morenas, peces león, cangrejos de porcelana y peces globo puercoespín cautivan incluso a los buceadores más experimentados.

La lista de ínsulas a visitar es interminable. Las más alejadas, conocidas como "FarIslands", permiten al viajero solitario descubrir y tomar posesión de su propia playa. Los enamorados, sin embargo, deben dejarse caer (o no; ellos verán después de leer las consecuencias) por KohKhai; los thais creen que las parejas que pisan sus arenas blancas y contemplan su arco natural de piedra permanecen unidas para siempre. Más cerca de la costa continental, Tarutao, la isla que da nombre al Parque, acumula suficientes historias y leyendas como para no saltarse la visita. Durante la Segunda Guerra Mundial el lugar era utilizado como penal en el que amontonar delincuentes y presos políticos que perecían víctimas de la malaria y los cocodrilos. A mediados de los años 40, la contienda bélica provocó el total desabastecimiento de los reclusos que, junto a parte de sus guardianes, se amotinaron y comenzaron a saquear los barcos que navegaban por sus aguas. Convertidos ya en conocidos y temidos piratas, los reos de Tarutao tuvieron que deponer sus armas con la llegada de la Armada Real Británica que pacificó la zona tras la rendición japonesa. Visitar las ruinas de la prisión y los lugares más recónditos y misteriosos de la isla alimentan el sueño de encontrar los tesoros que, según las creencias locales, fueron enterrados en alguna parte por aquella banda de piratas carcelarios.

De regreso a Koh Lipe y al mundo real, un buen lugar para terminar el día es en el pequeño pero plácido templo budista de Hantalay que permanece rodeado por la jungla. Los UrakLawoi no pisan este lugar porque conservan sus arraigadas creencias animistas. Los "clientes" de Pairoaje, el monje que dirige el culto, son thais que trabajan en los resorts o han abierto pequeños negocios que viven del turismo. Pairoaje se ríe a carcajadas mientras muestra a los visitantes las fotografías de sus comienzos en la isla: «Llegué hace 10 años cuando apenas existían un puñado de pequeños hoteles. Tardé dos años en poder traer la gran figura de Buda y otros tres en techar esta zona del templo». Mientras ofrece a sus huéspedes un imprescindible repelente para mosquitos, el monje desvela el secreto que le ha unido eternamente a Koh Lipe: «Yo estaba casado y tenía dos hijos. Vivía en una bonita casa en Bangkok y disfrutaba de un buen trabajo. Aparentemente, disponía de todo lo que un hombre puede desear... pero no era feliz. Un día, lo dejé todo, me convertí en monje y dediqué siete años a recorrer Tailandia, Myanmar, Laos y Camboya. Cuando terminé ese viaje, por casualidad, vine aquí. Y es solo aquí, en Koh Lipe, donde he notado que soy verdaderamente feliz».