Tánger

Su pasado glamuroso ha hecho que Tánger sea, hoy todavía, la más cosmopolita de todas las ciudades africanas.

Javier Reverte
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Foto: Reverte

Hace un par de meses, de visita por Tánger, y sentado en la gran terraza que mira hacia la costa gaditana, recordaba lo que escribió en sus Viajes de Ali Bey el español Domingo Badía, el primer no musulmán que logró entrar, disfrazado, en La Meca, bastantes años antes de que el inglés Richard Burton se atribuyera a sí mismo el mérito. Badía cruzó en barco a Tánger desde Tarifa a finales de junio de 1803, por el punto más angosto que separa Europa de África, esto es: por el estrecho de Gibraltar. Tardó, en una pequeña lancha, cuatro horas en cubrir 14,4 kilómetros, la distancia que separa los dos puntos.

Y dejó escrito: “La sensación que experimenta el hombre que por primera vez hace esta corta travesía no puede compararse sino al efecto de un sueño. Pasando en tan breve espacio de tiempo a un mundo absolutamente nuevo, y sin la más remota semejanza con el que acaba de dejar, se halla realmente transportado a otro planeta”. El viajero añadía que los habitantes de los dos países que habitaban las dos orillas, españoles y marroquíes, “son tan diversos los unos de los otros como lo sería un francés de un chino”.


"Su pasado glamuroso ha hecho que Tánger sea, hoy todavía, la más cosmopolita de todas las ciudades africanas."


Hoy resultaría exagerado hacer este tipo de consideraciones. Han pasado muchas cosas desde aquellos días de comienzos del XIX; entre otras, dos guerras mundiales, que, si bien no afectaron mucho a España, sí que dejaron un reguero de cosmopolitismo en la ciudad africana, que fue durante años nido de diplomáticos, espías, traficantes, escritores y contrabandistas. Tánger fue una suerte de Casablanca al estilo de la película de Bogart, o mejor: más Casablanca que la propia Casablanca. Y por allí dejaron las huellas de su paso gentes de alma exagerada, como Paul Bowles o Truman Capote, y unos cuantos americanos de la Generación Beat, como Allen Ginsberg o Jack Kerouac.

Tánger fue puerto franco bastantes años y también dominio español. Y su pasado glamuroso ha hecho que la ciudad sea, hoy todavía, la más cosmopolita de todas las ciudades africanas y también la más occidentalizada. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de un escritor como el rifeño Chukri, el autor de El pan desnudo, que se crió en las calles tangerinas?, ¿era un artista europeo o marroquí? Por sus temas, sin duda era lo segundo. Pero, por su manera de enfocar la literatura, más bien lo primero. O quién sabe si americano, ya que fue Paul Bowles quien le enseñó cómo escribir.

Tánger guarda casi incólume el sabor de una ciudad de los años 50 del pasado siglo. Allí siguen los edificios de curvados balcones, los pequeños restaurantes de pescado a la brasa, los de cus-cus, tabernas al estilo europeo como el Negresco –en donde trasegaba el Chukri–, las casas de té, los viejos cafés de aire europeo como el París, la comunidad judía-sefardí, los coches avejentados y los turbantes que alternan con los sombreros panamá.

Pero si hay un lugar que me gusta especialmente en Tánger es esa luminosa terraza que mira a Tarifa y a las montañas españolas. Siempre hay gente sentada en el mirador, mientras los niños juegan a subir y bajar de los viejos cañones de bronce, contemplando la costa norte del estrecho. Suele haber jóvenes: esos chicos que sueñan con un viaje en patera, una valla por saltar y una sociedad que les ofrece un trabajo miserable y camisetas del Real Madrid o el Barça.

Tánger tiene un cielo de plata vida, refulge en el viejo zoco y es probable que siga enamorando tanto como enamoró en aquellos días que taconeaba en sus calles la dislocada Juanita Narboni.