Tailandia, la sonrisa del norte

El norte de Tailandia, considerado la cuna de mucho de lo que se asocia con lo tailandés, es un filón de ambientes naturales vírgenes y culturas locales. Constituye, de facto, una región diferente del resto del país: en medio de sus selvas, entrecruzadas por picudas montañas azules con cascadas de aguas plateadas, aún es posible encontrar modos de vida tradicionales inalterados. De manera prioritaria, los alrededores del río Mekong en Chiang Rai, incluidos en la zona conocida como el Triángulo de Oro, con sus templos y mercados, conforman un destino muy solicitado en la actualidad por quienes desean evitar las rutas turísticas convencionales.

Javier Jayme
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Foto: Tino Soriano

Tailandia, el antiguo reino de Siam, es una de las naciones asiáticas más abiertas al viajero occidental. La hospitalidad, igual que entre todos los pueblos orientales, se alaba aquí como algo sagrado. Pero si una cosa cabe subrayar, de entrada, en el denominado País de las Sonrisas, es la extraordinaria amabilidad de sus gentes, unida a una simpatía arrolladora. Los alegres saludos y las atenciones de unos y otros son dispensados con una cortesía espontánea que sobrepasa la pauta protocolaria sin resultar nunca empalagosa. Y es que mimar al visitante es parte de la idiosincrasia tailandesa y parte asimismo de lo que hace del viaje por estos pagos una experiencia de verdad sobresaliente.

Las comarcas del norte tailandés, desde hace al menos un par de décadas, se brindan al visitante foráneo como un derroche de tentaciones aventureras mezcladas con impares ofertas culturales. Ahí es nada ascender al Doi (monte) Inthanon, la máxima elevación de Tailandia, cuyos 2.565 metros resultan extraordinarios para el país (aunque una bagatela en comparación con sus parientes del Himalaya); senderear abismadas rutas entre tupidas junglas y cascadas; explorar al antojo de cada cual las ruinas de Sukhothai, la otrora capital del imperio siamés y agora el parque histórico más destacado del territorio nacional; recorrer en bicicleta las orillas del Mekong, el río de las seis naciones y de los cien pueblos; aprender técnicas de supervivencia con guías autóctonos y pasar alguna noche con las chow kow, etnias de la montaña, llámense estas lisu, yao, hmong, lahu o akha. O también –¡por qué no!– probar a dar un baño a un elefante y prepararle la comida.

Universo de promesas

Chiang Mai, capital de la provincia homónima, es el principal punto de partida para adentrarse en este universo de sugerentes promesas. Hablamos de la mayor urbe de la región septentrional de Tailandia –amén de la segunda del país– y, hoy por hoy, de uno de los destinos turísticos más atractivos de toda Asia. Los viajeros, durante años, la han identificado como la puerta de acceso al ya legendario Triángulo de Oro: una invitación a la aventura sin restricciones. Sus aceras rebosan, al efecto, de agencias con variadas propuestas para los incondicionales del senderismo, del trekking o del rafting, incluidas las excursiones de uno a más días a las aldeas tribales de los alrededores. Pero, si bien la llegada de aviones y trenes atestados con toda clase de visitantes –desde mochileros adolescentes a jubilados de cualquier lugar del planeta, pasando últimamente por oleadas de jóvenes chinos– es algo rutinario, Chiang Mai se las arregla todavía para mantener un ambiente sosegado, mayormente en su casco antiguo, un cuadrado perfecto delimitado por canales. Hay que hacer notar que se halla tan solo a 700 kilómetros –una noche en tren– de Bangkok, pero a años luz de distancia del bullicio tumultuoso y del modernismo un tanto superficial de su rival del sur. Y es que la apodada Rosa del Norte sigue siendo más una localidad provinciana con historia que una gran metrópoli.

Chiang Mai significa literalmente "nueva ciudad amurallada", nombre que ha conservado incluso después de celebrar su 700º aniversario en 1996. Fue el monarca Phaya Mengrai, fundador del reino de Lanna, quien, en 1296, tras algunos intentos en otros lugares próximos coronados a la corta por el fracaso, instaló la definitiva capital del mismo en la ribera del río Ping, sobre esta fértil llanura rodeada parcialmente por colinas boscosas, entre varias de las montañas más altas del país. Mengrai, soberano sumamente devoto, erigió multitud de templos, haciendo de Chiang Mai el centro del budismo de la Tailandia septentrional. La ciudad actual cuenta, pues, con antiquísimas pagodas junto a flamantes tiendas y hoteles boutique. Constituye, en consecuencia, uno de los contados sitios del país donde es posible contemplar simultáneamente las dos caras, histórica y moderna, de la cultura thai.

El Buda León

Esta dicotomía se aprecia mejor en la parte vieja, que conserva un buen trozo de la muralla que una vez la resguardó, así como las cuatro puertas principales que daban acceso a la pretérita capital de Lanna.

Tino Soriano

Antaño, la máxima "un día en Chiang Mai es suficiente para ver sus alrededores" fue de usanza común. Sin embargo, dos semanas en la ciudad no bastan en la actualidad para abarcar todo lo que esta puede ofrecer. Para empezar, porque, según se cuenta, hay aquí tantos templos como en Bangkok, que es veinte veces mayor. Ciertamente, el mundo celestial es un confidente siempre a mano en esta nación budista, donde la religiosidad deviene en un espectáculo multicolor omnipresente. El wat (templo) más venerado es, sin discusión, el Phra Singh, con su enorme wihahn (santuario) cubierto de mosaico. Los peregrinos se apretujan en la Lai Kham, su pequeña capilla ornada de frescos narrativos, postrándose con fervor ante la idolatrada estatua de Phra Singh (el Buda León). Sin embargo, es el Wat Phra That Doi Suthep, asomado a la ciudad desde los 1.053 metros de altura de una colina cercana, el monasterio que se considera como símbolo espiritual de Chiang Mai. Se llega al mismo por una escalera de 306 peldaños flanqueada por azulejos de nagas (especie de serpientes mágicas). Los fieles budistas creen que el esfuerzo de la subida les ayuda a acumular méritos, aunque los menos animosos no dudan en utilizar el funicular para ahorrarse el esfuerzo.

Más allá de sus construcciones religiosas, la Rosa del Norte oficia de paraíso de las compras y de plataforma de una gran variedad de escuelas de cocina y de masajes thai. También de palenque de diversos festivales de moderna estampa. El centro antiguo de Chiang Mai, por su parte, es un escaparate de las diversas identidades culturales indígenas norteñas. Y tanto en el animado bazar nocturno, rebosante de recuerdos y antigüedades, como en las plazas de los templos, donde se venden refrescos y se afeita la cabeza a los monjes vestidos con túnicas de color naranja, resulta todavía posible rastrear esa Tailandia ancestral reflejada en sus distintos dialectos.

Tino Soriano

El comercio de opio

Limítrofe por el norte, la provincia de Chiang Rai, comprimida entre el Mekong y las montañas, es para muchos la más hermosa del País de las Sonrisas. Posee tal cantidad de atractivos que su capital, la urbe homónima (alcanzable en tres horas y media de autobús desde Chiang Mai), pasa, con frecuencia, desapercibida. Sin embargo, esta pequeña urbe goza de uno de los mejores climas de la nación y de un envidiable ambiente distendido, que invita al ensueño. También es la base idónea para desplazarse a los lugares más interesantes o más remotos de la región. Comenzando, por supuesto, con el Triángulo de Oro. Se aplica tal denominación, históricamente, a una zona de miles de kilómetros cuadrados repartida entre Tailandia, Myanmar y Laos en la cual, no hace aún medio siglo, imperaba el comercio del opio. Desde principios del siglo XX hasta la década de 1980, el Triángulo de Oro fue la mayor región del mundo productora de Papaver somniferum, la amapola con la que se elabora el estupefaciente. Fuera de controles gubernamentales, los traficantes actuaban libremente, transportándolo a Europa y Estados Unidos convertido en heroína. Fue precisamente el Departamento de Estado norteamericano el que sugirió el nombre de Triángulo de Oro, cuyo centro geométrico viene a coincidir con el pueblecito de Sop Ruak, el lugar de la triple frontera entre los citados países, unos 75 km al norte de Chiang Rai, en la confluencia de los ríos Ruak y Mekong. 

Actualmente, terminados los días de su cultivo a gran escala, la economía del opio ha sido sustituida por la del turismo. Los hoteleros y operadores turísticos de Chiang Rai, sacando ventaja del extinguido comercio de la adormidera, han rebautizado a Sop Ruak como Triángulo de Oro. Un alias que evoca imágenes de contrabando en exóticas fronteras y de reatas de mulas transportando mercancía ilegal, si bien las únicas caravanas que hoy persisten son las de incontables autobuses con viajeras multitudes. "Es la infamia del lugar la que los atrae, el hecho de que de aquí provenían las drogas. Eso le confiere un emocionante morbo a este destino", asegura Marc Cremoux, el gerente francés del hotel Baan Boran.

Tino Soriano

Navegar el Mekong

Lo primero que hace la mayoría al llegar a Sop Ruak es fotografiarse junto a la puerta que rotula el Triángulo de Oro. Y lo segundo, contratar uno de los consuetudinarios paseos fluviales por el Mekong en barcas de popa alargada, que prevén desembarcos en Myanmar y Laos. Los trayectos hasta Chian Saen y Chiang Khong, en la propia Tailandia, duran alrededor de 40 minutos y una hora y media respectivamente. El paisaje es mayormente montañoso, el aire generosamente tibio y la corriente anchurosa y lenta; aldeas ribereñas, vegetación lujuriante, arrozales soñolientos... En resumen: una navegación por el tercer río más largo y el segundo más caudaloso de Asia, efímera, sí, pero capaz de provocar una borrachera de sensaciones inenarrable. Hay que decir, de paso, que el opio de Sop Ruak ha quedado relegado a sus dos museos de referencia: el Hall of Opium y el House of Opium. En el primero, un apabullante espacio de 5.600 m², las exposiciones multimedia explican la historia del Papaver somniferum en el mundo y en el Triángulo de Oro –en este punto las iniciativas de la CIA se resaltan al detalle–, su proceso de producción y las campañas para erradicar su labranza, sustituyéndola por la del té, además de didácticas muestras sobre los efectos nocivos de su consumo en las personas y en la sociedad. En cuanto a la Casa del Opio, un museo bastante más pequeño, de gestión privada y centrado en el universo particular de la codiciada adormidera, exhibe herramientas utilizadas en su siembra, cultivo, recolección, uso y comercio, entre ellas cuchillos y raspadores, pesas y escalas, almohadas, pipas y tapetes, introduciendo al visitante en su manejo por las etnias de la montaña.

Junto a la Casa del Opio arranca una larga escalera que asciende al Wat Phra That Doi Pu Khao, un templo vetusto, la mejor atalaya para desentrañar visualmente el encuentro de Laos, Myanmar y Tailandia en el Mekong. El panorama es grandioso y, contemplándolo sin prisas, uno puede interiorizar a placer las dimensiones, aquí casi infinitas, de la gran corriente fluvial, amén de proyectar la imaginación hacia la aventura de recorrer la totalidad de sus 4.200 kilómetros aguas arriba hasta el Tíbet, donde nace, y aguas abajo hasta el mar de China Meridional, donde muere. Y es que el Río Madre (que eso significa Mekong en sánscrito) añade a su exotismo salvaje un marchamo de Shangri-La inalcanzable y eterno, indefectiblemente asociado a la acción y al misterio.

Tino Soriano

Cielo e infierno en Chiang Rai

Al contrario que la mayoría de las construcciones budistas de Tailandia, con siglos de existencia atrapados en sus piedras, el Wat Rong Khun y la Baan Dam, popular y respectivamente llamados el Templo Blanco y la Casa Negra, son sendos recintos religiosos de fábrica reciente, diferentes de todo lo que al respecto puede verse en el resto del país. Ambos resultan de lo más conspicuo, por vanguardistas, y de lo más publicitado, por curiosos. 

Comenzado en 1997, el Rong Khun se alza 13 km al sur de Chiang Rai. Toda la edificación, desde la distancia, simula hechuras y fantasías de porcelana reluciente, pero una vez a su lado se evidencia la realidad: los fulgores proceden de miríadas de espejitos (símbolo de la sabiduría de Buda, que resplandece en el Universo) incrustados en cal, cuya blancura se identifica con la pureza del alma. Se accede al templo por el puente de la Reencarnación, sobre un estanque de brazos extendidos (que aluden al deseo). Ya en el interior, las habituales escenas de la vida del Iluminado ceden su sitio a pinturas de un avión estrellándose contra las Torres Gemelas, de Keanu Reeves en Matrix y de otras de Elvis y Superman.

Tino Soriano

Baan Dam, 13 km al norte de Chiang Rai, es el siniestro contrapunto al Templo Blanco. Consiste en varias estructuras de madera negra superpuestas, mezcla ecléctica de influencias thai del norte y extravagantes diseños modernos. La pieza central es una casa tipo templo, cavernosa y tétrica, con un mobiliario ornamentado con calaveras. Hay un salón con una larga mesa y sillas hechas con cornamentas de ciervos (el comedor de Satanás). Hay dormitorios blancos en forma de seno y baños decorados con falos oscuros. Baan Dam es una combinación provocativa de sanuk (diversión), lo surrealista y lo sombrío.

Reservas para el cuidado de los elefantes

Las recomendaciones de los expertos en bienestar animal, apoyadas en pruebas que evidencian que los paseos y espectáculos con elefantes son prácticas poco sostenibles, amén de perjudiciales para los propios paquidermos, comienzan a ser tenidas en cuenta en Tailandia, un país de milenaria vinculación con el mundo del elefante asiático. Tradicionalmente utilizado en estas latitudes como bestia de carga al servicio de reyes y plebeyos, ya fuera en tareas rurales o como medio de transporte –esto último sobre todo en tiempos de guerra–, se le ha considerado siempre como una especie totémica, símbolo de poder y prosperidad.

Tino Soriano

Particularmente debatible resulta el uso de las howdahs (sillas de montar), pues parece demostrado que provoca tensiones en la columna, además de un lento debilitamiento del animal. Los números circenses para turistas son asimismo susceptibles de originar lesiones, y no se diga ya de los tradicionales ankus (ganchos metálicos) para controlarlos. Las reservas en zonas como Chiang Mai, Kanchanaburi y Surin apuestan por actividades sustitutorias, indiscutiblemente más beneficiosas para estos gigantes domesticados, como caminar junto a ellos, bañarlos o prepararles la comida.

Sangduen (Lek) Chailert, fundador del Elephant Nature Park en el valle de Mae Taeng, 60 kilómetros al norte de Chiang Mai, ha encabezado este movimiento tratando de enseñar al público interesado todo lo concerniente a la conservación y bienestar de los proboscídeos. Las visitas de un día, que incluyen un almuerzo-buffet vegetariano, se basan en la interacción con los elefantes y no en el espectáculo. La jornada transcurre acompañando a los mahouts, sus cuidadores, mientras se comparte el cotidiano vivir de los grupos familiares de elefantes, los pulsos de los pequeños con la trompa y sus chapoteos al alimón en el fango de las charcas. Una experiencia que merece la pena.