Las Tablas de Daimiel: otoño en la gran laguna manchega

Durante los meses de otoño Las Tablas de Daimiel, uno de los parques nacionales más valiosos de La Mancha, miles de aves esperan la llegada de las primeras nubes. Y con ellas las ansiadas lluvias. Enclavado en el corazón de la provincia de Ciudad Real, este espacio protegido es el hábitat de la más valiosa colonia de avifauna del centro peninsular.

Manuel Mateo Pérez
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Foto: Turismo

El agua es el elemento que da sentido a este espacio natural protegido, ubicado en el corazón de la provincia de Ciudad Real, uno de los rincones ecológicos más singulares de la infinita llaneza, la última representación de un gran humedal que queda en España de las denominadas tablas fluviales.

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De Daimiel parte una estrecha carretera que atraviesa una luminosa campiña de vid y cereal. En esta llaneza, apenas salpicada por alguna ondulante loma, la vista se pierde en la lontananza. El camino discurre por soleadas haciendas, por laboriosos molinos y pozos donde el hombre, desde bien temprano, trabaja la tierra. Al final del camino, desde un repecho, se admiran las tablas y su azulada lámina de agua.

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El centro de información y recepción de visitantes es una metáfora de la horizontalidad: posee una sola planta y está construido en piedra. La sala de exposiciones ilustra al visitante del valor ecológico de la tierra que pisa. Hay en su interior una sala de proyecciones y un largo pasillo donde a modo de maqueta están representadas buena parte de las especies vegetales y animales que se citan en este humedal, declarado Reserva de la Biosfera. 

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El centro es el punto de inicio de toda excursión. Los guías del parque informan de los tres itinerarios abiertos al público: La laguna permanente, la torre de Prado Ancho y la isla del Pan. El primer itinerario discurre por una senda de ochocientos metros. Desde sus dos balcones se advierte la presencia de las primeras aves acuáticas. La ruta que conduce hasta la torre de Prado Ancho posee una distancia de kilómetro y medio.

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Desde sus cuatro observatorios se otea el vuelo de las aves, su revoloteo entre los sotos de las isletas, su pacífico sesteo entre la vegetación palustre. A medio camino está el embarcadero. Por la mañana temprano algunos pescadores de la zona se echan a las lagunas en sus barcazas de madera. Arrojan sus redes y calan el trasmallo. Los pescadores vuelven a sus casas con alguna carpa, gambusia o cachuelo en sus canastas.

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La torre de Prado Ancho es el punto más elevado del parque. Desde aquí se goza de una hermosa panorámica. Las tablas quedan a los pies del caminante. La vista distingue incluso los cauces de los ríos Cigüela y Guadiana que alimentan constantemente este amable conjunto de lagunas de escasa profundidad. Los ornitólogos acuden a la torre de Prado Ancho a la caída de la tarde para estudiar el vuelo de las aves. Están agazapados dentro del observatorio, con su cuaderno de campo y sus prismáticos, callados y pacientes.

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El itinerario más concurrido de Las Tablas de Daimiel es aquel que conduce hasta la isla del Pan. Sus dos kilómetros transitan por pasarelas de madera que entre isla e isla se abren a modo de balcones. Apostados en las ordenadas barandillas, los visitantes observan como los patos trazan una raya en el agua. De repente, alguna focha común, un ánade real, una garcilla, salen de su escondrijo entre la maleza de la masiega, el carrizo o la enea.

El cielo lo sobrevuela el aguilucho lagunero, la única rapaz de las tablas; a los charcones saltan ranas y sapillos; la culebra de agua serpentea mientras la nutria, esquiva y astuta, se sumerge en busca de algún pez.

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El frágil equilibrio natural de las Tablas de Daimiel se representa también en los bosquetes de taray que bordean islas como la del Pan, la de Maturro o la del Descanso. El taray es un árbol especial. Los botánicos aseguran que puede tolerar cierto grado de salinidad. 

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En la isla del Pan los visitantes ascienden hasta un observatorio levantado en un altozano. Desde aquí arriba el paisaje es distinto al que se observa desde Prado Ancho. Las lagunas quedan más alejadas, al otro lado de los bosquetes de taray. Los parajes de Las Cañas y de la presa de Puente Navarro están cerca. Las Tablas se acaban allí y el Guadiana inicia su singladura hacia las templadas tierras del sur.