De Tabarka a Tabarca: un viaje (extremadamente) mediterráneo

Esta es una travesía tras la diáspora por el Mediterráneo de una de las familias de pescadores genoveses y su comunidad ramificada en cinco realidades esparcidas por las Islas Sardas de San Pietro y Sant'Antioco en Italia. La Isla de Tabarka en Túnez y la isla alicantina de Tabarca en España. Sin olvidar Pegli, la ciudad cercana a Génova de donde partieron.
 

Carma Casulá
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Foto: Carma Casulá

De la misma manera que nos envuelven casi imperceptibles las líneas que dibujan las aves al volar o los barcos al navegar, sutilmente nos conectan las de las mil historias del gran mar de culturas que es el Mediterráneo al sumergirnos en él. Entre ellas, y posiblemente de las menos conocidas, la cultura Tabarquina moldeada por el periplo de estos pescadores expertos en las artes del mar y del cielo, de reyes y corsarios, navegaciones, creencias, cautiverios y rescates, islas deshabitadas y colonizaciones que teje uno de los episodios de migraciones históricas vivas llamada Epopeya Histórica Tabarquina que hermana las dos riberas del Mediterráneo.

Todo empezó allá por el siglo XVI cuando la isla tunecina de Tabarka, estratégica por su proximidad a la costa y a la frontera con Argelia, fue cedida por el Emperador Carlos V a las nobles familias Lomellini y Grimaldi de la aliada Republica de Génova en gratitud a su apoyo en la perseguida hegemonía del Mediterráneo. Un acuerdo de explotación del coral rojo (1542) a cambio de que el islote fuera amurallado, fortificado y en él ondeara la bandera de España.

Castillo Wianson, en Pegli. | Carma Casulá

Los genoveses fundaron su pujante colonia mercantil y su éxito fue tal que dos siglos después estaba superpoblada y los bancos de coral, menguando. Así, sin esperar al colapso, algo más de cien familias se enrolaron en una nueva colonización en la isla de San Pietro auspiciada por el rey de Cerdeña Carlo Emanuele III de Saboya, quien más tarde vuelve a entrar en escena marcando las vidas de esta comunidad. Peor suerte corrieron la mayoría que permaneció, pues el Bey tunecino, harto del incumpliendo de los pagos de los derechos de exportación, tomó la isla (1741), les apresó y redujo la ciudadela a escombros. Tras casi treinta años de cautiverio entre Túnez y Argel, los tabarkinos fueron dispersados geográficamente según el monarca cristiano que sufragara su libertad (1768) dando origen a nuevas comunidades: el grupo rescatado por Carlo Emanuele III fue llevado a San Pietro y acogido por sus compatriotas, y los que obtuvieron el favor de Carlos III desembarcaron en Alicante.

Procesión marítima en honor a la Virgen del Carmen en la isla alicantina de Tabarca. | Carma Casulá

Pegli, la villa madre

Pegli es una importante ciudad portuaria de la estrecha franja costera de la Riviera Ligure, encajonada entre la montaña y el mar, con estrechas y elevadas casas en el casco antiguo. Mantiene su aire señorial un tanto vetusto de aquel papel destacado que ostentó con las grandes familias Doria y Lomellini durante la Republica de Génova, potencia naval y comercial del Mediterráneo decisiva entre los siglos XI-XIX. Casi pegada a Génova, de la que hoy es barrio, fue zona balnearia de la nobleza y papado, quienes construyeron villas y palacetes con jardines que se entremezclan con la vegetación boscosa.

Entre las visitables (además de alguna reconvertida en hotel, como el legendario Méditerranèe) destaca Villa Centurione Doria, que alberga el Museo Naval con suculenta documentación sobre la Tabarquinidad, como no podía ser de otra manera. Más ameno y de reciente apertura, el Gálata Museo del Mare, que junto a la celebrada remodelación del Puerto Antiguo de Génova son obra de Renzo Piano, gran figura internacional de la arquitectura hijo de Pegli. Desde aquí partió la expedición de trescientas familias con casi mil almas rumbo a la costa tunecina en busca de una mejor vida.

Museo Arqueológico de Alicante, MARQ. | carma casulá

La Costa del Coral se extiende en la franja del norte de Túnez desde Bizerta hasta Tabarka, un importante puerto desde la antigüedad que hace frontera con Argelia. Por él llegó el preciado coral al corazón de Roma, además del corcho, maderas y los mármoles extraídos en esta rica región verde y boscosa que está entre las menos conocidas del país para los ribereños de esta otra orilla mediterránea.

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Tabarca y su Château Genois

Tabarka sigue dedicada a la actividad pesquera y de puerto comercial, al que ha sumado en los últimos años en el corazón de la localidad (15.500 habitantes) el amarre deportivo de un turismo creciente seducido por sus largas playas de arena fina nada masificadas y los mejores fondos para el buceo y el snorkel del país. Además, su menor coste atrae a complejos hoteleros y nuevas casas veraniegas del destino familiar nacional, con un incipiente turismo internacional.

Cala en la Tabarca alicantina. | Carma Casulá

Su gran protagonista es el icónico islote con el château Genois encaramado en lo alto del manto vegetal que esconde los escasos restos de la ciudadela genovesa. La fortificación no es visitable en su totalidad, pues mantiene su papel estratégico y militar para el gobierno nacional. Dejó de ser isla cuando se conectó a tierra firme por un ancho istmo utilizando los materiales de la ciudadela derruida convertidos en paseo marítimo flanqueado por una playa y el puerto. Forma así una pequeña ensenada el que fuera el puerto viejo de los romanos custodiado por las Aiguilles, conjunto natural de agujas rocosas convertido en el escenario imprescindible más fotografiado por los visitantes y animado punto de encuentro.

Esta ciudad centraliza buena parte de las actividades y servicios de la región, por lo que sus calles son un constante ir y venir entre establecimientos y pequeñas tiendas familiares, artesanos y joyeros, locales de comida y teterías como el Café Andalous. Es conocida como la ciudad de la música por sus importantes eventos del verano musical tunecino, como el Festival de Jazz con sede en el anfiteatro de la Basílica (siglo III), terma romana reconvertida en iglesia durante su periodo católico y actual almacén arqueológico.

Restaurante en la isla de Tabarka | Carma Casulá

San Pietro es una isla de la gran isla de Cerdeña y no solo geográficamente, al ser un islote de 51 kilómetros cuadrados (Formentera tiene 83 kilómetros cuadrados) accesible solo por vía marítima, sino también por su idiosincrasia ligur. A ella llegó la primera comitiva de genoveses tabarkinos (1738) que respondió a la convocatoria de repoblar una isla rodeada de bancos de coral y lagunas naturales modificadas como salinas que llenan de flamencos su paisaje. A su vera se fundó Carloforte, la única ciudad llamada así en homenaje al monarca fundador, y salvador, puesto que rescató a la remesa de cautivos de Argel.

Para no masificarse, con su llegada se expandieron en la costa de enfrente fundando Calasetta en la isla Sant'Antioco, la otra integrante del archipiélago de Sulcis, unida a Cerdeña por un fino istmo artificial construido por los romanos que sostiene la carretera que discurre entre las salinas y la marisma. Es de paso obligado por tierra hacia el embarcadero del ferry rumbo San Pietro. La mayor parte de sus 6.000 habitantes se concentra en Carloforte, manteniéndose alejados del reclamo turístico de otros enclaves pese a ser considerado uno de los siete lugares sardos con encanto. Nos recibe el bulevar arbolado del muelle con su trasiego de ferris transportando vehículos y personas en su movimiento pendular a tierra (firme) hasta entrar en el atractivo entramado de calles empedradas entre las plazoletas del colorido casco histórico y su típica urbanística de la Riviera.

Calles de Carloforte. | Carma Casulá

En ellas resuena el tabarchin, la lengua derivada del genovés de sus antepasados peglieses al inicio del periplo. Como lengua minoritaria solo hablada en estos dos enclaves, está apoyada institucionalmente y se estudia en las escuelas junto al italiano.

Entre sus muchos intereses abarcables a pie, que conviene amenizar en sus bares y trattorias con mesitas al aperto y productos de primera para reponer fuerzas, destaca el santuario de la Madonna dello Schiavo o Virgen del Esclavo, el mascarón de proa con la Virgen negra de algún barco encontrado en las playas por uno de ellos durante su esclavitud en Túnez, venerada como patrona. Para una visión complementaria, a las afueras en la lengua de tierra entre las salinas y el mar, la peculiar torre San Vittorio (1768), que fue puesto defensivo, luego observatorio astronómico y hoy Museo Multimedia de la isla con la colaboración del Museo Gálata de Génova.

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Entre huertos y calas

Imprescindible recorrer los sinuosos caminos de esta pedregosa y abrupta isla salpicada de pedanías y huertos que sortean los bosques y matorrales entre rocas esculpidas por el viento y la humedad que llevan a Le Colonne, dos farallones emergidos del agua, a Capo Sándalo, dominado por el faro, o hacia los muchos acantilados que se precipitan hacia el mar y esconden impresionantes calas con esas aguas cristalinas que tanta fama dan a Cerdeña, accesibles navegando o a pie, e incluso por galerías mineras horadadas. Y es que entre las actividades locales, además de la pesca del atún con sus famosas almadrabas, antaño San Pietro no escapó a la minera como ningún rincón de este sur sardo.

Pescadería en Tabarka, Túnez. | Carma Casulá

Y como en todo pequeño lugar, al poco de rondar por sus previos, los lugareños ya te conocen y saben por dónde has merodeado, y argumentas que conoces su historia y la Tabarca alicantina y comentan: “Tenemos muchas ganas de ir a Tabarka y a Nueva Tabarca, ¡de conocer a nuestras hermanas! Seguro que nos dará paz, será como reconocerse”, mientras se brinda con un limoncello o un licor de mirto, más local. Así que, siguiendo sus deseos, continuamos nuestra travesía.

Llegamos a una pequeña isla que despunta frente al cabo de Santa Pola, la población que se ha convertido en el actual puerto de amarre para los barcos pesqueros de Nueva Tabarca, más conocida como Tabarca. Allí nos espera alguna tabarquera o lancha taxi para recorrer batiendo las aguas los ocho kilómetros que la separan de la isla poblada más pequeña de España, con un mar digno de ser reconocido primera Reserva Marina de Tabarca en el año 1986.

Es la Planesia romana, Sant Pau (San Pablo) o la Plana, dada su plataforma llana de apenas 0'34 kilómetros cuadrados, rebautizada con los nuevos colonos tabarkinos hace nada menos que 250 años. Para acogerlos, se construyó la ciudadela amurallada perimetralmente con tres puertas de acceso a las 128 casas, a la escuela, la Casa del Gobernador, la Iglesia de San Pedro y San Pablo, además de a aljibes y pozos, entre otras construcciones.

La matrícula de los tabarquinos es el documento que recoge el censo con los datos personales, origen y relaciones familiares de los cristianos procedentes de Tabarka rescatados por Carlos III | D.R.

Nos lo recuerda el panel que recibe al visitante en Nueva Tabarca con el plano urbanístico del ingeniero militar Fernando Méndez de Ras (del año 1775) en la Puerta de Levante, acceso principal al declarado Conjunto Histórico Artístico en el año 1964. En el extremo opuesto, la Puerta de la Trancada, que se abre hacia La Cantera, la zona de baño preferida de los lugareños, de donde se extrajo la propia piedra dorada para construir la citada ciudadela. Vamos, que la isla era más grande. Nueva Tabarca tiene dos zonas bien diferenciadas: el Pueblo y el Campo, separadas por el istmo marcado por el puerto y la playa
—la más amplia— y con los chiringuitos y en el centro, el Museo de Nueva Tabarca, donde estuvo la antigua Almadraba de la pesca atunera tan básica en la economía local hasta hace 30 años.

Con ausencia casi total de vehículos, la vida transita desde aquí hasta la plaza Grande o Carolina custodiada por cuatro pozos sellados que recuerdan la dura vida marcada por la ausencia de víveres y agua desde sus inicios. Hasta el año 1986, Tabarca no contó con agua corriente, cuando esta se canalizó bajo mar desde la península, y era abastecida de agua dulce por barcos cisterna militares que cargaban periódicamente sus aljibes subterráneos, o por recogida de las escasas lluvias. Siempre estaban pendientes de cuanto les trajera la mar y los vientos. Por algo hoy cuenta con unos 50 isleños y la gran parte de ellos vive o tiene doble residencia en Santa Pola, cual prolongación de la isla. Un sendero sigue los arcos que dibujan las pequeñas calas de El Campo, antaño destinado al ganado y huertas borradas por la vegetación autóctona que ha recuperado terreno hasta confundirse con los montículos de posidonia desprendida de las praderas marinas y que tapizan esta costa a veces amarilla, otras blanca o en verde gris casi negro.

Las Agujas (Aiguilles) rocosas de Tabarka, Túnez. | Carma Casulá

Reencuentro en fiestas

Avanzamos hasta llegar a un páramo con tres construcciones: la torre de San José, el faro y en la punta el camposanto respaldado por el islote de la Nao, un concurrido refugio de gaviotas y cormoranes, como toda la isla.

Visitar la isla de Nueva Tabarca durante el día es todo un clásico para todo aquel que se acerque a esta costa, incluso para los alicantinos. Pero merece, y mucho, pernoctar en ella, hay pocas plazas afortunadamente, pues cuando al caer la tarde y parte el último barco de las conexiones regulares con tierra firme, la isla recupera su intimidad indescriptible arrullada por las olas y el planear incesante de las aves.

Franja costera de Pegli. | Carma Casulá

Con la mayoría de la población viviendo fuera de la isla, el reencuentro esperado llega con las fiestas patronales, que son las que convierten el pueblo en un gran patio vecinal. Estas empiezan la víspera del 29 de junio con la festividad de San Pedro y San Pablo y se despiden con la traca final del 16 de julio tras la procesión en barco de la Virgen del Carmen, la patrona de los marineros, engalanada de flores y rodeada por toda la flota de embarcaciones en tropel sonando las bocinas y vitoreándola da la vuelta a la isla. La comitiva solo se silencia en la bendición frente el cementerio, cuando los tabarquinos lanzan flores al mar recordando a sus antepasados, para luego… ¡seguir con la fiesta en la plaza Grande!