Tabarca: la isla perfecta existe y la tenemos aquí al lado

Un refugio apartado del mundo a cuatro kilómetros de Alicante

Noelia Ferreiro
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Hay islas que parecen muy lejanas, aunque estén a la vuelta de la esquina, refugios donde se llega para huir de algo, aunque que no se sabe bien qué es. Tabarca, perdida en la bahía de Alicante, a apenas tres millas náuticas de la costa, cumple con estos requisitos.

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Discreta, sencilla, llana, esta isla, la única habitada de la Comunidad Valenciana, es un diminuto territorio que apenas pasa desapercibido. Excepto en los meses de verano, claro, cuando centenares de turistas llegan a pasar el día, a chamuscarse en su playa sembrada de sombrillas, a comer en sus restaurantes amontonados al filo del mar. Entonces, las calles son un trasiego perpetuo hasta la noche, cuando los mismos barcos de recreo devuelven las hordas a tierra firme.

El momento ideal

Es ahora, sin embargo, pasado el ajetreo estival, cuando Tabarca recupera su calma, su soledad y su silencio. Y entonces, con el calor agonizante y sin las hordas de curiosos ocasionales, se presenta como una isla perfecta repleta de rincones perdidos.

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Septiembre es un mes estupendo para descubrir este lugar, en el que apenas habitan sesenta almas reconciliadas con la vida sencilla. Porque aquí, en este extraño arrecife de dos kilómetros de largo y unos cuatrocientos metros en su parte más ancha, reside un reducto virgen, remoto y apacible, que mira con extrañeza a ese litoral de hormigón presa de la especulación.

Esencia marinera

En la Isla Plana, como se la conocía antes, no hay ningún gran edificio. Aquí la playa y el puerto conforman un istmo. A un lado queda el campo, bordeado por pequeñas calas cubiertas de rocas y de algas. Al otro el pueblo, un puñado de casas blancas mordidas por el salitre.

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Tres únicas calles adoquinadas, muy rectas, como trazadas con tiralíneas, conforman el entramado urbano que discurre hacia donde el atardecer tiñe de rojo los farallones. Por ellas se ve a los pescadores reparando sus redes bajo los muros de cal, mientras de las ventanas emana un rico aroma a puchero. También se ven algunas tabernas, una iglesia, la de San Pedro, y la antigua Casa del Gobernador, hoy rehabilitada y convertida en un coqueto hotel boutique.

Memoria de piratas

Tabarca sirvió de base a los piratas berberiscos que asolaron el Mediterráneo, allá por los siglos XV y XVI. Después fue fortificada bajo la orden de Carlos III, empeñado en instalar a unas cuantas familias de la isla de Tabarka, frente a la costa de Túnez, para las que había logrado la redención tras haber sido reducidas a esclavos. Por eso fue bautizada con el mismo nombre (Nueva Tabarca más bien) en memoria de su antiguo hogar.

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Hoy la isla conserva la muralla abierta por tres puertas, así como el torreón de San José, que en tiempos fue una prisión. Y muy cerca pervive el viejo faro, uno de los más bellos de la provincia, que en sus dos plantas cuadradas de estilo romántico alberga un laboratorio biológico.

Fondos deslumbrantes

Más allá de lo que aguarda en superficie, este lugar esconde bajo el mar su más preciado tesoro: unos fondos alfombrados de praderas de posidonia que confieren a las aguas una tonalidad esmeralda y que están plagados de peces, estrellas y crustáceos. Por algo es una reserva marina, la primera que se declaró en España.

A Tabarca, efectivamente, se viene a olvidarse del mundo. A saludar y despedir al sol cada día. A darse un baño al amanecer, en un extremo, y después, al atardecer, ver cómo el astro rey se cae al mar desde la otra punta.

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