Sundarbans: el último reino del tigre

La República Popular de Bangladés busca en el ecoturismo una fuente de ingresos que contribuya a su economía y garantice la supervivencia de su más preciada joya natural, los Sundarbans, el Bosque de Manglar más grande del mundo.

Alberto Rubio
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Foto: eROMAZe / GETTY

El barco avanza lento, perezoso, bajo un cielo amarillento. Acaba de salir de un pequeño embarcadero en el puerto de Mongla, el segundo más importante de Bangladés, y enfila una corriente ocre cargada de sedimentos arenosos que no dejan ver el fondo. En la veterana, y no obstante cómoda, motora de recreo no se percibe el mínimo bamboleo. Las aguas fluyen a su alrededor como una superficie cristalina, estática, sin oleaje, que parece subir de la tierra al cielo para volver a bajar en un ciclo infinito, casi cósmico. Como corresponde a la leyenda de los ríos que aquí confluyen.

Stuart Forster / ALAMY

Para la despreocupada partida de turistas que viaja a bordo del Sun Way, así se llama la nave, la noticia son los más de 38 grados que caen a plomo, abrazados a una humedad cercana al 80 por ciento. Estamos cerca de la temporada del monzón y el calor aprieta antes de que comiencen las lluvias torrenciales y los vientos huracanados. Obsesionados con el incesante bochorno, algunos viajeros se pierden la historia que, sin necesidad de palabras, les cuenta el escenario que les rodea: los Sundarbans. 

Pradeep Soman / ALAMY

Porque los Sundarbans no es solo un Parque Nacional más. En este inmenso manglar, espectacular contemplado desde el aire, confluyen y arrojan su sagrada carga el Ganges –la purificación y la muerte– y el Brahmaputra –la vida–. Seis mil kilómetros cuadrados para dejar volar la imaginación y meditar sobre la existencia. La propia, la ajena, la del cosmos, la que quiera cada uno. Da igual.

En este inmenso manglar confluyen el río brahmaputra (la vida) y el ganges (la muerte)

Cuenta el Kalika Purana, un texto indio del siglo XI, que Brahma visitó una vez el ashram (escuela de meditación) de Santanu Maharsi. El dios creador se prendó de Amogha, la esposa del sabio, y la poseyó por la fuerza. Ella no pudo soportar el embarazo y abandonó el regalo divino cerca del mítico Yugand-har, que seguramente se refiere al monte Kailash, la única gran cumbre del mundo que no ha sido escalada en deferencia a su condición de sagrada para budistas e hindúes.

RÍOS Y LEYENDAS

El río sagrado de los hindúes tampoco se queda atrás en leyendas. Una de ellas relata cómo los sesenta mil hijos, nada menos, del rey Sagara se dedicaron a molestar a Kapila mientras meditaba. Enfadado, y parece que mucho, el sabio los abrasó con su mirada y envió sus cenizas al inframundo. Como solo las aguas del Ganges podían salvarles del castigo, un descendiente de Kapila, el rey Bhagiratha, hizo una rigurosa penitencia y Shiva –el polifacético dios, destructor y protector a la vez– le premió haciendo que el Ganges bajase desde el cielo, enredado en sus cabellos, para que su fuerza no aniquilase a los seres humanos.

Supratim Bhattacharjee / ISTOCK

Ganges, Brahmaputra y Meghna, con sus leyendas y sus enormes caudales, dan así vida a un paraje insólito, majestuoso, mágico, único en el mundo. Un paraíso en la tierra que da cobijo a 50 especies de mamíferos, 320 de aves, 50 de reptiles, 8 de anfibios y 400 de peces. El sundri (Heritiera fomes) es un mangle que puede llegar a medir hasta 25 metros de altura. Este árbol autóctono, capaz de crecer en una mezcla de agua dulce y salina, da nombre a todo el área. Sundari-ban en bangla, la lengua bengalí, que significa el bosque de sundris. En la espesura de esta selva reina el tigre real de Bengala, pero no menos fascinantes son el cocodrilo poroso, el terrorífico varano, el raro rorcual de Bryde, los macacos que todo lo vigilan o las nutrias que trabajan con los pescadores de la zona para meter en la red a la enorme variedad de peces que moran sus aguas. 

Muhammad Mostafigur Rahman / ALAMY

LA FURIA DEL MONZÓN

La aldea sin nombre se extiende sobre la orilla este, en las estribaciones del santuario de Sarankhola, uno de los tres que componen el Parque. Son casuchas destartaladas, de madera y barro, que los monzones anuales arrasan sin compasión dejando a sus habitantes la misión de volver a levantarlas, si sobreviven a la furia de los vientos, las torrenciales lluvias y las poderosas mareas. Enfrente, en los bancos de arena del oeste, no es raro ver algún tigre tumbado al sol, holgazaneando pero sin dejar de vigilar todo lo que se mueve en su territorio, incluidos los ocasionales visitantes del Parque, que actualmente no pasan de 25.000 y de los que solo 1.500 son extranjeros

Supratim Bhattacharjee / ISTOCK

En la espesura de esta selva reina sobre las especies el tigre real de Bengala

Entre ambas orillas, una lengua de agua de unos 400 metros forma una frontera natural que humanos y felinos suelen respetar... casi siempre. Solo cuando escasea la comida en el manglar, cuentan los lugareños, los tigres se aventuran a cruzar a nado la corriente en busca de alguna cabra. Cuesta imaginar a estos enormes gatos rayados nadando esa distancia. Pero lo hacen. Lo peor es que, cuando llegan al poblado, si no encuentran un animal, las víctimas pueden acabar siendo hombres, mujeres o niños. En realidad, el tigre no hace distinciones. Su instinto solo le dice que tiene que alimentarse. Y es lo que hace.

Soumyajit Nandy / ALAMY

La reserva natural es patrimonio de la humanidad y está en el mayor delta fluvial del mundo

Según datos no oficiales, un centenar de personas mueren a garras de los tigres cada año. Muertes que provocan, a su vez, la ira y el deseo de venganza de los pobladores que, si la Policía no lo impide, cruzan a la selva para hacer justicia. También algunos furtivos, pocos en realidad, causan algún estrago buscando la piel del animal para venderla o su cuerpo para disecarlo. Así comienza un ciclo que pone en peligro la existencia de los propios tigres, cuya población en los Sundarbans puede que actualmente no supere los doscientos ejemplares, aunque las autoridades de Daca hacen ímprobos esfuerzos para mantener el hábitat y aumentar la población de tigres. Las autoridades bangladesíes no pueden ofrecer datos actualizados más exactos porque, como explica uno de los cuidadores del Parque, el sargento Duti Hassan, “los tigres van y vienen desde y hacia el lado indio de los Sundarbans; para ellos no hay fronteras”.

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Bangladés y la India comparten el Parque Nacional de los Sundarbans: dos tercios se encuentran en la antigua Bengala oriental y el resto en la India. La parte bangladesí se compone de tres santuarios establecidos en 1977 y bien protegidos por la Ley de Conservación de la Naturaleza de 1974. La reserva forestal fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997 y está enclavada en el mayor delta fluvial del mundo. Es un relato vivo y sin ambages de la naturaleza, la creación, la vida... y la muerte, la destrucción que acecha al propio Parque, entre otras cosas por la construcción de una central eléctrica en Bagerhat, a solo catorce kilómetros.

ECOTURISMO SOSTENIBLE

¿Desarrollo o protección de la naturaleza? El delicado equilibrio entre ambos conceptos se pone de manifiesto con este megaproyecto conjunto de la India y Bangladés. Ante las protestas, ambos gobiernos han garantizado que la planta en construcción no utilizará carbón, como estaba previsto, sino gas, mucho menos contaminante. Y han anunciado también la cancelación de la prevista construcción de la fase 2. Aun así, las protestas continúan. Y eso a pesar de que las autoridades de Bangladés insisten en que su mayor prioridad en los Sundarbans es desarrollar un ecoturismo sostenible. De hecho, el gobierno ha aprobado el Plan de Desarrollo y Gestión del Ecoturismo, que asesora sobre legislación, prácticas turísticas, cambios estructurales, impacto medioambiental y estrategias de promoción.

Jose Cuesta

La preservación del medio ambiente es de capital importancia para el octavo país más poblado del mundo, con 169 millones de habitantes, de los que poco más de 20 millones habitan en sus doce ciudades más pobladas. Es el país con mayor densidad de población en el mundo –1.126 habitantes por kilómetro cuadrado–, solo por detrás de algunas ciudades-estado o territorios dependientes. Pero departamentos como el de Khulna, en el entorno de los Sundarbans, alcanzan los 22.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Esa superpoblación del entorno rural explica también el empeño de las autoridades por preservar sus espacios naturales como único medio de vida de más de cien millones de personas que encuentran su razón de vivir, como dice el himno nacional que compuso el poeta Rabindranath Tagore, “en los vastos campos de arroz florecido”. Pero también en la frondosa selva donde reina, todavía, el tigre de Bengala.