Suiza, los tesoros del país de los Alpes

Viajar en tren por un país encaramado a los Alpes, donde el paisaje es una delicia continua y la diversidad es norma, es un placer en sí mismo. Más aún si vamos en busca de los mejores tesoros que ofrece la naturaleza exuberante, el rico patrimonio y la diversidad cultural de Suiza. Zúrich, Berna, Interlaken, San Giorgio, Bellinzona y Sankt Gallen completan un viaje único y emocionante que descubre lo mejor del país de los Alpes.

Juan Manuel Bermejo

Suiza es, sin duda, un país peculiar, una confederación alpina de extensión similar a la de Extremadura, pero formada por 26 cantones en los que se hablan, al menos oficialmente, cuatro idiomas diferentes, y en el que sus grandes vecinos (Alemania, Francia e Italia) ejercen una influencia evidente que, sin embargo, no consigue doblegar un intangible aunque denso sentimiento suizo.

Lingüística y culturalmente, Suiza está dividida en cuatro zonas. El oeste del país concentra a la población francófona en torno a la ciudad de Ginebra, el lago Lemán, los cantones del Jura y Neuchatel y parte de los de Friburgo y el Valais. Gran parte del centro y norte del país es de habla alemana, y constituye, en la práctica, una mayoría cultural, con el 65 por ciento de la población. Al sur, el cantón de Ticino es de idioma y cultura italianas, mientras que en una pequeña parte, al sureste del país, se habla el romanche, una lengua latina y alpina. En la escuela se aprenden, al menos, dos de los idiomas oficiales (alemán, francés e italiano). A esta diversidad hay que añadir la de la inmigración, tanto de trabajadores (principalmente italianos, españoles y portugueses) como de refugiados procedentes de países de todo el mundo, que se aprecia principalmente en las grandes ciudades, como Zúrich.

Y es que la cultura suiza se asienta en el contraste. Así, su legendaria neutralidad está respaldada por un importante ejército, cuyos miembros, en su mayoría reservistas, pueden ser movilizados en menos de 12 horas, entre otras cosas porque guardan en su casa el uniforme, el rifle y una caja sellada de munición. Por otro lado, el sistema de democracia directa, que somete a referéndum desde la adhesión a la Unión Europea hasta la construcción de un nuevo puente en la propia ciudad, convivía hasta 1990 con el hecho de que las mujeres no pudieran votar en las elecciones locales del cantón de Appenzell Innerrhoden.

Para disfrutar los tesoros de Suiza y llegar a conocerla en toda su diversidad no basta con visitar alguna de sus maravillosas ciudades o acudir a sus espectaculares pistas de esquí; hay que recorrerla. La ruta que aquí proponemos visita cinco de los seis tesoros suizos declarados Patrimonio de la Humanidad, a través de un medio de transporte que participa del culto nacional a la precisión: el tren. Un viaje desde la capital financiera, Zúrich, a la política, Berna, y desde allí a Interlaken, en el corazón de los Alpes. Un corazón atravesado por túneles en espiral que bajan hasta la Suiza mediterránea del Ticino, para regresar a las germánicas orillas del lago Constanza, en el noroeste del país, y apreciar las joyas bibliográficas del monasterio de Sankt Gallen. Un viaje donde se cumple el tópico de que tan importante como el destino es el recorrido, entre lagos, montañas y prados.

Zúrich, la ciudad del dinero antiguo
Es difícil comparar a Zúrich con otras capitales financieras del mundo. La ausencia de un agresivo skyline y la perfecta conservación de su casco antiguo tienen mucho que ver con el peculiar estilo de la banca y la empresa suiza. La discreción, el respeto a la tradición y la implicación en el entorno social forman parte de lo que algunos llaman "el dinero antiguo", las grandes fortunas que constituyen verdaderas instituciones. Pero Zúrich es también la capital de los cariñosamente llamados "schiky-mickys" , los acaudalados jóvenes que representan para algunos la faceta hedonista, narcisista y egoísta del "nuevo dinero" , presto a la ostentación y a la moda pasajera.
Una buena manera de comenzar a conocer Zúrich es subir en el funicular que lleva al prestigioso Instituto Politécnico, situado en las colinas que rodean la ciudad. Este centro universitario tiene el honor de haber contado en su plantel con 21 Premios Nobel, muchos de ellos conseguidos por investigadores extranjeros, lo cual refleja la tradición de Zúrich como ciudad de acogida para multitud de exiliados tan ilustres como Thomas Mann, James Joyce o Albert Einstein, que fue profesor en el Politécnico. Desde su terraza puede contemplarse el perfil atípico de una ciudad que desemboca en el gran lago Zúrich y en la que las torres más altas no son las de los rascacielos sino las de iglesias como la de San Pedro, cuyo gigantesco reloj está entre los más grandes de Europa.

De vuelta al centro, desde la estación de tren -que en esta ciudad constituye además uno de los más importantes centros culturales y de ocio- se accede a la encrucijada que exige al visitante elegir entre dos de las muchas facetas que ofrece esta ciudad hipereuropea. A la derecha, Banhofstrasse, una de las calles comerciales más exclusivas de Europa. A la izquierda, un agradable paseo que entre callejuelas, soportales y puentes recorre el río Limmat hasta el lago Zúrich. En sus orillas conviven las mansiones de los ciudadanos realmente ricos con las verdes praderas repletas en verano de zuriqueses que aprovechan para relajarse y tomar el sol.

Berna, una capital de capitales
Si Zúrich es una capital financiera atípica, Berna, la capital administrativa, no lo es menos. Y es que, en un país alérgico al centralismo, con un poder ejecutivo colectivo y donde el cargo de presidente rota anualmente y tiene una función representativa, no es de extrañar que la capital de la Confederación Helvética esté camuflada en una encantadora ciudad medieval. El Palacio Federal es el único representante de esos grandes edificios gubernamentales que identifican a las capitales nacionales de todo el mundo. Por si su apariencia resultara muy seria, se ha instalado ante sus columnas un divertido juego de fuentes donde los niños juegan y se empapan en las tardes de verano.

Todo es primoroso en la ciudad más bella de Suiza, desde su emplazamiento en un meandro del río Aare hasta las fuentes policromadas que embellecen su calle central, formada por la sucesión de Spitalgasse, Marktgasse, Kramgasse y Gerechtigkeitsgasse. Son seis kilómetros de bellos soportales que albergan tiendas, teatros y restaurantes. A mitad de su recorrido se encuentra la Zeitglockenturm, con su reloj astronómico, que, además de deleitar a los turistas con el espectáculo de los autómatas que marcan cada hora, es una fascinante pieza de tecnología renacentista. No contenta con los encantos de su ciudad vieja, Berna inauguró el pasado año un museo único, el Paul Klee Zentrum. El arquitecto Renzo Piano concibió un edificio basado en la curva -la línea natural opuesta a la violencia del ángulo, según el genial pintor bernés- que se integra en las colinas que lo rodean. Es, más que un museo, un centro cultural, que, además de albergar más de 4.000 obras de Klee, dedica gran parte de su espacio al desarrollo de talleres artísticos para niños, jóvenes y adultos, y que cuenta con su propia orquesta, la Paul Klee Ensemble.

Por el corazón de los Alpes
El viaje en tren entre las ciudades de Berna e Interlaken merecería por sí mismo entrar en el Patrimonio de la Humanidad. Desde las suaves colinas de hierba, salpicadas de casitas tan cuidadas y armónicas que parecen de mentira, el viajero observa el abrupto nacimiento de la cordillera de los Alpes. Tras una primera e impresionante barrera de piedra coronada por nieves eternas, y de la que descienden cascadas hasta el lago, aparecen, tras una curva, las montañas de verdad, el macizo formado por el Jungfrau, el Monch y el Eiger.

Desde Interlaken, una tradicional ciudad de veraneo situada, como su propio nombre indica, entre los lagos de Brienz y Thun, parte una de las líneas de tren más espectaculares (y caras) de Europa: el Jungfraubahnen, que discurre por los valles entre ríos de origen glaciar y aguas blancas hasta las faldas del espectacular macizo alpino. Allí, un tren de cremallera se introduce en las entrañas del Eiger por su temible cara norte, una ascensión mítica para todo alpinista que se precie, que atraviesa parajes tan sugerentes como el Vivac de la muerte o la Araña blanca . No en vano el reto del " Ogro " se ha llevado la vida de más de cincuenta montañeros.

El destino final es el Jungfrauhoch, la estación de tren más alta de Europa, a 3.345 metros de altura y a los pies de los 4.158 de la cumbre del Jungfrau. Desde la Sphinx, una plataforma construida sobre la estación, se obtiene una vista espectacular, con el nacimiento del glaciar Aletsch, que, con 22 kilómetros de longitud, es el más largo de los Alpes.

Viaje a la Suiza mediterránea
Al salir el tren del túnel de San Gotardo, que comunica el cantón de Berna con el de Ticino, es imposible no reconocer que unas cuantas cosas han cambiado. Todavía entre montañas, prados y valles, las perfectas casitas de tejado a dos aguas han sido sustituidas por una anarquía de estilos y arquitectura de diseño; el Rösti de patatas, por la pasta con porcini, y el agua mineral por el merlot, la grappa y el nocino (licor de nuez). Paseando por las calles de la localidad de Bellinzona, desiertas a la hora española de la siesta, no hay duda del cambio y de que hemos entrado en la Suiza mediterránea.

Hasta la construcción de los primeros túneles ferroviarios, los únicos pasos entre la Suiza alemana y el valle de Ticino -y, por extensión, entre el Mar del Norte y el Mar Mediterráneo- eran los de San Gotardo, San Bernardino y Lucomagno. En su confluencia, los duques milaneses construyeron la fortaleza de Bellinzona, una inexpugnable plaza fortificada destinada a prevenir posibles invasiones del norte y, al mismo tiempo, sacar tajada del comercio, que tenía en aquel lugar un paso obligado. El espectacular panorama del valle desde las almenas del sistema defensivo que forman los castillos de Castelgrande (restaurado de manera espectacular) y Montebello y el puesto avanzado de Sasso Corbaro hace aún más evidente el papel de Bellinzona como puerta de entrada a los Alpes.

El cantón de Ticino cuenta con otro lugar incluido en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco por motivos bien distintos a los de Bellinzona. Se trata de San Giorgio, un monte boscoso encaramado sobre el Lago de Lugano, que hace 230 millones de años, durante el periodo Triásico, era una laguna tropical del continente africano, repleta de peces y anfibios que, al morir, quedaban enterrados en el fondo de lodo.

Los fósiles encontrados desde 1919 constituyen el registro más abundante y mejor conservado de la vida marina de este periodo, y han permitido a los paleontólogos seguir la evolución de las especies a lo largo de más de 10 millones de años (lo suficiente para que un pez desarrollara las patitas necesarias para comenzar a caminar por tierra firme). Es posible visitar los yacimientos en compañía de un guía de la oficina de turismo de Mendrisio.

Sankt Gallen y la farmacia del alma
En los muy oscuros tiempos de la alta Edad Media, el monje irlandés Gallus viajaba en misión evangelizadora por los alrededores del Lago Constanza cuando paró a descansar en medio de un bosque inhóspito y frío. Según la leyenda, un encuentro con un amabilísimo oso, que le proporcionó madera para cobijarse, convenció al monje Gallus de que ese lugar era el ideal para darse a la humilde vida de eremita. Un siglo después florecía allí un próspero monasterio benedictino, dedicado al santo, que se convirtió en un centro cultural de gran importancia, especialmente en el mundo germánico. Con la reforma protestante del siglo XVI, la ciudad construyó un muro alrededor del monasterio, convirtiéndolo en un reducto católico dentro de una ciudad de mayoría protestante, enclave, a su vez, en la más que católica región de Appenzell.
El monasterio, reconvertido al estilo rococó, sigue siendo la indiscutible joya de la agradable y coqueta ciudad de Sankt Gallen. Su biblioteca, de decoración tan suntuosa y cuidada que hay que entrar calzado con unas zapatillas de fieltro para no dañar el precioso parqué, alberga una colección de más de 150.000 tesoros bibliográficos. Una inscripción en griego describe el lugar como "la farmacia del alma", y, entre las medicinas que podemos encontrar, se hallan códices del siglo IX con iniciales de decoración gaélica que ocupan páginas enteras; antiquísimos pero cercanos testimonios humanos como las inscripciones de un monje del siglo X en las que confiesa que está cansado de escribir; unos cuantos incunables, además de volúmenes encuadernados en marfil y con piedras preciosas o misteriosos libros de antigua astronomía medieval.

Cada año, el bibliotecario del monasterio de Sankt Gallen realiza una selección de los valiosos fondos, en función de una temática específica, para exponerlos al público en la sala de lectura. Este año la elegida ha sido la mujer. El tema del año que viene seguirá siendo uno de los muchos misterios de esta biblioteca Patrimonio de la Humanidad.