Súbete a una alfombra mágica para viajar hasta Jiva, la fastuosa ciudad de Aladdín

Cuenta la leyenda que fue fundada por el hijo de Noé…

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: Mlenny / ISTOCK

A orillas de la frontera con Turkmenistán y en el territorio de Uzbekistán, una ciudad se levanta en mitad de áridas tierras que otrora eran un vergel tan apreciado como transitado de la Ruta de la Seda.

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Jiva, considerada el mejor ejemplo de arquitectura árabe de toda Asia Central, aparece como un espejismo en mitad del desierto para mostrarnos cómo sería el sumergirnos en los cuentos de Las mil y una noches. Un escenario fantástico que supera incluso a Samarcanda en este sentido, haciendo volar nuestra imaginación hasta hacernos sentir que fuera el propio Aladdín – haciendo el símil cinematográfico -, quien nos guiara por las calles de esta población de ensueño.

Un lugar surgido en tiempos inmemoriales

 No se conoce el origen de Jiva con exactitud pues forma parte de esas ciudades que nacieron con el origen de la civilización, en una región en la que tradicionalmente se ubicó el Jardín del Edén a pesar de la aridez de todo el entorno.

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Seguramente ayudó a crear esta leyenda el hecho de que allá por el segundo milenio antes de Jesucristo esta región cobrase fama gracias a su avanzado sistema de irrigación, convirtiendo a estas tierras en objeto de deseo de otros pueblos conquistadores como persas o griegos.

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Tierras cargadas de leyendas que, no obstante, tienen una raíz histórica, situando a Jiva como la capital de esta región que fue posteriormente clave en los intercambios comerciales de la Ruta de la Seda. Según cuentan los relatos y la tradición oral, esta ciudad se fundó en el mismo lugar en el que Sem – uno de los tres hijos de Noé – cavó los pozos de Keivah.

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Situada hoy en día dentro de las fronteras de la actual Uzbekistán y formando parte de lo más destacado de este país, junto con Bujará y Samarcanda, Jiva fue devastada en el siglo XVIII por los persas, viviendo a partir de entonces una época de esplendor en la que se construyeron la mayoría de las construcciones que podemos contemplar hoy en día, renaciendo como una auténtica joya que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1990 por la Unesco.

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A pesar de la lejanía con la actual capital de Uzbekistán, Jiva ha sabido conservar su lugar destacado en la región como antigua población de referencia, mostrando una cara que nos traslada como por arte de magia varios milenios atrás, siendo uno de los escasos ejemplos de arquitectura árabe que se conservan en Asia Central.

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Un decorado de cuento… muy real

Al caminar por las calles de Jiva se tiene la impresión de recorrer un decorado perfectamente diseñado para ambientarnos en la película de Aladdín y así lo describen muchos viajeros que han tenido la suerte de visitarla. Pero, lejos de ese carácter ficticio, su centro histórico amurallado – llamado Itchan Kala – es un conjunto muy real de calles, minaretes, madrasas, mezquitas, palacios y otras muchas construcciones.

Una ciudadela que, a pesar de haber sido levantada en épocas relativamente recientes, cuenta con toda la esencia de lo más genuino de la Ruta de la Seda al igual que ciudades del estilo de Samarcanda.

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Este magnífico recinto, con cientos de monumentos – muchos de ellos visitables – es el alma de esta histórica ciudad que vio nacer a personajes tan universales como Al-Juarismi, el «padre del álgebra» y creador de los algoritmos, la base de la programación informática en la actualidad.

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Las altas murallas encierran un verdadero tesoro de construcciones entre las que podemos encontrar algunas referencias que se han convertido en todo un símbolo de la ciudad, como el minarete Kalta Minor – el minarete corto -, llamado en su tiempo a convertirse en el más alto del mundo a pesar de su nombre. Su colorida estampa guía a los visitantes por las calles de esta parte vieja junto con la figura del minarete de Islam Khodja – el más alto de la ciudad con 56 metros de altura -, que nos regala las mejores vistas panorámicas de todo el entorno. Mientras, madrasas como la que da nombre a este último minarete o palacios como el impresionante Tash Hovli, con sus excelentes techos y sus paredes azulejadas, nos dejan boquiabiertos.

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Tampoco podemos olvidarnos de mausoleos como el de Savid Alauddin o el de Pahlavan Mahmud, maravillas de Jiva que se entremezclan con mezquitas como la inconfundible «mezquita del viernes», la más importante de la ciudad debido a su antigüedad y a su inigualable interior con la sala de oración y sus más de 200 columnas de madera tallada sosteniendo la techumbre.

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Y, junto a todos ellos, el corazón de Itchan Kala, la antigua fortaleza de Kunya-Ark, la residencia de los Kanes que se levanta imponente tras las gruesas murallas que la protegen. La guinda del pastel de esta ciudad cuya atmósfera se convierte definitivamente en fantástica al caer la noche, cuando las luces alumbran las calles y los monumentos de forma cautivadora, haciendo volar nuestra imaginación al igual que lo haría Aladdín en su alfombra mágica.