De Staten Island a Manhattan: un recorrido por los cinco distritos de Nueva York para celebrar su 400 aniversario

El 400 aniversario de la ciudad presenta la ocasión de visitarla siguiendo su historia. Recorremos sus cinco distritos, de Staten Island a Manhattan, pasando por el Bronx, Queens y Brooklyn, para descubrir por qué, a lo largo de esos cuatro siglos, todo tipo de personas han encontrado aquí su hogar. Un hogar nada arrogante.

400 años de una de las ciudades más impresionantes del mundo.
400 años de una de las ciudades más impresionantes del mundo. / Istock

En 1643, el jesuita francés San Isaac Jogues notó que, pese a contar con tan solo medio millar de habitantes, en la entonces llamada Nueva Ámsterdam se hablaban 18 lenguas y que el lugar había adquirido la arrogancia de Babel. Según la Oficina de Asuntos Internacionales del Alcalde, en Nueva York hoy se hablan más de 200 idiomas y un 38 % de sus habitantes ha nacido en el extranjero. El visitante juzgará sobre esa supuesta arrogancia.

El Oculus de Calatrava, en Mahattan.

El Oculus de Calatrava, en Mahattan.

/ Jordi Busqué

El 400 aniversario de la ciudad presenta la ocasión de visitarla siguiendo su historia. Comienzo por Staten Island, apodado “el distrito olvidado”, por ser el más periférico y poco poblado de los cinco que forman Nueva York. Es fácil llegar en el ferry gratuito que sale del terminal Whitehall, en la punta sur de Manhattan. La embarcación tiene tres cubiertas y capacidad para cientos de pasajeros, en su mayoría residentes de Staten Island que van y vienen de sus trabajos en Manhattan. También viaja una minoría entusiasta de turistas, que corren de babor a estribor en función del paisaje. Al zarpar, el reconocible skyline de Manhattan es la estrella de popa, pero al cabo de unos minutos es eclipsado por la Estatua de la Libertad, a estribor. Me siento a observar a los neoyorquinos, que ni se molestan en mirar por las ventanas, distraídos como están con sus teléfonos, o echando una cabezada.

Redacción Viajar

Alojarse en una tienda de campaña en NY

Desembarco y llego al Historic Richmond Town. En este pueblo preservado me resulta fácil imaginar cómo era la vida antes de que la isla fuera absorbida por Nueva York. Los edificios, de los siglos XVII al XIX, conservan tiendas, talleres y casas particulares con mobiliario de la época. Sigo por el Greenbelt, un parque de casi 1.200 hectáreas (diez veces el madrileño Retiro), que, sorprendentemente, permite ver el lugar tal cual era antes de la llegada de los europeos. Dentro de sus límites hay bosques, humedales, lagos, arroyos y senderos que conducen a rincones en los que no se ve ni rastro de civilización. Dispone de una área de acampada gestionada por los Boy Scouts, lo que hace que técnicamente sea posible viajar a Nueva York ¡alojándose en una tienda de campaña! Sin embargo, Manhattan será una opción más práctica, por ser centro geográfico de la ciudad y de las líneas de metro.

Edificio The Vessel.

Edificio The Vessel.

/ Jordi Busqué

De vuelta en el sur de Manhattan, me fijo en que las calles son estrechas y retorcidas. En la época colonial la ciudad crecía de forma orgánica, siguiendo senderos preexistentes, límites de propiedades y estructuras defensivas. De ahí el nombre de Wall Street, que corría junto al muro (wall) de la ciudad, en pie hasta 1699. Hoy encuentro el edificio de la bolsa de valores. A pocos pasos quedo fascinado por el Trinity Churchyard, un pequeño cementerio de 1697 con vetustas lápidas de piedra. Una de ellas es la de Alexander Hamilton, uno de los founding fathers, padres fundadores de los EE. UU. La historia también ha dejado cicatrices. Las plantas cuadradas de las Torres Gemelas se han convertido en cascadas de agua en el memorial del 11 de septiembre. Al lado se alza la nueva torre, el One World Trade Center, de 541 metros (1.776 pies, por el año de la declaración de independencia). A su sombra está el Oculus de Calatrava, entrada del terminal ferroviario y de un centro comercial. Parece el esqueleto de una ballena, tan blanco como la nieve que empieza a caer.

El puente Manhattan visto desde el vecindario de DUMBO, en Brooklyn.

El puente Manhattan visto desde el vecindario de DUMBO, en Brooklyn.

/ Jordi Busqué

Para resarcirme del frío, sigo por Chinatown para almorzar un humeante pho (caldo de carne de ternera con fideos y verduras) en un restaurante vietnamita. En una pastelería china elijo un jiandui (bola de arroz glutinoso cubierta de sésamo y núcleo de dulce de judía roja), que disfruto mientras observo una partida de xiangqi (ajedrez chino) en Columbus Park. Continúo hacia el centro de Manhattan siguiendo la march uptown (marcha hacia la parte alta), que siguió el Plan de los Comisionados de 1811, la cuadrícula de calles y avenidas numeradas. Nueva York cambia: la fábrica de galletas Oreo, en la calle 15, hoy es el moderno Chelsea Market. También crece: en 2021 se creó Little Island, una ajardinada isla artificial en el río Hudson.

Policia de Nueva York en Times Square, Manhattan.

Policia de Nueva York en Times Square, Manhattan.

/ Jordi Busqué

Sigo por la High Line, un parque sobre la antigua línea elevada de tren, que me lleva hasta la calle 34, donde comienza el Manhattan más mítico: el Midtown. En la calle 42 la estación Grand Central, de 1913, cuyo gigantesco hall merece una visita incluso si no vamos a tomar un tren. Me llama la atención el techo con las constelaciones del cielo nocturno. Nueva York había desbancado a Londres como capital financiera tras la Primera Guerra Mundial, y las grandes empresas encargaban rascacielos art déco para alojar sus sedes. La euforia económica terminó con el crac de 1929, dando paso a la Gran Depresión. Las mayores fortunas resistieron, permitiendo que el Empire State, el Chrysler y el Rockefeller Center se terminaran en plena crisis. Desde la azotea de este último admiro la mejor vista del Midtown. Hoy, una nueva generación de rascacielos, todavía más altos y estrechos, ocupan la primera línea del Central Park, en la calle 57. Se la conoce como “the billionaires’ row” (la fila de los milmillonarios) y también como “las torres fantasma”, porque casi siempre están vacías: los dueños, grandes fortunas extranjeras, las compran como inversión.

Times Square, Manhattan.

Times Square, Manhattan.

/ Jordi Busqué

Central Park ofrece un respiro en esta jungla de cemento, con arboledas, prados y afloramientos de esquisto de Manhattan, cuya solidez impide que los rascacielos se hundan como lápices clavados en la tierra. En el parque, estas rocas solo sostienen mis posaderas y las de los oficinistas que disfrutan de un perrito caliente adquirido en los food trucks (gastronetas). Continúo por el Sheep Meadow (prado de las ovejas, hoy en día, de dos patas) y el memorial a John Lennon. Las ardillas revoltosas provocan sonrisas en los paseantes. La salida norte desemboca al bullicio de Harlem, donde los protagonistas son vendedores callejeros, personajes extravagantes y la música: en la calle 125 encuentro el mítico teatro Apollo, de 1914, donde actuaron artistas de la talla de Ella Fitzgerald, Billie Holiday o The Jackson Five.

Viajeros de todo el mundo se fotografian en el puente de Brooklyn.

Viajeros de todo el mundo se fotografian en el puente de Brooklyn.

/ Jordi Busqué

Un paseo por El Bronx

En la segunda mitad del siglo XIX, Nueva York ya había ocupado todo Manhattan y comenzó a expandirse hacia el norte. Los pueblos de Kingsbridge, West Farms y Morrisania, cuyas granjas proveían los mercados de la ciudad, fueron anexados en 1874, formando El Bronx. Aprovechando las tierras sin edificar, en 1891 se construyó el jardín botánico. Sigo por la Arthur Avenue, donde encuentro un seguido de tiendas artesanales italianas: panaderías con grandes hogazas de pan, charcuterías con docenas de salamis colgando del techo… El estímulo culinario de Little Italy me invita a entrar en uno de los restaurantes del Arthur Avenue Retail Market. Termino mi visita del Bronx en el sur, donde en la década de 1970, en fiestas organizadas en casas particulares, nació el hip hop, mientras que el breakdance se desarrollaba en la vibrante vida callejera.

Partida de Xiangqi, ajedrez chino, en Columbus Park, Chinatown, Manhattan.

Partida de Xiangqi, ajedrez chino, en Columbus Park, Chinatown, Manhattan.

/ Jordi Busqué

Brooklyn tomó su nombre del pueblo holandés de Breuckelen y fue una ciudad independiente hasta la gran consolidación de 1898. Williamsburg, el barrio de los judíos jasídicos, es especialmente interesante de buena mañana. Los niños suben a los buses escolares rotulados en hebreo; las mujeres, en grupos de tres o cuatro, empujan carritos de bebé, ataviadas con abrigos oscuros y sheitels (pelucas); y los hombres, con sus característicos peyets (tirabuzones), se envuelven en largos gabanes negros. En el vecino Clinton Hill, abundan las brownstones del siglo XIX, casas adosadas de arenisca marrón, cuyas escaleras en el frente son un distintivo de este distrito.

Skyline de Manhattan visto desde el ferri que la conecta a Staten Island.

Skyline de Manhattan visto desde el ferri que la conecta a Staten Island.

/ Jordi Busqué

En busca de más colorido, tomo el metro hasta Coney Island. Es en realidad una península con kilómetros de playas y numerosos parques de atracciones. En la estación fría, la actividad se limita a la pesca con caña. De regreso, llego al puente de Brooklyn. Finalizado en 1883, fue el puente colgante más largo del mundo. Las torres de piedra caliza y granito, de 85 metros de altura y coronadas por arcos góticos, parecen dos catedrales. Visitantes de todo el mundo inmortalizan su visita en fotografías. El barrio de DUMBO, cuyo nombre nada tiene que ver con cierto paquidermo sino que es el acrónimo de Down Under the Manhattan Bridge Overpass (debajo del paso elevado del puente de Manhattan), es muy concurrido por sus cafeterías, galerías de arte, y una de las mejores vistas de Manhattan con ambos puentes. Me siento en Pebble Beach (la playa de los guijarros) a ver las luces de la ciudad, rodeado de jóvenes y familias con niños.

El Empire State y el Midtown visto desde el mirador del tejado del Rockefeller Center. Manhattan.

El Empire State y el Midtown visto desde el mirador del tejado del Rockefeller Center. Manhattan.

/ Jordi Busqué

Queens también se unió a Nueva York en 1898. Es el mayor de los cinco distritos, con casi el triple de superficie que Barcelona. Destaca Jackson Heights, un vecindario vibrante de vida pero también de ruido. La línea elevada de metro coincide con la avenida Roosevelt, y cada vez que pasa un convoy, no puedo más que sentir piedad por los vecinos que tengan el dormitorio orientado hacia la avenida. ¡Nueva York es la ciudad que nunca duerme! El New York Times calificó Jackson Heights como no solo “el barrio más culturalmente diverso de Nueva York, sino del planeta”, precisando que aquí se hablan 167 idiomas. Me siento en la Diversity Plaza a contar colores de piel e idiomas. Sigo por las adyacentes calles 74 y 75 a curiosear la exótica oferta de los colmados. No menor es la variedad de restaurantes, sobre todo, latinoamericanos y del sur de Asia.

Sigo adentrándome en las profundidades de Queens hasta llegar al final de la línea 7, en Flushing. Aquí está el mayor Chinatown de Nueva York, con el doble de población que el de Manhattan. Aprovecho para almorzar en los populares food courts (patios de comidas). Algunos están en sótanos y son difíciles de encontrar, pero ofrecen una chocante inmersión sinológica.

De regreso a Manhattan noto que en esta ciudad el metro es un espacio compartido por ricos y pobres de todas las culturas. Es un lugar de inmersión que ha fomentado altos niveles de tolerancia. No sorprende que, a lo largo de estos 400 años, todo tipo de personas hayan encontrado aquí su hogar. Un hogar nada arrogante.

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