Sri Lanka, recuperación de una tragedia

Un fenómeno como el tsunami que arrasó el sureste asiático aquel fatídico 26 de diciembre de 2004 puede destrozar vidas, casas y todo lo que encuentra por delante, pero no el espíritu de un pueblo como el de Sri Lanka, un país que está recuperando el turismo a marchas forzadas con sus mejores armas: playas increíbles, fantásticos hoteles en parajes fascinantes y, sobre todo, la amabilidad y la simpatía de sus gentes.

Luis Mazarrasa

Serendib, que significa "descubrir por casualidad algo bello e inesperado", fue el nombre con el que bautizaron a Sri Lanka los navegantes árabes que en los primeros siglos de nuestra era arribaban a sus costas para comerciar con los ricos productos que la isla ofrecía: canela, clavo, pimienta, piedras preciosas, maderas nobles, elefantes y pavos reales. Y todavía hoy esta definición se antoja apropiada para los turistas que recalan en esta isla de 66.000 kilómetros cuadrados -algo más que el doble de Cataluña- casi por casualidad, como una ampliación de un viaje por el sur de India o unas jornadas más de disfrute en el trópico en su luna de miel por Maldivas. Y la mayoría queda maravillada sin esperárselo, porque Sri Lanka es un país precioso. Precioso y pequeño, ya que mide 435 kilómetros de norte a sur y 225 de anchura máxima y, además, la tensión entre los movimientos separatistas tamiles del norte y la franja oriental y la mayoría cingalesa del centro y el sur borra de un plumazo una buena zona de la isla en los itinerarios de la mayoría de los viajeros.

El mapa de Sri Lanka sugiere una lágrima que vertió la Madre India, quizás debido a la historia de desastres políticos, bélicos y naturales que han sacudido -tsunami incluido- esta tierra amparada por Buda y el panteón hindú. Pero después del devastador maremoto que arrasó gran parte de las playas y aldeas costeras de Sri Lanka, el turismo ha vuelto a estos bellos arenales bañados por el Índico, a las montañas donde se cultiva el mejor té del mundo, a las ruinas de impresionantes ciudades budistas e hindúes abandonadas en el interior o a contemplar el baño de las crías de elefantes salvajes en el orfanato de Pinnewala. O se preparan para asistir al Kandy Esala Perahera, el festival más importante del país que cada año, durante diez días de julio o agosto, según el calendario lunar, se celebra en las calles de la legendaria Kandy -la segunda ciudad en importancia del país-, con desfiles de acróbatas, danzarines, músicos, malabaristas y más de cien elefantes engalanados e iluminados con antorchas hasta el momento cumbre de la fiesta: la exhibición de un diente del maestro Siddarta Gautama Buda, la sagrada reliquia guardada desde tiempo inmemorial en el templo Dalada Maligawa.

En las noches de Perahera, que este año arrancará en el crepúsculo del 31 de julio, cientos de miles de peregrinos acuden a Kandy en un festival que evoca una síntesis de budismo e hinduismo, las dos principales religiones de Sri Lanka, a las que sigue el Islam, con un 8 por ciento de practicantes y similar porcentaje de cristianos.Entre las multitudes, faquires y penitentes se engarzan clavos y ganchos de hierro en la espalda y ruegan a Buda y a la deidad hindú Skanda que otorguen lluvias para las cosechas, fertilidad para las mujeres y prosperidad para todos.

Perahera se conmemora desde el siglo IV y se diría que los espectaculares desfiles de los paquidermos, enjaezados como los de los más ricos maharajás indios, funcionan también como una suerte de conciliación entre dos grupos étnicos habitualmente a la greña por estos pagos: la mayoría cingalesa y budista y los tamiles, hindúes descendientes de los primeros inmigrantes del sur de India hace más de mil años y de los trabajadores traídos por los colonizadores británicos para explotar los campos de té en el siglo XIX. Pero aunque los destinos más atrayentes de esta isla -que los romanos llamaron Trepobana y más tarde sus primeros colonizadores, los portugueses, Ceilán- sean las playas de la costa sur y los vestigios de los antiguos reinos budistas del interior, la primera escala obligada es su capital. Colombo, sobre la costa occidental, es una ciudad con más de un millón de habitantes, agradable, exótica, colorida, con ese ambiente pastoso de olor a lima y salitre que desprenden las urbes con un malecón lamido por aguas cálidas y vientos monzónicos.

A lo largo del viejo muelle se extiende el barrio de Fort, donde se alzaba una fortaleza ocupada por portugueses y holandeses, y aparece el sempiterno hotel decimonónico y colonial, erigido por los británicos. Es el Galle Face Hotel, inaugurado en 1864 y hoy visita imprescindible aunque uno no se aloje allí, pues siempre se es bien recibido para un cóctel a la caída del sol o para una cena en el jardín. En el centro, entre mercados con olor a especias y edificios casi a punto de derrumbe, la omnipresente religiosidad se manifiesta en templos budistas como el Isipathanaramaya, con sus interesantes frescos; en los kovils o santuarios hindúes del barrio de Pettah, y en mezquitas tan hermosas como la Grand Mosque o la Jami Ul-Afar, erigida en 1909 con su fachada de ladrillos blancos y rojos.

El recorrido en un tren que parte de Colombo y recorre toda la costa en dirección sur hasta Matara, en el extremo meridional de la isla, es otro de los grandes alicientes del viaje. La vía férrea discurre en paralelo y a escasos metros del litoral y la mirada del viajero se tiñe de turquesas, gualdas y verdes de una interminable playa flanqueada de cocoteros.

Menos suerte tuvieron los pasajeros de este mismo tren en ese fatídico 26 de diciembre de 2004, cuando la ola del tsunami inundó el convoy cerca de Ambalangoda y más de mil perdieron la vida. Pero tras la muerte y la destrucción, la vida ha vuelto con toda su intensidad a las localidades más dañadas. Así, las aldeas costeras de Kalutara, Beruwela, Bentota y las que más sufrieron el embate de las aguas, Galle y Hikkaduwa, desfilan ante la ventanilla del tren para mostrarnos su reconstrucción.

Hoteles, chiringuitos y restaurantes se han levantado de nuevo y la vuelta a la normalidad parecería absoluta si no fuera por los campamentos de miles de personas que perdieron su hogar y que esperan una solución facilitada por el Gobierno y las organizaciones internacionales de ayuda. Hikkaduwa y Unawatuna son dos playas similares y, al mismo tiempo, opuestas. La primera es un largo y turístico arenal abierto al océano, lo que le hace bastante peligroso por sus corrientes. Unawatuna, en cambio, se asienta plácida en una protegida bahía que permite nadar y practicar otros deportes acuáticos con tranquilidad. Y entre ambas, la histórica población de Galle -pronúnciese Gol-, que la tradición identifica con el bíblico puerto de Tarshis, donde el mismo rey Salomón mandaba adquirir sus cargamentos de piedras preciosas, especias y aves exóticas.

Los portugueses se establecieron en Galle a finales del siglo XVI y levantaron el fuerte de Santa Cruz, que fue derruido por los siguientes colonizadores, los holandeses, quienes en 1663 construyeron lo que hoy es su gran monumento, el Fuerte, que rodea la ciudad antigua y que, junto con las antiguas mansiones de los mercaderes de su interior, están catalogados como Patrimonio de la Humanidad. Después de recorrer los bastiones del Fuerte y de caminar por los callejones del viejo puerto entre iglesias holandesas y casas de comerciantes coloniales, en Galle hay que tomarse un respiro en forma de té de Ceilán o lingotazo de Escocia en el victoriano hotel New Oriental, o en el más antiguo Galle Fort, una mansión holandesa del siglo XVII rehabilitada de un modo admirable; ambos con todo el encanto de los hoteles románticos de épocas pasadas.

Si la costa de la mitad sur de Sri Lanka ofrece algunas de las más bellas playas tropicales del planeta, el interior presenta un idílico ecosistema de junglas donde viven casi tres mil elefantes en libertad y bastantes menos leopardos, planicies con los restos de las capitales y monasterios medievales de los reinos budistas, y montañas de clima fresco donde se cultiva té. Desde Kandy, casi en el mismo centro de la isla, hay que partir hacia el norte para visitar tres joyas arqueológicas en la lista de la Unesc las ciudades antiguas de Polonnaruwa y Anuradhapura y la montaña de Sigiriya.

Polonnaruwa y Anuradhapura, en poder de la dinastía Chola del sur de India en el siglo X, fueron reconquistadas un siglo más tarde por el rey cingalés Vijayabahu I, quien ordenó construir en ambas urbes templos budistas -con las características y misteriosas estelas lunares a la entrada-, enormes imágenes del Maestro en meditación o en el reposo del momento de abandono definitivo del cuerpo, estanques, lagos artificiales e impresionantes palacios y monasterios.

Con algo más de veinte millones de habitantes no siempre bien avenidos, cingaleses, tamiles y los llamados moros de Sri Lanka -herederos de las costumbres de los navegantes árabes- configuran el mapa étnico del país, que tiene su reflejo en la cultura nacional. La influencia del vecino gigante indio es palpable en templos, pagodas y mezquitas, en los usos sociales, en los saris multicolores de las mujeres, en la música y la danza y en el curry de la gastronomía, mientras que la forma de vida marcada por el budismo, que arraigó con los misioneros enviados por el emperador indio Ashoka en el siglo III antes de Cristo, impregna la idiosincrasia de Sri Lanka.

Resultado de esta mezcolanza de razas y hábitos, los srilankeses se muestran ante el visitante, a semejanza de los habitantes de los países de su entorno, abiertos, amables, alegres, buscavidas y curiosos. El país vive con ansiedad el retorno del turismo, optimista ante la recuperación de la infraestructura arrasada por el tsunami y con la esperanza de que la tregua de los acuerdos de paz entre la guerrilla de los Tigres Tamiles y el Gobierno no se vaya al traste.