Sri Lanka a lomos de un elefante

Es uno de los habitantes más ilustres de la antigua Ceilán. Se le puede ver tranquilamente por la jungla, pero también en su versión domesticada ofreciendo apacibles paseos por el Triángulo Cultural.

Noelia Ferreiro
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Foto: Astalor / ISTOCK

Interesantes vestigios de antiguos reinos budistas, playas paradisíacas, ciudades sagradas y, probablemente, los más hermosos campos de té del mundo. Todo esto distingue a esta pequeña isla del Índico cuya geografía sugiere una lágrima que se vierte de la madre India. Llamada primero Serendib, después Ceilán y más tarde Sri Lanka, se trata de un país apartado de los circuitos convencionales, refugiado en el olvido, pese a ser uno de los rincones más impresionantes del continente asiático. Porque cuando un territorio del tamaño de dos Cataluñas es capaz de reunir jungla tropical con frondosas plantaciones de especias, arenales bordeados de cocoteros con montañas frescas, inmensas llanuras cubiertas de flores con un paisaje árido de sabana, el resultado sólo puede ser un prodigio de la naturaleza.

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 Más allá de sus atractivos naturales, no hay icono más reconocible en este lugar que el simpático elefante que puebla la jungla. Es su imagen más reconocible. El paquidermo, domesticado o salvaje, semicautivo en las reservas que se ocupan de cuidar a los ejemplares huérfanos o en libertad por esas llanuras que flanquean las carreteras, forma parte del paisaje cingalés, tanto como los campos de té que tapizan las colinas de las Tierras Altas o los arenales solitarios o los templos y ruinas amparados por Buda.

Para obtener un contacto directo con ellos el lugar indicado es el orfanato de Pinnawela. Aquí, en medio de la selva, a orillas del río Maha Oya, habita un centenar de ejemplares que han sido heridos o separados de la manada, y a los que se puede dar el biberón o ayudarles a bañarse en las aguas turbias, dentro de un inolvidable ritual que tiene lugar cada mañana. Eso, si lo que se quiere en interactuar. Si no, siempre quedará la posibilidad de emprender un paseo sobre el rey de Ceilán en cualquiera de sus atractivos. Los paseos en elefante suelen estar incluidos en las excursiones que organizan los hoteles, aunque también pueden contratarse en agencias locales. Muchas veces están incluidos en los propios paquetes turísticos desde España.        

Sigiriya o la roca del león. | saiko3p / ISTOCK

Un buen lugar para esta práctica es, por ejemplo, la encantadora Kandy, el centro espiritual del país. Aquí, a lomos de esta cordial mamífero, se puede bordear el lago hasta el templo que guarda la reliquia sagrada del diente de Buda, un dechado de devoción y pureza, de la tradición más genuina de Sri Lanka. Kandy también es el punto de partida para abordar el itinerario arqueológico, el llamado Triángulo Cultural que conformaron en su día las antiguas capitales de los reinos cingaleses.

Sigiriya o la roca del león, Patrimonio de la Humanidad, es tal vez la más sugerente. Un gigantesco peñasco de granito que emerge de la jungla, en cuya cima el príncipe Kassapa, después de asesinar a su padre, se construyó un palacio inexpugnable. Sus restos pueden visitarse (después de ascender exactamente 1231escalones) para contemplar los excelentes frescos con criaturas semidesnudas, y también para apreciar la perfección de los jardines, los estanques excavados en la piedra, lo que queda del inmenso león que dominaba el acceso.

Cueva en Dambulla. | erandalx / ISTOCK

Dambulla, con su serie de cinco cavernas-templos que cobijan estatuas y pinturas de Buda, antecede a las más alejadas Pollonaruwa y Anuradhapura, que son ruinas de ciudades inmensas plagadas de dagobas, santuarios y monasterios, a veces fagocitados por la selva, recubiertos de musgo y plantas trepadoras como un canto al triunfo de la naturaleza sobre el hombre.

Recorrer todas ellas al paso lento y certero de un elefante, contemplando desde su altura el conjunto romántico de estas piedras dispersas, es asistir al testimonio de la grandeza, al esplendor pasado de un país que ha tenido que esperar demasiado para lograr situarse, sin demasiada exageración, entre los más hermosos del mundo.

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