Al próximo viaje, buena cara: Sri Lanka, el país de la eterna amabilidad

El extremo meridional del subcontinente indio acoge una de las más originales culturas de Asia, Sri Lanka, una isla llena de contrastes que brinda al viajero una variedad notable de ambientes culturales, naturales y humanos. Ruinas históricas de incomparable belleza, tesoros artísticos que causan admiración y asombro, naturaleza llena de contrastes, playas, muchas playas y un ambiente humano amable y diverso han colocado a Sri Lanka en la cabeza de los países a los que hay que viajar.

Pedro Ceinos
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Foto: hadynyah

Sri Lanka es una pequeña isla de apenas 65.000 km2 situada en el extremo sur de la India, de la que la separa solo una lengua de mar de 29 km, el Estrecho de Palk. Un país independiente desde 1948, con una larga historia y un rico acervo cultural, definido por los cultos budistas y los intentos de los gobernantes de proporcionar bienestar a la gente. Aunque la proximidad geográfica con la India ha marcado su desarrollo artístico y cultural, una evolución propia, muchas veces centrada en sus características locales, presenta al viajero un destino único, una mezcla de pueblos, estilos y religiones, como corresponde a un país con una historia y cultura bien definidas, tradiciones artísticas elaboradas, una herencia cultural que es un reflejo de su ajetreada historia y unas poblaciones humanas de muy distintos orígenes.

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Cuentan las leyendas que los primeros cingaleses llegaron de la India hace 2.500 años y su jefe, tras casarse con una princesa aborigen, estableció el primer reino en la isla. De él se consideran descendientes la mayor parte de los cingaleses (ahora el 70% de la población) de Sri Lanka, mientras que apenas unos centenares de aborígenes sobreviven en las selvas más aisladas. Poco después llegaron los primeros misioneros budistas, religión rápidamente adoptada por los soberanos y el pueblo, de tal forma que el budismo se convirtió en la seña de identidad de los cingaleses.

Las invasiones procedentes del sur de la India han sido una constante a lo largo de la historia de Sri Lanka; los recién llegados unas veces fueron vencedores y otras vencidos, pero fueron dejando poco a poco un poso humano y cultural que desde hace siglos convive junto con el budismo en Sri Lanka. Las especias de la isla, sus riquezas y piedras preciosas atrajeron durante la Edad Media la atención de mercaderes árabes, que antes del inicio de la expansión occidental estaban ya bien asentados en la costa y los principales puertos de la isla. Los árabes fueron empujados al interior primero por los portugueses, luego por los holandeses y finalmente por los británicos, de tal forma que la Sri Lanka de hoy es una mezcla de tipos humanos y manifestaciones religiosas. Cingaleses, hindúes, musulmanes y cristianos conviven en el país, y en cualquier aldea no es raro encontrar un vihara o templo budista junto a un kovil o templo hindú, una mezquita y una iglesia. 

D.R.

Destino de la Serendipia

Sri Lanka es la tierra de la fascinación, una isla que ha dado origen a una de las más bellas palabras del lenguaje español, serendipia, definida como un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta. De hecho, todo el viaje por Sri Lanka está lleno de descubrimientos y hallazgos afortunados que se producen de manera casual mientras se visitan los principales puntos de interés turístico.

Al igual que la isla cuenta con una impresionante riqueza humana, lo hace en experiencias vitales perfectamente diferenciadas, distinguiéndose claramente los aspectos culturales centrados en sus monumentos históricos, los naturales en las zonas montañosas y los campos de té, y los más lúdicos centrados en las playas.

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No solo viajeros y turistas han dejado de lado a Sri Lanka durante muchos años; estudiantes del arte, la cultura y el budismo han cometido el mismo error. El viajero que llega a la isla raramente sospecha que se va a encontrar con algunos de los más bellos monumentos de nuestro planeta, incluyendo una serie de reliquias históricas y artísticas, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que dejarán una profunda huella en su experiencia viajera. Pues la rica historia de Sri Lanka, íntimamente ligada a la religión budista, ha salpicado la isla de grandiosos monumentos apenas conocidos en el exterior, como las grandes capitales antiguas de Anuradhapura y Polonnaruva, engullidas durante siglos por la selva poderosa, que fueron redescubiertas durante el siglo XIX y muestran ahora al viajero un mundo detenido en el tiempo. 

Para intentar describir Polonnaruva ante un lector occidental, el símil más parecido que encuentro es el Foro Romano. Un enorme foro romano que va sorprendiendo al viajero con restos de palacios, templos y piscinas, algunos en sorprendente estado de conservación, zonas religiosas y de gobierno, enormes estupas que aún se alzan a docenas de metros de altura y al final del todo las majestuosas esculturas budistas del Gal Vihara. Pero las ruinas de Polonnaruva son tan extensas que la mayoría de los grupos se trasladan en autobús de una sección a otra, y los viajeros individuales alquilan una bicicleta para moverse en su interior. Generalmente se hacen varias paradas; la primera dedicada a la zona palaciega, donde destacan los tres pisos del otrora palacio imperial de siete pisos, la piscina, prácticamente conservada como en sus tiempos, y la Sala de Audiencias, sobre una triple terraza de piedra en cuyos lados están tallados genios, elefantes y caballos.

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Aún se ven las columnas de piedra que sujetaban el techo de madera, y los restos del trono con forma de león donde se sentaba el rey. Unos cientos de metros más adelante está la plaza religiosa. Aquí se mezclan también monumentos bastante bien conservados con otros de los que solo quedan las ruinas de sus muros exteriores. Destaca el Vatadage o Casa de Reliquias circular, con sus muros casi completos y las cuatro estatuas de los budas primordiales en las cuatro direcciones (eso significa que el quinto, el más importante, reside en la pagoda central). Además, las piedras lunares y los guardianes de piedra de este templo están entre los mejor conservados de la antigua ciudad. Un poco hacia el sur está la Casa de Imágenes o Thuparama, con sus muros perfectamente conservados, así como sus bajorrelieves exteriores, el Templo del Diente, frente al Vatadage, con bellas estatuas en su interior, una estatua solitaria que da una extraña grandiosidad en medio del conjunto y, casi en su extremo, la pagoda de siete pisos. Hay que examinarla con detalle para descubrir que, a pesar del musgo y la erosión, todavía quedan los rasgos de las figuras talladas en cada piso hacia los cuatro puntos cardinales. 

Poco más adelante se para de nuevo para ver la Rankoth Venera. Una estupa que, con una altura de 55 metros y una circunferencia de 167, es la más grande de Polannaruva: una construcción todavía espectacular. Apenas recuperados de la impresión se llega a los budas de Gal Vihara, tres estatuas de Buda gigantescas, una sentado, otra de pie y otra tumbado, que están entre las más bellas creaciones de la escultura cingalesa. 

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Templos y Peregrinos

Si Polonnaruva se puede comparar al Foro Romano, la visita a Anuradhapura, la antigua capital desde el siglo III a.C. hasta el XI, y ciudad santa para la población local, es como realizar todo un viaje a Grecia. Mucho más grande que la anterior, el viajero solo puede ir escogiendo algunos de los antiguos monumentos para visitarlos con un poco de calma, o alojarse en alguna de las aldeas para dedicar varios días a su visita. La mayoría centran su interés en el gran templo de Abhayagiriya, en el que se distinguen todavía las viviendas de los monjes, el refectorio, con una enorme pila donde se colocaban los alimentos para dar de comer a los 5.000 monjes que llegó a tener en sus épocas de esplendor, y, sobre todo, la gran estupa. Recorrer con calma sus dependencias puede llevar varias horas.

Algunos se acercarán luego a ver la estupa del templo Jetavana, que cuando se construyó en el siglo IV tal vez fuera la segunda construcción más alta de nuestro planeta, solo por detrás de las pirámides de Giza, o el gran Buda de Avukana, una las mayores y más bellas estatuas de la isla. Si en Polonnaruva sorprende lo bien que se han conservado los restos de la ciudad, en Anuradhapura, sagrada por haber sido el escenario de los momentos culminantes de la historia budista del país, el viajero disfrutará también de la presencia humana, pues muchos de sus monumentos reciben la visita continua de los peregrinos locales. 

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Si hay dos elementos que definen el paisaje de Sri Lanka, son la estupa y el estanque. La estupa se eleva hacia el cielo y el estanque profundiza en la tierra. La primera simboliza el bienestar espiritual; el segundo, el material. Ambos se complementan y definen una civilización anclada a la tierra y pendiente del cielo, y como tales eran el objetivo favorito en la actividad constructora de los reyes cingaleses. 

La roca del rey rebelde

Una importancia política mucho menor tiene, aunque es más famosa entre los viajeros y turistas, la roca de Sigiriya. En una inmensa roca que se eleva solitaria en mitad de las planicies del centro de la isla se refugió el rey Kasyapa a finales del siglo V tras intentar derrocar a los legítimos gobernantes. En solo veinte años construyó una magnífica fortaleza en la cima de la roca, a la que se accedía subiendo por un camino excavado en la montaña que atravesaba la boca de un león de piedra del que hoy solo quedan sus ciclópeas garras. Al pie de la roca, una serie de jardines perfectamente conservados muestran la vida sibarita del gobernante rebelde.

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Los frescos que adornan la pared de la montaña, solo una veintena de los más de 500 que llegó a haber, preservados en un repecho de la roca, hablan de un mundo dedicado al placer lejos de las luchas de la corte. Antes de que el poder temporal modificara para siempre el ambiente de la roca, esta servía como lugar de retiro de comunidades religiosas. Tras la derrota del rey rebelde recuperó ese papel. Aún se pueden observar restos de frescos en las rocas que habitaron algunos eremitas.

Pero si hablamos de frescos hay que mencionar las grandiosas cuevas de Dambulla, apenas a 20 km de Sigiriya. Consideradas por algunos la Capilla Sixtina del arte budista, las cinco cuevas del Templo Dorado de Dambulla contienen una colección de arte inigualable, que incluye centenares de esculturas talladas desde los primeros siglos de nuestra era hasta los siglos pasados, y más de 2.000 m2 de frescos religiosos (ver recuadro). Es en ellos donde el estilo pictórico de Kandy alcanza su expresión más sublime.

Milan Chudoba

Mucho más modernos son los restos del reino de Kandy, capital de Sri Lanka desde el siglo XV hasta el año 1815, en que los británicos de apoderaron de la isla. Kandy es, no obstante, por su cercanía en la historia, el estilo clásico en el que se mira el arte cingalés, pues durante los últimos siglos de gobierno independiente definió los estilos artísticos, los rituales religiosos y los parámetros culturales que definían la esencia del ser cingalés. Muchos de sus principales monumentos fueron destruidos durante las guerras contra los ingleses, pero aún se puede disfrutar de la visita al Templo del Diente, el más venerado de la isla, dentro del antiguo Palacio Real, así como las capillas accesorias, los pequeños templos que se encuentran a la orilla del lago, otros situados en la ciudad antigua, y un rosario de ellos –algunos preñados de obras maestras del arte y cultura local– utilizados por la población de las aldeas cercanas en sus ceremonias religiosas. Muchos de esos templos están integrados en la naturaleza marcando un límite difuso entre el mundo natural y el humano. 

Los parques nacionales

Es el mismo límite que separa la vida de las personas de las reservas naturales, pues Sri Lanka es un país sinceramente volcado en la protección de la naturaleza. No solo cuenta con más de veinte Parques Nacionales que ocupan más de 5.000 km2 sino que la frontera entre los Parques y los campos de la gente es tremendamente difusa. Los animales entran y salen de los Parques a voluntad y no es raro encontrarse en las carreteras cercanas con elefantes alimentándose con las hojas de los árboles de la carretera, cocodrilos bañándose en el estanque a la puerta de tu hotel, monos por todas partes y dicen los locales que hasta algún leopardo que te observa curioso en la noche solitaria. De estos parques el más famoso y segundo en tamaño es el de Yala, que con más de 900 km2 ocupa una superficie pegada al océano y aislada en cierta forma de la vida de la gente. Allí viven numerosos especímenes de elefantes, jabalíes, ciervos y renos, monos juguetones, pájaros de brillantes colores y, sobre ellos, el leopardo, el rey del Parque.

Milan Chudoba

La exuberancia de las selvas conservadas en los Parques Nacionales contrasta con la bella regularidad de los campos de té que alfombran gran parte de la zona montañosa de Sri Lanka, pues las creaciones humanas también se funden aquí con la poderosa Naturaleza, y las filas de arbustos que se despliegan creando formas caprichosas en las laderas de las montañas comparten espacio con cataratas que se descuelgan de las cimas rocosas, unos pocos picos no muy elevados y bellas praderas teñidas de verde tropical.

Esa civilización de la naturaleza y los espacios abiertos, en la que la división entre lo humano y lo natural nunca se hace nítida, contrasta con los espacios donde descubriremos los últimos rasgos culturales de la historia de Sri Lanka. Pues la herencia europea, basada en la conquista y el sometimiento de la población local, es una sucesión de piedras y espacios cerrados, de fuertes imponentes, muros inexpugnables, fosas insalvables, una civilización que aísla y se aísla, cuyos mejores exponentes se pueden disfrutar hoy en día principalmente en la fortaleza de Galle, donde el fuerte montado por los holandeses y la mayoría de los edificios de su interior aún se mantienen en pie, y en el distrito de Fort, en Colombo, en el que, aun con las murallas desaparecidas, la severidad de los edificios coloniales de los tiempos británicos contrasta con la anárquica distribución de asentamientos en las zonas que le rodean. 

Travel Wild

Estos vestigios de la presencia europea, siempre a la orilla del mar por donde llegaban, se encuentran en medio de las principales zonas de playas. Como no todo puede ser perfecto en el paraíso, los viajeros que quieran acabar su viaje con el relax de las aguas marinas deberán tener en cuenta la temporada de monzones y saber que mientras que las playas de la zona suroeste están más animadas, su calidad es muy inferior a las de la costa nordeste. 

En definitiva, el viaje a Sri Lanka va a ser una continua fascinación. Una fascinación que tanto en los elementos culturales como en los naturales y lúdicos se presentará al viajero con una realidad asombrosa, una fusión de mundos, una experiencia, seguro, única. 

 

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