Split: la ciudad que vive dentro de un palacio
Parada imprescindible en cualquier crucero por el Adriático que se precie y puerta de entrada a las islas dálmatas de Vis, Korčula, Hvar o Brač, Split cuenta con un centro histórico situado dentro del palacio que el emperador romano Diocleciano mandó construir para su retiro. Allí acabó sus días cultivando coles en su huerto. Y sí, la ciudad hay que vivirla sin prisas, aunque solo se tengan unas horas antes de que el barco vuelva a zarpar.

Split: la ciudad que vive dentro de un palacio / Istock
Año 2002. Roma, Campo de Fiori. Exterior Noche.
Dos jóvenes estudiantes internacionales toman un vino fragolino en la plaza, bajo la estatua de Giordano Bruno y una le comenta a la otra que, al amanecer, se va a pasar unos días a su casa en Split, Croacia.
Tea: ¿Por qué no te animas y te vienes a conocer a mi familia? Si nunca has estado en Croacia, Split te va a encantar; es una ciudad pequeña, pero con mucho encanto. Cogeré el primer tren hasta Ancona y desde allí un ferry nocturno que cruza el Adriático y llega por la mañana. Además, las cabinas con cama son bastante cómodas y muy económicas.

Estatua de Giordano Bruno, testigo de tantas noches y tantos secretos. Roma. / Istock / Juergen Schonnop
Y así, de casualidad y tras una noche de fiesta a la romana, me decidí a aceptar la invitación para descubrir Split en marzo de 2002. La ciudad me enamoró a primera vista, pero fue un encuentro fugaz hasta dos décadas después, que me propuse volver a redescubrirla. La esencia y el encanto siguen intactos, pero la segunda urbe más poblada de Croacia (por detrás de Zagreb) ha vivido un boom turístico debido a la cantidad de cruceros que atracan en su puerto y a su situación como enclave de entrada a las islas croatas.

Split o la ciudad dentro del palacio de Diocleciano. / Istock / Garrett Aitken
Antes de empezar a descubrir la ciudad y sus lugares imprescindibles, el viajero debe saber que Split es conocida como la ciudad de los gatos, aunque a mí lo que más me ha llamado la atención siempre ha sido la hospitalidad de sus habitantes. Quizá sea porque desde la época de Diocleciano, los espalatinos han pasado por las manos de un buen número de gobernantes y se han tenido que ir adaptando a todo y a todos: romanos, bizantinos, venecianos, austríacos, franceses, yugoslavos y, finalmente, croatas. Pocas ciudades europeas pueden presumir de una historia con tantos cambios de bandera. Recuerdo que, en mi primera visita, los padres de mi amiga Tea contemplaron mi pasaporte como si fuera la mismísima piedra Rosetta. Y es que, desde entonces, el país todavía tardó 11 años en ingresar en la Unión Europea.
Se debe empezar a conocer la ciudad por el palacio de Diocleciano, construido a finales del siglo III. Tanto su interior, que corresponde al casco antiguo, como los alrededores, son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1979. Y es que, aunque reciba el nombre de palacio, es en realidad una gran fortaleza que en su día llegó a albergar hasta 9000 personas y que fue construida para el retiro del emperador; de hecho, allí pasó el fin de sus días dedicándose a labores hortofrutícolas.

El casco antiguo de Split corresponde al interior del palacio. / Istock / Liubomir Paut
Levantado con piedra caliza blanca y mármol de las canteras de la vecina isla de Brač, rezuma una opulencia de tal dimensión que los productores de la serie ‘Juego de tronos’ lo eligieron como escenario para rodar su cuarta temporada. Si eres fan de la serie, puedes visitar el museo homónimo que se encuentra en la calle Bosanska 9 y, por supuesto, los sótanos del palacio, donde Daenerys encerró a sus dragones.
Split o cómo vivir en un decorado de película
Pasear por esta joya, que ahora parece más un parque temático, ya no es como hace 20 años (o 24, mejor dicho). El lugar que antes ocupaba un ultramarinos (donde me compré un cacao sabor fresa que no se vendía en España) es ahora una gigantesca tienda de souvenirs. Y la Marmontova Ulica, calle peatonal que une el casco viejo con el paseo marítimo, podría ser cualquier ciudad del mundo, con sus franquicias internacionales, sus restaurantes de comida para llevar o cafés con sus terrazas. Lo único que le da personalidad son las pequeñas galerías de arte locales que, al menos, nos recuerdan dónde estamos.

El parque Marjan ofrece las mejores vistas de Split. / Istock / adam smigielski
Siguiendo dentro del palacio, al cruzar la puerta Aurea, se pueden ver los 5 nichos que albergaron las estatuas de los tetrarcas que gobernaron el Imperio Romano a finales del siglo III. Y aunque el acceso al recinto palaciego es gratuito, sí hay algunos espacios en los que actualmente hay que comprar entrada, como la catedral, la cripta, el campanario, el baptisterio o el museo. Merece la pena comprar un ticket que da acceso a todos ellos, puesto que resulta más económico que adquirir las entradas por separado.
La joya de la corona es el peristilo, una plaza rodeada de columnas, restos de antiguos templos romanos y una de las esfinges que el emperador ordenó traer de Egipto. Aquí es donde Diocleciano recibía a sus súbditos y hoy es, sin duda, el lugar más visitado de Split. También se debe pasear por la porta Ferrea, la de plata, la catedral (que en su día fue el mausoleo del emperador), la cripta, el vestíbulo o el templo de Júpiter, que reconocerás de inmediato porque a su entrada hay otra esfinge egipcia de granito decapitada.

El templo de Júpiter es uno de los lugares imprescindibles de la ciudad. / Istock / demerzel21
Cuando visité Split por primera vez, mi amiga Tea me sacó una foto en un pasaje que conecta el peristilo con el templo de Júpiter. Nada del otro mundo, pero varias décadas después, se ha convertido en un punto imprescindible de la ciudad, ya que para muchos es la callejuela más estrecha de Europa. De ahí su nombre: Pusti Me Proć, que significa ‘Déjame pasar’.
También hay que pasar por Narodni Trg, una plaza rodeada por palacios de familias nobles y presidida por el antiguo ayuntamiento, un espectacular edificio gótico. Allí se puede parar a tomar algo en alguna de sus terrazas. Y, una vez recuperadas las fuerzas, hay que seguir descubriendo otras plazas como la de la República (o Prokurative), inspirada en la plaza de San Marcos de Venecia, rodeada de edificios neo-renacentistas y abierta al mar por uno de sus lados o la de la fruta, muy reconocible gracias a su torre veneciana octogonal y la escultura de Marko Marulić, padre de la literatura croata.

Uno no puede irse de Split sin tocarle el dedo pulgar a la estatua de Grgur Ninski. / Istock / Photokanto
En el centro histórico poco más queda por ver. Eso sí, uno no puede irse sin tocarle el dedo pulgar a la estatua de Grgur Ninski (Gregorio de Nin), el obispo que defendió la lengua croata ante el Papa y la iglesia católica, introduciéndola en las misas durante el siglo X.
Riva: un paseo marítimo con encanto
Y llega el momento de acercarnos hasta el paseo marítimo (que no es el más largo de Croacia, todo sea dicho). De camino hay que parar en el mercado de pescado, el segundo más antiguo de Europa, que, a primera hora de la mañana está en plena efervescencia, vendiendo los cientos de kilos de pescado que llegan del Adriático: langosta, sardinas, anchoas (hay que probarlas en salazón), lubina, pulpo… Y tanto si es la hora de la comida como del brunch, el aperitivo o la marenda (como se llama en la costa dálmata), las tabernas de los alrededores tienen un género fresquísimo. Una de las más populares es Zlatna Ribica, que ofrece uno de los menús de marisco más baratos de la ciudad. A mí todavía se me caen lágrimas como puños recordando su fritura de pescado.

El paseo marítimo está flanqueado por palmeras y multitud de bares y restaurantes. / Istock / benedek
Y, como en las noches de verano, que acaban con un helado y un paseo a la fresca, acabo yo mi segundo viaje por Split. Paseando por Riva, una zona peatonal flanqueada por palmeras y multitud de bares y restaurantes que lo convierten en un punto clave de la ciudad. Aquí se disfruta y se vive la verdadera esencia dálmata, que nos propone vivir en slow life o, como ellos dicen: Pomalo!
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