Sorteando manglares y cocodrilos: así se surca el Black River de Jamaica

El río navegable más largo del país del reggae propicia una escalofriante travesía al paso de su valiosa biodiversidad

Noelia Ferreiro
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De repente aparecen sus ojos saltones, después su lomo dentado y por último su mandíbula prominente. Es fácil cruzarse con cocodrilos en las aguas achocolatadas del Black River. Aquí, en el río navegable más largo de Jamaica, habita una enorme comunidad de estos temidos reptiles americanos que están en peligro de extinción.   Impasibles a la presencia humana, a menudo salen a saludar mientras se surca el curso fluvial a bordo de una barca.

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Aunque desconocido por el gran público, el Black River no es un río cualquiera. Más allá de su nombre intimidante (que, en realidad se debe a la oscuridad de su lecho causada por la descomposición de las capas vegetales), es un río que, en su unión con otros afluentes, conforma la reserva de humedales más grande del Caribe. Una zona pantanosa compuesta de estuarios poco profundos, marismas y la especie más sorprendente: manglares espectaculares con raíces que, como patas de araña, llegan a medir hasta doce metros.

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Cruceros

Hay que dirigirse al sur de la isla del reggae, concretamente en la parroquia de St Elizabeth, para llegar a este río que ofrece cruceros de unos 90 minutos durante toda la jornada. Concretamente Charles Swaby’s, el operador con mayor experiencia, brinda cinco salidas diarias desde la orilla este.

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Pero de todas las opciones, hay que elegir el momento del mediodía, cuando es más fácil y seguro avistar a los cocodrilos. Para ello la embarcación navegará sigilosa mientras un guía desgrana la historia del Black River y su elevado valor ecológico. A saber, el de una rica biodiversidad marina con ejemplares de peces tan extraños como la langosta de río, el róbalo y el pargo de manglar, y con aves tan emblemáticas como la garceta común o el águila pescadora.

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Dulce temor

Todas ellas podrán contemplarse, con un poco de suerte, escondidas tras la vegetación. Pero de lo que no hay duda es de que los cocodrilos harán siempre acto de presencia. Así, avanzando entre plantas tropicales, saldrán al paso estos imponentes reptiles (pueden alcanzar los tres metros de longitud) que, para pavor de los turistas, acabarán flotando justo debajo del bote. Los más osados, con la ayuda del guía, hasta se atreverán a tocarlos. 

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Más allá de los cocodrilos, el paisaje resulta deslumbrante. Especialmente en la desembocadura, donde el verde intrincado se va abriendo para dar paso a un torrente de luz. Irrumpe de pronto el azul turquesa del mar y a lo lejos los colores vivos de las viejas casas coloniales.

Más atractivos por la zona

Este safari en busca de reptiles a menudo se completa con otros dos grandes reclamos jamaicanos, emplazados a corta distancia: las YS Falls y Treasure Beach. El primero consiste en un conjunto de siete cascadas que conforman piscinas naturales encajadas entre la jungla.

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El segundo se trata de una playa en la que, además de nadar en sus aguas cristalinas, se puede tomar una barca para acercarse al Floyd’s Pelican, un bar sobre pilotes emplazado, literalmente, en el medio de Caribe. Es el lugar donde tomar algo y comer una rica langosta a ritmo de la música de Bob Marley.