Solar de aventuras y titanes

Apenas ochenta kilómetros separan Trujillo, cuna de Francisco Pizarro, conquistador del Perú, de Medellín, donde nació el conquistador de México, Hernán Cortés.

Carlos Pascual

Antes de que el oro y la plata de América le cambiaran la cara a Trujillo, ya esta plaza era algo. La Turaca celta, que los romanos latinizaron como Turgalium, los árabes llamaron Taryala y los colonos medievales Truxiello, fue un mercado estratégicamente apostado en una encrucijada de caminos.

La aventura americana -una suerte de lotería a efectos urbanísticos- transformó la villa medieval en un laberinto de piedra agotador para el turista, aturdido bajo el chaparrón de linajes y casas solariegas, iglesias y conventos, escudos, blasones y timbres de gloria.

La manera mejor de salir del apuro es subir a la Plaza Mayor y contratar en la Oficina de Turismo una visita guiada o adquirir el bono que da acceso a media docena de enclaves. El primero puede ser la iglesia de San Martín, frente a la cual campea la estatua ecuestre de Pizarro, del norteamericano Rumsey; dentro de San Martín pueden verse dos manuscritos con sendos autos sacramentales de Calderón, al parecer inéditos (Llamados y escogidosy A Dios por razón de Estado).

No se visitan ni el palacio de San Carlos, que flanquea a la iglesia, ni el de la Conquista (al otro lado de la plaza), con grandiosos balcones de esquina, de tradición andaluza, que se harían populares en América. Algunos de estos palacios están custodiados por monjas (como el citado de San Carlos o el de Pizarro-Orellana, tras las viejas Casas Consistoriales); otros están siendo aprovechados como sede de alguna fundación (palacio de Sofraga) o como hotel (palacio de Santa Marta, abierto hace unos meses por NH como hotel de diseño). Parecida suerte han corrido algunos conventos (el Parador, en el de Santa Clara, o el Meliá, en San Antonio).

La iglesia de Santa María
También han pasado a ser museos tanto conventos como iglesias: la de Santiago es un pequeño museo de la ciudad (con un par de sabrosas leyendas), y el vecino convento de las Jerónimas, un sorprendente Museo del Traje. La iglesia de Santa María (que no entra en el bono turístico) es una visita imprescindible, tanto por su arquitectura como por el retablo mayor de Fernando Gallego o los cuadros de Morales.

Enfrente está la casa de Pizarro, reconstruida sobre lo que hace unos años era un campo de ortigas, referencia obligada para comprender la aventura de Francisco Pizarro y sus tres hermanos y la incidencia cultural (a dos bandas) de la conquista del imperio inca. El castillo, en la cima del cerro berroqueño, e sobre todo un excelso mirador (aunque aloja en sus tripas vacías una colección lapidaria) desde el cual puede leerse la sintaxis urbana de Trujillo.

Una ciudad que ha apostado por un turismo de calidad y que aspira a ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Para llegar a Medellín se puede optar por la vía rápida (la autovía) o bien dar un rodeo por Ibahernando (basílica del Siglo VII a las afueras), Montánchez (castillo de origen almohade) y Alcuéscar, en cuyas inmediaciones se encuentra la basílica visigoda de Santa María, restaurada y acondicionada, una de las mejores muestras de ese periodo en la Península.

Medellín es casi un secreto, menos célebre en cualquier caso que su doble colombiana, a la que dio nombre. Un nombre que le viene de antiguo, del cónsul Quinto C. Metelio, quien fundó Metellium hacia el año 74 a.C. Una calzada romana, que unía Mérida con Córdoba, atravesaba el Guadiana por el puente romano y entraba en la población por la Porta Coeli. De ésta queda algún resto, y también del teatro romano, que espera una excavación en regla en la falda del castillo.

El castillo, el teatro y las iglesias medievales de San- tiago y San Martín integrarán el Parque Arqueológico de Medellín, cuyo centro de interpretación estará en la de Santiago.

La casa de Hernán Cortés
En la de San Martín fue bautizado Hernán Cortés. Su casa natal estaba cerca del Ayuntamiento, frente al cual se alza una estatua del conquistador de México, escoltada por unas cuantas lápidas de retórica hispanidad.

Dicen que bajo la parroquia de Santa Cecilia, junto a la plaza, hay un templo romano, lo mismo que en el subsuelo de las otras dos iglesias. Desde las almenas del castillo se cierne Don Benito, la población más rica y grande de las Vegas Altas.

Merece la pena alargar la escapada, si se tiene gusto por la arquitectura; en efecto, el arquitecto local Emilio Camacho construyó, a principios del siglo XX, un Mercado de Abastos de traza morisca y un palacete convertido en Museo Etnográfico con más de treinta salas, que abrió sus puertas hace cinco años; poniéndonos cursis, podríamos decir de él que es la cárcel de nuestra infancia.

Otro edificio llamativo, junto a la iglesia casi catedralicia de Santiago, es la Casa de la Cultura, diseñada por Rafael Moneo.