Sitges: bienvenidos al pueblo más alegre de la costa catalana

Playas, modernismo catalán y mucha fiesta a media hora de Barcelona

 

Noelia Ferreiro
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Más de 300 días de sol al año y veinte kilómetros de costa con nada menos que 26 playas para todos los gustos. Uno de los festivales de cine más reconocidos de Europa. 48 fiestas al año animadas y coloridas. Todo esto ocurre en Sitges, la pequeña y discreta localidad emplazada a media hora de Barcelona. Un lugar que se ha ganado por derecho propio el título del pueblo más alegre de la costa catalana.

Sitges es también la capital del arco iris. Su apuesta por la tolerancia le ha situado en el olimpo de la escena homosexual, convirtiéndola en uno de los destinos gays más punteros del mundo. No sólo la Sitges Gay Pride sino también su prolífica vida nocturna favorable a la diversidad tienen, en todo el planeta, sonada repercusión.

Gitanna

Aldea marinera

Todo ello sin dejar de ser un apacible pueblo de pescadores dominado por una larga playa, la de San Sebastián, y una majestuosa iglesia, la de San Bartolomé y Santa Tecla, que es un icono del skyline. El resto, un bonito entramado de pueblos blancos que goza de un microclima gracias al cercano Macizo de El Garraf, que ejerce de frontera natural reteniendo la lluvia y favoreciendo el buen tiempo.

Pero tal vez la faceta menos explotada de Sitges es la que concierne a la cultura, que está presente durante todo el año. Para ello hay un nombre propio que está asociado a su historia: Santiago Rusiñol, el pintor, escritor, dramaturgo y coleccionista que se enamoró de este lugar en 1893.

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Y ciudad modernista

Rusiñol no solo dio al pueblo una efervescencia creativa (su casa fue un refugio de intelectuales y bohemios que revolucionaron el pueblo con acaloradas tertulias y fiestas modernistas), sino que además es responsable de dos interesantes museos.

Uno es el Cau Ferrat, con su colección particular, formada no sólo por piezas propias sino también de Ramón Casas, Zuloaga, El Greco… Piezas que componen un tributo al arte en todas sus facetas (desde la pintura a la arqueología, desde la escultura a la forja del hierro) entendido como una forma de vida. El otro es el Museo de Maricel, que ofrece un recorrido por las diferentes etapas estéticas que van del siglo X al siglo XX. 

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Miles de planes

El modernismo, efectivamente, prendió con fuerza en esta ciudad. Especialmente en la Calle Isla de Cuba, que es una suerte de Eixample que imita la cuadrícula de la ciudad condal y en la que aquellos indianos que, con el fin de la colonia, regresaron de la isla caribeña, levantaron suntuosas casas con los cánones de este estilo.

Más allá de contemplar la arquitectura, en Sitges hay planes para todos los gustos. Conciertos, cine bajo las estrellas, teatro y exposiciones de arte suelen conformar su agenda en todas las temporadas del año. Y ello por no hablar delos bares, cientos, donde atreverse a descubrir para la fabulosa gastronomía de esta ciudad. Entre sus platos, ninguno tan típico como el xató, una ensalada de escarola con bacalao, aceitunas y una salsa parecida al romescu. Obviamente, hoy existen algunas limitaciones por culpa de la pandemia, pero esta localidad mantiene su espíritu incansablemente alegre.

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