Siete paradas imprescindibles en la Galia romana

Las riquezas culturales y su vinculación al viejo Imperio Romano han hecho de la región francesa de Occitania uno de los destinos más populares en el país galo. Lugares declarados Patrimonio Mundial de la UNESCO, ecosistemas protegidos por su flora y fauna, ciudades modernas y de moda y otras antiguas, completan la oferta  de la segunda región más grande de Francia.

Javier Carrión
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Pont du Gard, el acueducto

Parece mentira, casi un milagro, que este prodigioso acueducto romano siga en pie 2.000 años después de que lo levantaran los brillantes ingenieros del Imperio. Pero es así, el Pont du Gard, el más alto de todos los que han sobrevivido a la historia con sus 48 metros repartidos en tres niveles, se presenta como la principal atracción turística del Languedoc, en el sur de Francia. Declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1985, el Pont du Gard fue en sus orígenes, hacia el año 50 de la Era Moderna, un acueducto concebido para llevar agua desde Uzés hasta Nimes a lo largo de 50 kilómetros. Alrededor de quince años se emplearon en su construcción y Nimes,  consiguió recibir a diario de más de veinte millones de litros de agua. A partir del siglo IV el acueducto empezó a caer en desuso y en el IX quedó inservible, hasta el punto que los lugareños empezaron a utilizar sus piedras para otros intereses privados. Ya en el siglo XVIII era considerado simplemente un puente más que facilitaba al tráfico a pie para atravesar el río Gardon. Hoy, el puente es el único lugar seleccionado de Francia por la UNESCO para ser una de las etapas de una nueva ruta turística europea, “la Ruta de la Europa Antigua”, que pasa por ocho destinos Patrimonio Mundial: Olimpia y el santuario de Asclepios en Epidauro (Grecia), Stari Grad (Croacia), la antigua ciudad de Nessebar (Bulgaria), Tréveris (Alemania), la zona arqueológica y la basílica patriarcal de Aquilea (Italia).

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Aunque no lo parezca a simple vista, el acueducto actual está formado en realidad por dos. En el siglo XVIII se construyó un puente mas ancho, unido al antiguo, por donde pudo comenzar a pasar el tráfico rodado. La primitiva vía de agua (en la parte más alta con unas dimensiones de 1,80 m. x 1,20 m) ya funcionaba entonces como paso peatonal y hoy, en los inicios del siglo XXI,  los turistas pueden recorrerlo para admirar la extraordinaria calidad de la albañilería.

Arlés, “la pequeña Roma de las Galias”

Aunque fue fundada por los griegos en el siglo VI a.C bajo el nombre de Theline, Arlés alcanzó su apogeo bajo la dominación de Roma. En los siglos IV y V los emperadores la utilizaron como cuartel para sus campañas militares convirtiendo a la que es hoy "puerta principal" de la Camarga francesa en la "pequeña Roma de las Galias". Un viejo legado en el Mediterráneo que cuenta con siete monumentos protegidos por la UNESCO.

Arlés, a 32 kilómetros de Nimes, puede presumir en pleno siglo XXI de sus tesoros romanos. Todavía hoy milagrosamente en pie, el anfiteatro -un inmenso óvalo de 34 hileras de gradas-, el teatro al norte de las Arenas, los baños públicos, la necrópolis, los criptopórticos (galerías subterráneas que servían de base al centro monumental), las criptas del foro… convirtieron en su momento a Arlés en una gran capital romana, a raíz de la victoria de Julio Cesar frente a la Masalia (Marsella) de Pompeyo. La antigua Arelate era entonces un importante puerto por su proximidad al mar y un puesto muy bien defendido gracias a su perímetro amurallado.

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Esa vieja ciudad, que sigue manteniendo su forma de zapato, sobresalía por Las Arenas, el anfiteatro levantado en el año 90 d.C. a semejanza del Coliseo romano. Aquí luchaban los gladiadores bajo la mirada de más de 20.000 espectadores que accedían a través de sus 180 entradas (se conservan en pie casi intactos los dos primeros niveles). En el siglo IX el pueblo se encerró dentro para protegerse de los bárbaros y con el paso de los siglos se creó una ciudad interior con más de 200 casas, que fue demolidas entre 1826 y 1830. Las Arenas pasó a ser un coso taurino y esa sigue siendo su utilidad principal con dos ferias, en Semana Santa y septiembre, que reúnen a los mejores toreros españoles y franceses del momento.

Tampoco fue menor la importancia de Arlés en la Edad Media. Al formar parte de una de las cuatro vías que atraviesan Francia en dirección a Santiago de Compostela, la ciudad vio como se levantaban bellos edificios como la Iglesia de San Trófimo, con su solemne claustro interior románico y su bellísimo tímpano de la Gran Puerta del Oeste que muestra un llamativo conjunto escultórico del Juicio Final. Este pórtico que da a la plaza de la República se salvó de las guerras de religiones y destaca por la expresividad de todas las piezas de piedra.

El refugio de Van Gogh en el sur de Francia

La Arlés moderna, poblada por 53.000 habitantes, está vinculada a dos figuras históricas principales del siglo XIX: Frederic Mistral y Vincent Van Gogh. El poeta provenzal tiene dos monumentos en la ciudad dedicados a su memoria: una estatua erigida justo en frente del Café Van Gogh y el Museo Arlaten, consagrado al estilo de vida en la antigua Provenza, fundado por el propio Mistral  en un antiguo colegio jesuita tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 1904.

Jardín del hospital de Arlés en el que fue internado Van Gogh. | Instants / ISTOCK

Por su parte, Vincent Van Gogh ocupa también un lugar de privilegio en la historia de esta ciudad. Enamorado del cielo azul de estas tierras, el maestro holandés llegó a Arlés el 20 de febrero de 1888. Le acompañaba su amigo Paul Gauguin y su objetivo era doble. Quería crear, por un lado, una escuela de artistas y, por otro, deseaba recuperarse de los problemas de salud derivados de su adicción al alcohol que le creaban serios procesos depresivos. Van Gogh no alcanzó ninguna de sus metas. De sus 15 meses en Arlés quedaron para la historia 300 lienzos. Muchos de ellos se pueden disfrutar gracias a las reproducciones que colocó el ayuntamiento en los lugares donde se supone que el pintor instaló su caballete. El jardín público, el hospital, el café Van Gogh o la necrópolis romana forman parte de ese original circuito peatonal que se puede realizar en esta ciudad regada por el río Ródano.

Toros y caballos en La Camarga

A las puertas de la ciudad de Arlés se abre el delta del Ródano, límite natural de la Camarga, considerado hoy uno de los parajes naturales más bellos de Europa. Resulta muy recomendable acercarse al Parque Natural Regional de Camarga con un paisaje repleto de arrozales, salinas, pantanos, estanques (el más grande es Vaccarès), marismas con cañas (cañaverales) pobladas con flamencos rosas, y landas con salicores por donde galopan los caballos blancos o pacen los rebaños de toros de Camarga, ante la atenta mirada  de cientos de pájaros.

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Durante la visita conviene probar el afamado arroz de la región, ya sea ecológico o convencional, en una variada oferta de platos, acompañada quizás con una cerveza de arroz de tres sabores y colores diferentes: la rojiza (arroz rojo), la blanca (arroz blanco) y la negra (arroz negro). También es muy recomendable la carne de toro de este área, de color rojo vivo y poca grasa, que se emplea en la receta de la "Gardianne de toro".

Nimes, los Juegos de Roma

A partir del 2 de junio, el Museo de la Romanidad abrirá sus puerta frente a Las Arenas. Este nuevo centro de 3.500 metros cuadrados, ideado por Elizabeth de Portzamparc, atestigua con 65 dispositivos multimedia la excepcional calidad del patrimonio de Nimes, una ciudad que ha presentado su candidatura a Patrimonio Mundial de la UNESCO con el programa  "Nimes, l’Antiquité au présent" (Nimes, la antigüedad al presente).

Arena de Nimes. | simarts / ISTOCK

Nimes luce con orgullo el sobrenombre de "La Roma francesa" gracias a sus monumentos milagrosamente en pie, como su gran templo, la Maison Carrée, la Torre Magna, el Castellum Divisorium, el Templo de Diana, la Puerta Augusta y, cómo no, Las Arenas, ese magnífico anfiteatro que todos los años es sede de los Juegos de Roma reuniendo a más de 32.000 en sus gradas como hace dos milenios. Los participantes en estos Grandes Juegos Romanos fabrican sus vestimentas con materiales idénticos a los de la antigüedad en un evento en el que colaboran también arqueólogos, historiadores y todo tipo apasionados del mundo romano.

El estilo “trendy” de Montpellier

Montpellier es una ciudad mediterránea, a menos de tres horas de España, con una amplia población de universitarios –los de Medicina tienen el privilegio de estudiar en la más antigua de Occidente (1180) que también destaca por ser un importante centro tecnológico en Francia. Se trata, sin duda, de un destino cosmopolita y moderno por el que se sienten muy atraídos los parisinos gracias al sol y unas agradables temperaturas, además de  por su extenso patrimonio histórico, cultural y su refinada arquitectura urbana.

Este Montpellier de estilo refinado sigue la estela de una ciudad que no cuenta en sus orígenes con pasado alguno relacionado con los romanos o los griegos pero sí guarda, en cambio, una conexión española pues perteneció durante un siglo y medio (XIII y XIV) a la Corona de Aragón, tras la boda de Pedro II de Aragón con María de Montpellier en 1204. Esa presencia dejó un importante sello que todavía se palpa en esta ciudad llena de callejuelas medievales en su parte más antigua, donde las plazas ocupan el espacio que tenían las iglesias, derribadas en el siglo XVI durante las Guerras de Religión. La más importante de todas ellas es la Plaza de la Comedia, llamada antaño "la plaza del huevo" por su forma y que está presidida por la Ópera y la emblemática Estatua de las Tres Gracias. Pero para palpar el ritmo de la ciudad no hay nada como pasear por su casco antiguo peatonal y disfrutar de las terrazas, mercadillos y tiendas que lo llenan, sin olvidar tampoco una visita a sus pequeños "Campos Elíseos" que desembocan en el Arco de Triunfo (1715), levantado en una de las puertas de la vieja fortificación.

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Otra cita obligada en esta ciudad, ahora comunicada por nuevos tranvías que llevan la firma de Christian Lacroix, es el Museo Fabre, que muestra una de las más bellas colecciones francesas con lienzos de Courbet, Delacroix y Soulages, y otras obras importantes de las escuelas inglesa, italiana, española o flamenca. Por último, nada como entrar en la Iglesia Saint-Roch, un impresionante templo neogótico de 1868 que rinde homenaje al santo patrón sanador de las víctimas de la peste en el siglo XIV.

Pézenas, la ciudad de Molière

A cincuenta kilómetros al oeste de Montpellier, se levanta entre el mar y la montaña una pequeña ciudad real que todavía hoy parece anclada mágicamente en los siglos XVII y XVIII. El casco antiguo de Pézenas así lo confirma con el mismo aspecto que tenía en la época de Molière, uno de sus hijos predilectos aunque no naciera en esta villa poblada hoy por unos ocho mil habitantes.

En 1261 Pézenas consiguió su nombramiento de "ciudad real". Ya entonces desempeñaba un papel económico importante gracias a sus cinco ferias anuales que atraían a comerciantes de toda la cuenca mediterránea. Desde las italianas Florencia o Turín pasando por las principales ciudades de la Provenza y Montpellier, los vendedores compraban en estos mercados especias, monedas, letras de cambio y sobre todo los pequeños paños que hilaban los campesinos del Pirineo. En el siglo XVI los gobernadores de la provincia fijaron su residencia en esta ciudad que fue primero capital política, después capital artística y cultural con las estancias de Molière y su troupe (1645-1657) y, por último, un intento fallido de convertirse en el “Versalles de Languedoc”.

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El olvido posterior de los últimos siglos tendría el efecto positivo de que la ciudad pudo conservar su rico legado arquitectónico y así hoy es toda una delicia pasear por su centro histórico, protegido desde 1947. Aquí encontramos encantadoras mansiones y empedradas calles, repletas de tiendas, talleres artesanales y anticuarios, que desembocan en la Casa Consular, antigua sede del poder municipal. El Hotel Lacoste  (siglo XV), con su maravillosa escalera de piedra, es un excelente ejemplo de estos históricos patios que atraen la curiosidad general, pero en la ciudad existen más de treinta palacetes y hoteles privados que guardan incluso más sorpresas a los visitantes.

Fue, sin embargo, el circunstancial paso de Jean-Baptiste Poquelin (1622-1673), el genial dramaturgo y maestro de la sátira francés, el hecho que ha marcado más la historia de Pézenas. Un monumento, lo más fotografiado de la villa, honra su memoria en la plaza que lleva su nombre. Obra de Jean-Antonie Injalbert en 1897, destaca el busto del escritor con unas imágenes anexas que representan un himno al teatro y en concreto a la comedia.