Sierra y Campiña de Córdoba

Con la agonía de la estación veraniega, se estremece el bello paisaje de media Andalucía, la entregada plenamente al cultivo de la vid; con la agonía del otoño, se galvaniza otra media Andalucía, la que vive del olivo. El "oleoturismo" constituye ya una realidad pujante que acompaña a la febril actividad en las fincas y almazaras de la región.

Foto: Demetrio Carrasco/JAI/Corbis

La aceituna madura a finales de otoño. En septiembre comienza el verdeo o recogida de la aceituna de mesa, mediante el ordeño a mano, o el vareo, para tumbar las aceitunas en sazón. Entre noviembre y diciembre, la actividad en los olivares se dispara. Tractores casi noctámbulos van y vienen del olivar a las haciendas, depositan el fruto en los trojes para su limpieza y lo exprimen con la mayor rapidez, buscando la óptima calidad del jugo. Gestos repetidos desde hace ya milenios, aunque muchos pasos se han mecanizado, se han codificado procedimientos y calidades, y el latido de la tierra ya no empapa como antes los afanes y los sueños del campesino.

No existe una ruta de las almazaras andaluzas, porque el olivo se ha adueñado de los caminos de casi toda Andalucía. Pero hay algunas poblaciones, próximas entre sí, que además del cultivo nutricio cuidan ahora de la cultura del olivo. Museos temáticos, almazaras que abren sus puertas al visitante, fiestas y certámenes, empresas pioneras en oleoturismo. Una de las rutas más instructivas es la que va de la campiña a las sierras cordobesas. Podría comenzar en Montilla, pues aunque esta población es más célebre por sus vinos, lo cierto es que muchos viñedos eran antes olivares. Eso ocurría con la finca que Francisco Bellido compró en los años setenta, y que fue devolviendo a su antigua condición oleícola. Ahora el Molino de Juan Colín (así se llamaba el pago en el siglo XVI), a una legua del centro urbano, es una almazara abierta a las visitas, con un buen museo (Tel. 957 65 08 88 y www.museojuancolin.com) que sirve también de marco para degustaciones o almuerzos camperos .

En el Museo Arqueológico de la plaza de la Rosa -junto a la "bombonera" recuperada del Teatro Garnelo- se puede comprobar que la afición vecinal por el olivo viene de lejos. La ciudad debe muchos de sus escudos a los Fernández de Córdoba (la estirpe del Gran Capitán), y por allí azacanearon Cervantes o el Inca Garcilaso, cuya casa se rescató para que hubiese al menos un memorial suyo. A unos pasos de ella, calle abajo, el convento de Santa Clara posee un apacible compás, con una portada gótico plateresca; el convento se halla unido al palacio de los Medinaceli, que da pena, parece mentira, a estas alturas. Tampoco resulta fácil visitar las iglesias tan interesantes; o va uno a misa, o se queda sin verlas.

Cabra merece una visita más reposada, por sus vestigios históricos y sus ecos literarios (los fantasmas de Pepita Jiménez y de Juanita la Larga, que se sacó de los sótanos don Juan Valera). El Barrio de la Villa, apiñado en torno al castillo de los Condes de Cabra y el templo de la Asunción ("la mezquita del barroco", por sus columnas de jaspe granate), sigue conservando el trazo arisco de su origen moruno. Pero lo que aquí nos interesa son dos cosas que están en la parte nueva: el Museo del Aceite (Vado del Moro, 2. Tel. 957 52 17 71) y el Tren del Aceite (Avda. de Santa Teresa Jornet, s/n. Tel. 957 52 17 71). El primero se encuentra en el Molino Viejo y es, más que otra cosa, una colección bienintencionada, generosa, que los hermanos Juan y Domingo Cobo inauguraron hace apenas un lustro. El Tren del Aceite, en la antigua estación de ferrocarril, ilustra el modo de vida rural en una época en que el campo pesaba todavía.

Para llegar a Baena hay que pasar por Zuheros, que se ha convertido en la "perla" turística de aquella comarca, con su castillo roquero, su museo arqueológico, sus hoteles rurales y la cueva prehistórica de Los Murciélagos. Para el tema que nos ocupa, el reciente Museo de Costumbres y Artes Populares, una colección sorprendentemente amplia atesorada por el antiguo boticario Juan Fernández Cruz, reúne muchos aperos relacionados con el olivo y alguna prensa "de rulos". Hasta Baena, todo son olivares. De hecho la D. O. Baena obtiene su aceite de los municipios de Zuheros, Luque, Doña Mencía y Nueva Carteya, además de Baena.

La capital del barroco
Aunque de nombre romano (finca o fundus de un tal Baius), la localidad de Baena se recorta en el paisaje como una medina arábiga y judía, alba y compacta, derramándose en un cerro en torno al castillo (del que apenas queda la planta) y el templo de Santa María, más un convento de monjas, que usurpan el solar de la mezquita mayor.

En el Museo Arqueológico instalado en la Casa de la Tercia, junto a la plaza mayor o del Coso, se puede rastrear el pasado ilustre de la ciudad, cuyo pedigrí rebasa la marca romana y llega a los colonos ibéricos (Iponuba y santuario ibérico de Torreparedones). Un trovador judío reunió, en el siglo XIV, el Cancionero de Baena (que tanto juego dio a músicos y madrigalistas). Muchos años más tarde vivió (1818-1878) allí otro amante de las letras, el polígrafo José Amador de los Ríos, pionero en estos asuntos de libros y escritos de viajes.

Además del ¿monumento? al olivar, frente a la Magdalena, Baena cuenta con el mejor Museo del Olivar y del Aceite de la zona -sólo lo supera el museo patrocinado por la Junta de Andalucía en Baeza-. El museo de Baena (Cañada, 7, Tel. 957 69 16 41 y en www.museoaceite.es) no es muy grande, pero sí didáctico y bien pensado, y abarca todos los aspectos que pueden interesar, desde los más técnicos (tipos y calidades de frutos y jugos, maquinaria, legislación...) hasta los histórico-culturales: tipos de prensa en las diversas edades, relación del olivo y el aceite con la vida cotidiana, la religión, el refranero, la medicina popular, las canciones folclóricas... Para completar la ruta habrá que internarse de nuevo por la sierra hasta llegar a Priego de Córdoba, que posee la otra Denominación de Origen de la comarca.

Priego no tiene museo del aceite, pero sí uno dedicado al paisaje español, y otro, a su ilustre hijo Niceto Alcalá Zamora, presidente primero de la Segunda República. En el Barrio de la Villa -moruno, como el homónimo de Cabra- se alza el castillo árabe (en fase de recuperación) y la iglesia de la Asunción, que junto con la de la Aurora le han valido el mote de "capital del barroco".