Sidi Bou Said, un lugar sólo para románticos

Esta joya costera de Túnez pintada en azul y blanco está considerada uno de los pueblos más bellos del Mediterráneo

Noelia Ferreiro
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Es probablemente su luz, desparramada desde un acantilado para enredarse después en el azul y blanco de sus casas, la que condensa el alma mediterránea, ejerciendo una atracción irremediable. La misma que ya sufrieron tantos artistas, poetas y músicos venidos de todos los rincones del mundo a admirar semejante belleza. Sidi Bou Said les abría sus puertas y a ellos sólo les quedaba enamorarse.

A sólo quince kilómetros de la capital de Túnez y reposado sobre un promontorio a la orilla del mar, este encantador pueblo envuelto en aromas a jazmín y azahar, este refugio del Magreb pero con un perfil más propio de las islas griegas o de algún pliegue perdido de Ibiza, es un lugar sólo para románticos. Como Jean-Paul Sartre y su compañera Simone de Beauvoir, que amenizaron con sus tertulias aquellos tiempos en que Sidi Bou Said era el destino favorito de la intelectualidad europea.

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Junto a ellos, el arquitecto Le Corbusier, los escritores franceses André Gide y Guy de Maupassant, y el pintor alemán Paul Klee, entre otros muchos, frecuentaron este cautivador rincón tunecino, donde pasaron largas temporadas. Cuentan que incluso a este último, que llegó  decir que el color se "había apoderado" de él nada más atravesar sus callejuelas, se debe el panorama blanquiazul que después sería imitado en otros recodos del Mare Nostrum.

Realidad o leyenda, lo cierto es que el regusto bohemio ha quedado impreso para siempre. En el ambiente de sus pintorescos cafés como Des Nattes o Des Delices, donde los lugareños fuman silenciosos sus shishas, ajenos al trajín de los turistas. En las fachadas inmaculadas que contrastan con esas puertas y ventanas insistentemente repintadas en añil, con geométricos remaches de metal e intrincadas celosías. En la postal perfecta que dibuja la bahía con el mar de fondo sumándose al azul.

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En Sidi Bou Said no hay rutas establecidas ni visitas obligatorias. Y más allá de sus mezquitas y palacios, todo será perderse sin rumbo, caminar sin mapa, dejarse seducir por sus esquinas más fotogénicas, descubriendo a cada paso una sorpresa. También detenerse a tomar un delicioso té a la menta (o, en su defecto, con piñones) en alguna de esas terrazas que se precipitan en cascada hacia las aguas. O poner a prueba el arte del regateo en los numerosos puestos de artesanía que copan la avenida principal, donde las mujeres insisten en decorar las manos con henna.

Trazado a la medida de un paseo, este enclave coqueto y apacible, como alejado del mundo, suele formar parte de los viajes organizados por Túnez. Pero esta es sólo una de sus modalidades de acceso. Muchos otros visitantes se las apañan para coger un tren desde la capital y llegar en algo más de media hora. Es, tal vez, la mejor manera, en plena libertad y sin el corsé de los horarios. Porque puede que Sidi Bou Said atrape tanto… que uno no desee abandonarlo.