Sicilia, crisol de culturas

Los tópicos y los chismes han borrado con humo de pólvora sus verdaderos perfiles. La isla mayor del Mediterráneo es mucho más que la patria de campesinos emigrados. Sicilia representa el crisol donde han fundido lo mejor de sí todos los pueblos que han cruzado la historia del Mare Nostrum. Todos dejaron algo en esta isla italiana, de una geografía castigada por el humor de los volcanes y el ruido de sus tripas; una tierra tan variada y opulenta en vestigios como discreta y mal conocida.

Carlos Pascual

Es sólo una isla, pero vale por un continente. Como esos cuerpos siderales e ignotos donde lo que cuenta es la densidad, sin importar el tamaño. Lo tiene todo en paisajes, en clima, en historia, en revuelo de culturas; no sólo por los pueblos que han rodado sobre ella sino, además y sobre todo, por la proyección de ese poso cultural en expresiones de arte, ya sean estilos de arquitectura, piezas literarias, música, ópera o gastronomía. Es, en definitiva, como una clave de bóveda del complejo artificio mediterráneo.

Se habla mucho en estos tiempos de la alianza de civilizaciones. No es que todos los pueblos que arribaron a Sicilia fueran voluntarios o cooperantes de ONG, pero entre tortas y bofetadas llegaron a cuajar algunos frutos de mestizaje que pueden servir, ahora mismo, de ejemplo a tener en cuenta. La primera gran marmitada es la que hicieron los griegos, que emulsionaron los jugos previos de sículos, fenicios o cretenses, para posteriormente ligar con su propio fondo el caldo tardío de romanos o cartagineses. Más significativa es la síntesis que llegó a florecer de los modos y maneras de árabes, bizantinos y s, haciendo que la isla viviera uno de esos destellos milagrosos en que la historia parece espuma. Sin menospreciar otros ingredientes posteriores -de alemanes, franceses, catalano-aragoneses o los propios "invasores" garibaldianos que unificaron el país-, lo cierto es que el mapa de Sicilia, que asemeja un tricornio (Trinacria fue uno de sus apodos), podría grosso modo partirse en dos mitades (desiguales): en las riberas oriental y meridional predomina la herencia griega (hay más restos griegos aquí que en la propia Grecia); en la parte noroccidental es donde hay que buscar la rareza del arte árabo-normando. Los polos efectivos de esas dos porciones son las ciudades de Palermo (la capital) y su rival, Catania.

A efectos prácticos, insisto, porque oficialmente la isla, con una población de seis millones, está dividida en nueve provincias, con sus respectivas capitales. Y el centro (descentrado) de ese mapa no podía ser otro que el volcán Etna. Un centro mítico más que geográfico. En ese averno encerró Zeus a los Cíclopes que quisieron adueñarse del Olimpo; con el aliento de esos gigantes atizaba Vulcano su fragua; el filósofo Empédocles se arrojó a su vientre para investigar más a fondo, y el jesuita Andrea Massa demostró, en pleno Renacimiento, que allá abajo se encuentra el infierno del que habla el catecismo.

El volcán bueno, le llaman. Pero no lo es tanto. Cada tres años, más o menos, lanza un gruñido. Y alguno ha resultado mortífero, como el de 1669, que devastó Catania. Los últimos peligrosos ocurrieron en 1992 y 1998, y cualquier día vuelve a los telediarios. Pero es verdad que la lava se detiene en cuanto le ponen delante una madonna o una capillita. En 1886, el río de magma se detuvo al tocar el manto de Sant''Agata, que sostenía desafiante y muy torero el obispo de Catania; lo cuenta como si lo hubiera visto Giovanni Verga en su relato La angustia de una aldea .

Quizá para tener contento al volcán, tanto el cono como su entorno (que incluye un centenar de conos secundarios y un cinturón de pueblos) han sido convertidos en Parque Natural. En invierno, las barbas del ogro son vulgares pistas de esquí. Lo mejor es ir en primavera, cuando genistas y valerianas tintan de gualda las laderas. Se puede caminar casi hasta las fauces del monstruo, acompañados, eso sí, por guías que vigilan y muestran los arabescos de escoria petrificada, las fumarolas y llagas de azufre, incluso coladas hirvientes, como arroyos de fuego que fluyen con peligro bajo las botas de los turistas.

Hay un tren, llamado Circumetnea, que parte de la ciudad de Catania y tarda unas tres horas en completar el anillo. El mismo recorrido se puede hacer por carretera. Entre las cosas interesantes a descubrir están los pistachos; un cultivo que introdujeron los árabes, al comprobar que esos árboles magros crecían sobre la antigua lava sin más cuidados. Ahora son una fuente de riqueza (el kilo sale a unos 30 a), tanto o más que los vinos con denominación de origen Etna, que maduran en las lomas más bajas y meridionales.

Entre los pueblos del Etna, es interesante sobre todo Randazzo; a pesar de estar a sólo 15 kilómetros del cráter, su estratégica posición le libró de daño en todas las erupciones, por lo que ha conservado su osamenta medieval. Tres comunidades (volvemos a lo de antes) convivían en Randazzo, y cada una tenía su propia lengua, su barrio y su duomo; los latinos residían en torno a Santa María; los griegos, por San Nicolás, y los normandos, junto a San Martín. Tres templos que las guías describen como "gótico catalán". Desde la calle mayor, orillada de palacios, se cierne el ojo humeante del Etna, y los yerbajos que sofocan las cuatro piedras del palacio real; en él se alojaron Blanca de Navarra o Carlos V, ya que constituía la residencia de verano de los reyes aragoneses.

Aparte de su alcurnia y tras haber sido centro de mercado, Randazzo domina desde su zócalo el hondón por el que discurren los dos ríos del volcán, Simeto y Alcántara. Este último, al abrirse paso entre las coladas fósiles, forma uno de los parajes mágicos de Sicilia, las gargantas o gole d''Alcántara . Un báratro singular de cascadas, pozas y caprichos de agua y roca que se pueden disfrutar enfundados en trajes de goma (y pasando previamente por taquilla).

La magia del río conduce hasta Giardini-Naxos, en cuyas playas fuera abandonada Ariadna (y andan sueltos ahora Teseos bronceados, de ligue); es la que llaman "ribera de los Cíclopes". Es decir, el cogollo del hemisferio heleno antes aludido. Porque es allí donde empezó la aventura griega en la isla (y la historia del turismo, podríamos decir): un tal Teocles naufragó en las playas de Naxos, y aquello le pareció tan fabuloso que tornó a Grecia, convenció a algunos paisanos y regresaron para fundar Taormina, en el año 736 antes de Cristo. Luego fundarían Tíndari, Catania, Siracusa, Gela, Selinunte..., ciudadesestado a imagen y semejanza de las polis de la metrópoli.

Taormina es posiblemente la gema preferida por los turistas que arriban a la isla. Desde que fue "descubierta" por Goethe (en su Viaje de Italia), todos los románticos y espíritus sensibles sintieron la obligación de peregrinar hasta allí a través de un viaje iniciático. El ejemplo ha cundido, demasiado. En verano, sobre todo, aquello constituye un hervidero, pese a los hoteles prohibitivos y tiendas de buen tono cuyo sólo roce funde las tarjetas de crédito.

Pero es que el lugar vale la pena. Cuando al erudito Huysmans le preguntaron en qué consistía el genio griego, contestó que en haber elegido el cogote de Taormina para instalar allá arriba un teatro, con el Etna de telón de fondo y las arenas de Naxos como alfombra. Aparte del teatro, hay palacios góticos, una catedral rechoncha, muchas cosas. Pero el ambiente es lo que cuenta, selecto siempre, como si allí el buen gusto se contagiara, incluso a las muchedumbres.

Una postal pareja a la de Taormina, con el caserío en volandas sobre rocas que parecen grabadas a buril, es la que ofrece Tíndari. Sólo que allí la huella griega queda paliada por el halo de fervor que despierta una Madonna llorona y milagrera (no es la única: otra virgen de yeso derrama lágrimas en Siracusa, bajo un horrible santuario con ínfulas vanguardistas). En el estrecho que separa a Sicilia del resto de la bota italiana, la infortunada Mesina (Goethe), rehecha tras un terrible seísmo, asiste impasible al febril azacaneo de los barcos, y deja pasar las horas en un reloj con mucho cuento (la hazaña de dos heroínas en la guerra de "las Vísperas sicilianas"), cerca de una iglesia del siglo XIII que se llama Annunziata dei Catalani.

Por bajo de Taormina, llaman la atención unos peñascos o faraglioni que surgen del mar, entre Aci Trezza y Aci Castelo; dicen que son los pedruscos lanzados por el cíclope Polifemo a Ulises, cuando éste huía después de haberle clavado una estaca en su único ojo. En Aci Trezza se celebra un carnaval tan célebre, por lo menos, como el de Niza; pero no hace falta aguardar a esas calendas para encontrar en la piazzeta, delante de la falsa catedral gótica, un ambientazo de terrazas y gelateríe; por cierto, en toda esa ribera se confeccionan los mejores cannoli de Sicilia, unos deliciosos canutos crujientes rellenos de queso fresco y miel que valen por sí solos el viaje hasta la isla.

Catania, a sólo un paso, es uno de los secretos mejor guardados de Italia, y una de sus ciudades más fascinantes. Y no sólo por su pulcro urbanismo (fue recompuesta tras una destrucción casi total por la furia desatada del Etna) sino, sobre todo, por su vivacidad: el mercato de pesce que invade las callejas próximas a la catedral constituye un espectáculo primitivo y humano, difícil de ver ya en otros lugares del Viejo Continente, lo mismo que los zocos de hortalizas y frutas, o de carne, de sabor oriental.

Para los amantes del arte hay citas ineludibles. Como la Vía Crocíferi, que reúne en corto tramo tal cúmulo de iglesias y palacios que parece una bambalina de ópera barroca. Claro que, para ver ópera de verdad, habrá que pasarse por el Teatro Massimo, una joyita que se mide sólo con el Teatro Massimo de Palermo. Hay mucha afición aquí, no en vano estamos en la patria chica del "Cisne de Catania", el padrino del bel canto, Bellini; pese a lo corto de su carrera (murió a la edad de 32 años), dejó títulos tan de repertorio como Norma, La sonnambula, I Puritani y muchos más. Su casa museo es modesta, pero ejerce la irradiación de un santuario o lieu de memoire .

Pese a su coraza moderna, afloran de súbito en Catania girones de carnadura antigua. Te metes, por ejemplo, en un portal y apareces en un teatro griego al aire libre, rodeado de corralas y ropa tendida. O vas al santuario de Sant''Agata, la patrona de la ciudad, y el suelo se abre para dejar al desnudo el circo romano en que fue martirizada. Pero si se trata de ver restos antiguos a granel, hay que ir a Siracusa.

La propia catedral de Siracusa no es más que un templo griego forrado con paredes y altares barrocos. Lo que parece un estanque municipal, cerca de ella, resulta ser la fuente Aretusa, uno de los surtidores más sagrados del mundo clásico. Éstos y otros restos se alzan sobre una lengua conocida como península Ortigia; en tierra firme, dentro de un parque llamado Neápolis, se encuentra el teatro griego más grande jamás construido (se sigue utilizando, en festivales de verano), además de un anfiteatro romano, la tumba de Arquímedes y unas canteras que llaman Latomías; una de aquellas galerías fue bautizada (dicen que por Caravaggio) como "la oreja de Dionisio", ya que el célebre tirano de Siracusa se las ingeniaba, con conductos y artimañas, para escuchar desde palacio los chismes de sus súbditos. Hay muchos restos vetustos en ese pico de la isla. Algo muy llamativo es Villa Casale, un soberbio edificio romano de época imperial, solado con mosaicos que recuerdan a los talleres de Túnez; el morbo de esos suelos está en que algunas doncellas lucen una prenda equivalente al moderno biquini. Las ciudades de Noto y Ragusa, pese a su origen antiguo, ofrecen un contrapunto exultante de arquitectura barroca, como para desengrasar un poco de tanto helenismo.

Pero todavía queda lo más suculento de la herencia griega: el doble festín de Agrigento y Selinunte, con Segesta de postre. Frente a la moderna y desgarbada Agrigento, en el llamado Valle de los Templos se extiende la antigua Ákagras , con no menos de siete templos, arropados por barrios helenístico y romano, tumbas, villas y otros muñones venerables; algo que hizo exclamar a Píndaro, en su día, que aquella era la más hermosa de cuantas urbes habitan los mortales. El templo de la Concordia es el más entero, y el de Júpiter, que iba a ser el mayor santuario griego jamás edificado, no se terminó nunca; sus sillares sirvieron de cantera para armar, en la orilla, el Porto Empédocle, adonde iría de pequeño a pescar el nobel Pirandello (su casa está arriba, algo apartada, y sus cenizas, bajo un pino).

El conjunto de Selinunte es todavía más apabullante. Por el enorme recinto, con el mar como telón de fondo, se desparrama un galimatías de muros, calles y templos, de cuyos dioses inquilinos no tenemos ni idea, así que los templos se denominan por letras; hizo falta medio alfabeto para designarlos a todos. La destrucción de Selinunte fue culpa, en buena parte, de la enemiga Segesta; en una de aquellas trifulcas vecinales, a los de Segesta no se les ocurrió otra cosa que pedir ayuda a los cartagineses, que esos sí que eran enemigos de todos los griegos; así que destruyeron Selinunte y, de paso, también Agrigento y el resto de ciudades. En Segesta sólo queda ahora un templo solitario, sobre un cerro arropado por una campiña cerealista: aquella parte de la isla era el granero de Roma, como bien sabía el propio Miguel de Cervantes.

A poniente de Segesta, muy cerca, queda el tráfago marítimo de Trápani, con los barcos que parten hacia África o Nápoles, pero también a las islas Égades. A Trápani le dieron riqueza sus salinas (aún pueden verse algunas) y sus tonnaroti, pescadores de atunes por el mismo sistema de almadrabas que se practica en Cádiz. En Marsala, muy cerca, un ciudadano británico llamado John Woodhouse puso a punto un vino semejante al oporto y al jerez, con un éxito a prueba de siglos; cualquier restaurante italiano incluye ahora en su menú unosscalopine al marsala.

Palermo derrocha esa desmesura que es un poco imagen de marca de la isla. Su propia posición, en un golfo amplio y luminoso vigilado por susantuzza Santa Rosalía desde un excelso santuario, tiene algo de excesivo. El casco viejo, sin embargo, presenta un recostramiento de zoco oriental que recuerda lo más singular de la urbe: fue aquí donde Oriente y Occidente soldaron en un abrazo el refinamiento de los árabes y la disciplina de los normandos. Ese arte árabonormando tiene sin embargo su máxima joya en Monreale, a escasos kilómetros de Palermo, sobre un monte real que domina la llamada Conca d''oro (por los limones plantados por los árabes en torno a Palermo). La catedral de Monreale es, por dentro, como un chaparrón de oro que empapase a los profetas y apóstoles bizantinos de sus mosaicos; en el claustro, el estilo árabo-normando roza la perfección.

Otra catedral parecida del gran Roger II puede verse, siguiendo el litoral, en Cefalú, un pueblo mediterráneo casi arquetípico, crecido al abrigo de un cabezo (kefalión en griego), y que es, como Taormina, otro de esos vocablos mágicos al que los viajeros de raza se confían, como un talismán secreto o sortilegio. Cefalú representa, en definitiva, uno de esos puntos geográficos donde se dan las premisas necesarias para encontrar la dicha. Un caso, por cierto, que en esta isla continente que es Sicilia ni es único, ni es tan raro.