Shanghái se viste de largo para la Expo 2010

En los últimos años Shanghái ha experimentado una impresionante transformación económica, social y demográfica. Los oscuros edificios de antaño han dejado paso a uno de los más bellos complejos residenciales del continente asiático. La Exposición Universal de 2010 representará su gran fiesta de puesta de largo.

Pedro Ceinos

Durante los últimos 20 años la ciudad de Shanghái ha experimentado un crecimiento espectacular. Es el modelo y pantalla de ese desarrollo chino que ante el asombro del mundo ha hecho pasar a su economía desde una humilde posición a la tercera más importante del planeta. Ese crecimiento concluye con la preparación de la Exposición Universal de 2010, un proyecto vital que no sólo significa la destrucción de esos viejos almacenes y barrios más deteriorados, situados a la orilla del río, y la construcción de una magnífica área residencial, sino que también simboliza el final de la transformación de una ciudad que nació con una vocación comercial y marinera y se ha convertido ya en uno de los grandes centros financieros internacionales.

Shanghái, más que una urbe, es un cuento que se narra a sí mismo ante la mirada de asombro de sus propios habitantes, un cuento del que los empresarios y comerciantes que la visitan asiduamente apenas pueden vislumbrar sus líneas generales. Un cuento, como todos ellos, lleno de alegrías y tristezas, de episodios maravillosos y otros trágicos. Un cuento, no obstante, que deja en sus lectores la sensación de haber asistido a un espectáculo único.

El cuento de Shanghái empieza por el Templo de los Dioses de la Ciudad (Chenghuangmiao), como se conoce a su zona antigua, la situada alrededor del jardín Yiyuan, sigue por el Malecón, donde se establecieron los ingleses tras la Guerra del Opio, hace un breve paréntesis en el Templo del Buda de Jade, continúa con la calle Nanjing y la calle Huaihai, las más importantes respectivamente de la concesión inglesa y francesa, y acaba con el distrito nuevo de Pudong, el barrio de Xintiandi y las novedades de ese Shanghái vanguardista.

El jardín Yuyuan -un oasis de paz cerca de la antigua muralla- y el Templo de los Dioses de la Ciudad, que a pesar de estar pegado al jardín y mostrar un interesante ejemplo de los cultos populares chinos habitualmente no se visita, forman la parte principal de la ciudad antigua de Shanghái, esa urbe protegida por una muralla, cuyas construcciones tradicionales eran morada de una población dedicada al comercio y a la industria.

Ya en el siglo XVII, los primeros viajeros occidentales que conocieron Shanghái se quedaron admirados por encontrar en la ciudad más de 15.000 telares. Y es que desde que en el siglo XIV la ya legendaria Huang Po trajo del sur de China las técnicas del tejido de algodón, Shanghái se transformó en el principal centro textil de la región. Su vocación comercial era si cabe más antigua, pues su fundación está relacionada con el comercio de las sedas de la próspera Suzhou.

El jardín Yuyuan es uno de los más bellos de China. Es sorprendente que en sólo media hectárea consiga reunir tanta variedad de paisajes diferentes. Cada corredor que zigzaguea entre sus estanques y patios proporciona al visitante una visión única, un paisaje irrepetible. En realidad es como un pequeño laberinto que con sus continuas circunvalaciones persiguiera hacer perder al visitante la noción del tiempo y el espacio, como si esa obsesión por proporcionar todas las visiones posibles fuera capaz de transportarle a otra era, a una dimensión mágica donde la alegría fuera obligatoria.

Tal vez para hacer juego con ese jardín de la alegría (como se traduciría su nombre), los alrededores se han restaurado al estilo de esa dinastía Ming con la que la zona tomó su primera forma, proporcionando al viajero una interesante variedad de ambientes, todos ellos destinados a un aprovechamiento comercial eficiente que, no obstante, por el interés de sus productos no dejarán a nadie indiferente. El que quiera escaparse de la algarabía de la calle sólo tendrá que tomarse un té en la casa situada en medio del lago, una construcción original perfectamente conservada; o bien refugiarse en los patios menos visitados del jardín.

El cuento prosigue con la derrota de China en la Guerra del Opio y la apertura de Shanghái al exterior. En esa época la ciudad amurallada estaba tan densamente poblada que los ingleses, a pesar de haber conquistado en la guerra el derecho a asentarse en la misma, prefirieron alquilar unos campos un poco más al norte, en la misma orilla del río Huangpu. Allí fueron estableciendo primero los almacenes necesarios para su comercio y, acto seguido, los edificios característicos de la ciudad colonial.

Esas construcciones continuamente mejoradas a lo largo de la orilla del río constituyen lo que hoy conocemos como Bund o Malecón. Una calle que, experimentando un desarrollo paralelo al de la propia ciudad, llegó a la Revolución China de 1949 con el mejor conjunto arquitectónico de estilo occidental fuera de Occidente.

El Malecón, con sus magníficos edificios -especialmente interesantes por la mañana y por la noche-, es sólo la punta del iceberg de una ciudad colonial que podría clasificarse de ensueño, pues, según algunas estadísticas, entre esa zona emblemática del Malecón, las calles de la segunda fila tras el río, las otras vías aledañas y las que se alejan hacia las afueras al oeste de la ciudad, hay más de 3.000 edificios singulares merecedores de protección municipal.

Ese Malecón que forma un todo con la calle Nanjing, a lo largo de la que estaba organizada la vida en la concesión inglesa, se vuelca al río sin tapujos, y si sus edificios más importantes semejaban erguirse a su orilla para recibir la riqueza que por él llegaba, hoy, con esas transformaciones que proporciona el tiempo, convertidos muchos de ellos en centros de ocio, permiten soñar con los lejanos destinos de los que proceden sus barcos. Y si bien esta calle Nanjing era la principal de la concesión británica, la calle Huaihai lo era de la concesión francesa, pues hasta el año 1949 Shanghái estaba de hecho dividida en tres ciudades: la china, la británica y la francesa.

El área que se va abriendo a lo largo de esta avenida presenta un entramado de calles laterales características del Shanghái de entreguerras, con unos pocos shikumen, que es el nombre con el que se han bautizado a las construcciones características de Shanghái, pues pese a ser erigidos a principios de siglo XX en la zona occidental para acomodar a población china, tienen una curiosa mezcla de estilos, con miríadas de chalecitos de muy diverso estilo y tamaño salpicados todavía entre las casas de pisos que recuerdan los tiempos comunistas.

Es curioso ver aparecer de pronto, como surgidos de un cuento, edificios singulares, extravagantes, testigos de todos los eclecticismos, campanarios retorcidos de iglesias rusas -como en la iglesia ortodoxa de Gaolan lu-, mansiones protegidas por columnatas neoclásicas -como en el antiguo palacio del gobernador francés en Fenyang lu o la Mansión Kadoree en Yanan Lu-, torres caprichosas al estilo del norte de Europa -como la Mansión Moeller, ahora hotel-, mansiones que parecen sacadas de la campiña inglesa -como la de Morris, hoy Hotel Ruijin-, y otras muchas que muestran claramente que Shanghái fue una ciudad cosmopolita y cada uno de sus habitantes adaptaba la ciudad a su medida intentando convertirla en su hogar.

Un hogar al que cada uno llevaba su religión y sus creencias, convirtiendo a Shanghái en uno de esos lugares mágicos donde las religiones han convivido en un ambiente de respeto y concordia: católicos, protestantes, ortodoxos, musulmanes, budistas, confucianos o taoístas, todos cuentan con templos dedicados a sus deidades.

Entre ellos destaca la Catedral de San Ignacio, construida poco después de la finalización de la Guerra del Opio sobre unos terrenos de una familia católica, y, sobre todo, el Templo del Buda de Jade, un recinto budista situado al norte de la zona británica que cuenta no obstante con todos los elementos preceptivos de la iconografía clásica. Destacan sus dos figuras de jade blanco, traídas de Birmania en el siglo XIX, y sus continuas actividades religiosas, especialmente multitudinarias en las fiestas budistas, que permiten al viajero asomarse, siquiera levemente, a los misterios de esta religión.

Tras la revolución de 1949, Shanghái dejó de ser un cuento. La capacidad industrial de la urbe fue aprovechada por las autoridades comunistas para poner en marcha el país y sólo hubo tiempo para trabajar y trabajar, aunque su condición portuaria siguió proporcionando para los pocos marineros que la visitaban un ambiente misterioso y exótico donde las aventuras no faltaban. De todos esos años sólo hay un monumento: el Palacio de Amistad con los rusos, que se yergue en medio de la calle Yanan.

El último capítulo de este cuento se inicia en 1989 con el desarrollo de Pudong y, aunque su influencia se hace sentir como una ola a lo largo de toda la ciudad, donde surgen edificios deslumbrantes como los que se encuentran en torno a la Plaza del Pueblo, no cabe duda que el protagonismo lo acapara esa zona más allá del río, que antaño fue morada de campesinos.

En Pudong (literalmente "este del río") se han levantado en un tiempo récord una serie de edificios, auténticas obras maestras de la arquitectura moderna, que han convertido a esta zona en un museo único. La Torre de Televisión Perla de Oriente, el edificio Jinmao, el Palacio de Congresos, la Bolsa de Shanghái o el Centro Internacional de Finanzas han pasado a erigirse en verdaderos iconos de la globalización. Otras construcciones no tan famosas, como el edificio del Banco de China o el del Hotel Gran Meliá, brillarían con luz propia en cualquier ciudad que no fuera Shanghái.

Con la Exposición Universal, este cuento en que la vieja ciudad se viste de largo parece concluir. Con el desarrollo de las orillas del río, antaño reino de grúas y almacenes, su pasado industrial y comercial habrá cedido el paso a ese futuro centro mundial del comercio y de las finanzas con el que sueñan sus dirigentes políticos.