Senegal, la puerta más amable de África

Situada de cara al Atlántico, en el extremo occidental del continente africano, a tan sólo cuatro horas de vuelo de España y considerada por muchos como la puerta más dulce de entrada al África negra, Senegal tal vez no contenga lo más espectacular del continente, pero sí ofrece una de las acogidas más amables que se pueden esperar de un mundo tan diferente al nuestro. La mítica atracción que ejerce su turística capital, Dakar, hace que muchos se vayan sin tan siquiera sospechar los sorprendentes tesoros que guarda el resto del país. A la gran variedad geográfi ca de sus paisajes, hay que añadir la alegría de sus tranquilas aldeas interiores, el intenso colorido de sus pueblecitos pesqueros y la misteriosa cadencia con que siguen respirando sus tribus más ancestrales.

Jaime González de Catejón

Algunos han visto en el dibujo de su mapa el perfil de un rostro sonriéndole al océano, con la antigua capital norteña de Saint-Louis como ojo, Dakar situada en la punta de la nariz, y la boca formada por el ancho curso del río Gambia, cuyas orillas pertenecen en su mayoría al país del mismo nombre bajo el cual continúa la barbilla senegalesa. A la cartografía de Senegal le pasa un poco como a la española: ambas se trazan habitualmente junto a un país vecino del que parecen inseparables; es más, por lo general es difícil encontrar una guía de Senegal que no incluya a Gambia en sus páginas. Pero, aparte de esta peculiaridad, lo que todos los textos escritos sobre Senegal desvelan sin ninguna excepción es el mayor de sus secretos: el simpático y cálido carácter que poseen los senegaleses. Acogedores y cordiales, con un profundo sentido de la hospitalidad -la teranga, en lengua wolof- sorprenden al viajero, especialmente en las zonas más rurales y alejadas de los núcleos urbanos, donde aún no se ha perdido el que podríamos considerar como uno de los valores más arcaicos de la humanidad.

Varios vestigios megalíticos, como, por ejemplo, el de Ngayene -recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad- o el de Wanar, dan fe de la antigüedad del hombre en Senegal. Estos inexplicables círculos pétreos invitan a reflexionar sobre los siglos de permanencia y mestizaje humanos acumulados en un país que es ante todo rico en etnias y tradiciones. Innumerables poblados y aldeas se diseminan por todo el territorio, ocupado por individuos de diferenciadas fisonomías y costumbres según una zona u otra.

Los wolof, cuyo idioma es el más extendido, constituyen la etnia mayoritaria -un 40 por ciento- y están presentes en mayor o menor medida por todo el país. Principalmente musulmanes, mantienen, como la casi totalidad de la población, el uso de ancestrales amuletos, los gris gris. Antiguos cultivadores de mijo y cacahuete, su rápido entendimiento con la comunidad colonial europea los dejó, tras la consecución de la Independencia nacional en 1960, como herederos del aparato administrativo y burocrático del país. El segundo grupo en importancia numérica -un 20 por ciento- lo conforman los peul. Enigmáticos por su incapacidad de asentarse, recorren desde hace siglos las sabanas con sus rebaños de cebúes, aunque se localizan principalmente en la esquina suroccidental de Casamance.

A lo largo de la costa, encaradas al inmenso océano, destacan las vibrantes y dinámicas aldeas de pescadores. Cercana a las imponentes y bien resguardadas playas de Saly Portudal -uno de los enclaves más turísticos de Senegal- se halla Mbour, con su afanoso puerto cuajado de piraguas, cinceladas en medios troncos de baobab, y sus odoríferos chamizos, donde se salan y ahúman los relucientes peces recién robados al mar y desembarcados en las playas cada atardecer.

Debido a un perdurable aislamiento geográfico, los grupos sociales más extraños e interesantes por sus arraigadas tradiciones se concentran en la zona más oriental del sur senegalés. Bassari, bedik y coniagui siguen anclados en el tiempo, conservando atávicos rituales y un alto grado de animismo y superstición. Acostumbrados a la caza, las restricciones actuales les han obligado a transformarse en agricultores y recolectores, y así, junto a los milenarios ritos de iniciación recrean vistosas ceremonias para augurar buenas siembras y festejar las cosechas. La enorme riqueza cultural de estos pueblos, antaño considerada por el resto de senegaleses como signo de subdesarrollo, está empezando a despertar un gran interés, más aún desde que existe la carretera asfaltada que une Dakar con Kédougou. La mayoría de touroperadores suelen presentarlos como el plato fuerte de sus programas. Subir hasta sus aldeas requiere habitualmente un par de días de rutas sinuosas que sólo pueden recorrerse en vehículos todoterreno o a pie.

Sin embargo, una de las maneras más fáciles de ver un buen compendio de estas etnias consiste en acudir al colorido mercado local de Kédougou. Entre fuertes aromas de especias, los bassari y los bedik, con sus afiladas púas de erizo adornándoles la nariz, intercambian productos con los seul o ponen a la venta sus tradicionales collares de abalorios, y más tarde, al anochecer, los bailes de los jóvenes se impondrán sobre los sonidos secretos del caudaloso río Gambia.

A pesar de las notables diferencias que las distinguen, un signo común de todas estas etnias radica en la sentida y respetuosa hospitalidad que invariablemente brindan al visitante, siempre y cuando, por supuesto, no se cometan los clásicos abusos invasivos... Algunas de ellas -las más cercanas a los enclaves turísticos más frecuentados por los viajeros- se han acostumbrado con toda naturalidad al acoso fotográfico, que los niños no dudan en transmutar en alborotadas y risueñas peticiones de cadeaux y bombons -regalos y caramelos-, respondiendo el uso del idioma francés al largo periodo de colonización, cuyas huellas se dejan sentir todavía con fuerza.

Pero si la calidez de estas gentes sobrepasa todos los valores nacionales, tampoco hay que desestimar la belleza de sus diversos paisajes, otra de las grandes maravillas de Senegal, aunque no compita con los enfáticos paisajes del África más profunda. Entre las llanuras semidesérticas del norte -con sus desperdigadas plantaciones de mijo y cacahuete- y el frondoso verdor tropical de la espesa y oscura selva sureña de Casamance -con sus majestuosas ceibas, sus altos fromagers y sus amplios arrozales- se extienden los grandes ríos senegaleses, las áridas planicies del Ferlo -donde florece la acacia espinosa-, los recónditos manglares de las desembocaduras del Sine y el Saloum, los fabulosos bosques de milenarios baobabs -ese árbol extraño y poderoso asociado a las más viejas leyendas y propiedades mágicas-, el encantador Lago Rosa de Retba -apodado así por el romántico color con que los soles tiñen sus aguas salinas-, las deslumbrantes y luminosas playas de la extensa costa virgen de más de setecientos kilómetros, las estereotipadas sabanas orientales, con sus arbustos retorcidos y sus inmensos termiteros, y, finalmente, el abrupto contraste de las únicas montañas de este llano país.

El oscuro y exuberante macizo del Fruta Djalon se esparce por el extremo suroriental de Senegal, ante las fronteras con Malí y Guinea, en el rincón que durante más largo tiempo ha permanecido prácticamente olvidado, donde precisamente se halla, protegido como un auténtico e idílico paraíso, uno de los parques nacionales más importantes del África occidental, y el más conocido de todos los espacios naturales con que cuenta Senegal.

Tanto para adentrarse en el mítico País Bassari como para visitar el espléndido Niokolo Koba, hay que partir de Tambacounda, ciudad de encrucijada de carreteras principales llamada familiarmente Tamba. Distinguidas en 1981 como Reserva Mundial de la Biosfera, las 900.000 hectáreas del Niokolo Koba cobijan 1.500 especies de plantas, 80 de mamíferos, 330 de aves, 36 de reptiles, 20 de anfibios, y 60 de peces. Muchas de las imágenes más arquetípicas de la memoria laten todavía en las diferentes zonas del parque: hipopótamos retozando en el barrizal de las riberas bajo la inquietante mirada de los cocodrilos, manadas de búfalos concentrados en la espesura protectora de las arboledas, temerosos siempre de la brusca aparición de los grandes felinos, mientras buitres y hienas esperan ansiosos su turno de comedor... Y en las verdes mesetas del intrincado monte Assirik, pesados antílopes pastando serenamente lejos de los activos y ruidosos chimpancés y, esporádicamente, la presencia parsimoniosa y bamboleante de una pequeña colonia de elefantes...

De Senegal se dice que es tierra de encuentros, de reconciliación entre el hombre y su medio, y también un lugar donde el tiempo pierde su medida, donde todas las medidas pierden su importancia y sólo cuenta la capacidad para disfrutar el momento, la alegría de la danza y el cántico, y el ritmo contagioso de su música.

Parte indisociable de la vida senegalesa, la música tradicional suena por doquier, en estado más puro en las zonas rurales y remezclada con infinitos tipos de acordes pop en las ciudades. Polirrítmica y polifónica, y asociada a la inmensa variedad de instrumentos con que la interpretan, se incrusta en la memoria de cualquier estancia entre los senegaleses, permaneciendo en el recuerdo de cualquier viaje junto a los característicos olores especiados de sus mercados y una inolvidable sensación de amplitud calurosa -en más de un sentido-. Aunque los primeros complejos hoteleros datan de apenas tres décadas, el turismo ya se ha colocado a la cabeza de la economía senegalesa, constituyendo su segunda fuente de ingresos, sólo superada por sectores tradicionales como la pesca, los fosfatos o el cultivo y exportación de cacahuetes, del que son el primer productor mundial.

Los esfuerzos actuales por modernizar y dinamizar sus instalaciones de acogida colocan a Senegal en un momento delicado, ya que, si bien es inevitable frenar el curso habitual del denominado progreso, muchos de sus tesoros más frágiles, como las etnias arcaicas o algunas especies de animales protegidos, peligran seriamente ante la amenaza de invasiones masivas. Los nuevos mercados emisores prometen viajes en los que son capaces de aunar ciertas comodidades con la todavía autenticidad de escogidas experiencias, pero mientras conserve su frescura natural, Senegal seguirá siendo por mucho tiempo la puerta más amable del África negra.

Aunque no contenga los paisajes más espectaculares y dramáticos, nadie le niega que cuenta con la más simpática de las poblaciones, y si la mayoría de adeptos a África coincide en que un viaje a este enigmático continente equivale a profundizar en el interior del alma propia, muchos son los que insisten en el valor de Senegal como lugar iniciático para tratar de entender esta tierra antigua que sus enamorados reverencian como madre de todos los hombres.