La Selva Negra, el vergel de Alemania que da nombre a una tarta de chocolate

Este paraje, que ni es selva ni es negra, es uno de los más escénicos de Europa

Noelia Ferreiro
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Foto: Simon Dux / ISTOCK

El bosque donde Blancanieves encontró a los siete enanitos, la casa de Hansel y Gretel, el castillo encantado de la Bella Durmiente. Hay quienes han visto en la Selva Negra un bucólico motivo de inspiración para los Hermanos Grimm. Nada extraña. Porque este parque nacional de Alemania, encajado en la esquina que hace frontera con Francia y Suiza, está dibujado con montañas coronadas de bruma, bosques, lagos y casas de madera (nada de selva, por cierto) al más puro estilo de los cuentos.

Fueron los romanos quienes acuñaron el nombre, pasmados ante semejante maleza oscura que no dejaba asomar el sol. Un terreno insondable para el todopoderoso imperio, que mucho tiempo después sería retratado por los pintores del siglo XIX, y alabado por novelistas como Mark Twain y filósofos como Martin Heidegger: ambos hallaron en estos parajes la relación más perfecta del hombre con la naturaleza.

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Naturaleza rabiosa

Hoy es un paraíso para los senderistas con más de treinta mil kilómetros de rutas señalizadas para abordar a pie o en bicicleta. Desde excursiones de un par de horas hasta recorridos de varias jornadas como el Kinzigtäler Jakobusweg, de siete etapas, al que se conoce como el Camino de Santiago del valle del Kinzig. Trayectos que están enmarcados por una intrincada espesura. No olvidemos que aquí descansa el mayor bosque de hayedos de Europa, por delante de nuestra selva (que tampoco es selva) de Irati.

También en la Selva Negra encontramos agua. La de los seis lagos glaciares que salpican sus parajes y que propician actividades como paseos en barco, rutas en kayak, pesca, remo, vela o reconfortantes chapuzones cuando aprieta el calor. Los más destacados son el Titisee, abrazado por frondosas masas de pinos y abetos, y el Schluchsee, el que está situado a mayor altitud de toda Alemania. Y no hay que olvidar las cascadas, algunas tan impactantes como la de Todos los Santos, en la zona norte, o la de Triberg, la más espectacular del parque.

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Pueblos idílicos

En este entorno natural se desperdigan unos cuantas aldeas con un cierto aire de fábula. Hundidas en las profundidades de los valles o asentadas sobre suaves colinas por encima de la masa forestal, todas exhiben pintorescas casonas de arquitectura tradicional, con sus tejados inclinados y sus entramados de madera. Sasbachwalden, Altensteig, Gengenbach, Herrenberg, Schiltach o Calw son paradas imprescindibles.

También lo son los balnearios que, gracias a las aguas termales y a la pureza del air, se han convertido también a la Selva Negra en un destino top del bienestar. Especialmente en Baden-Baden donde se emplaza el de Friedrichsbad. Aquí el nudismo es mixto y obligatorio desde los tiempos de la Belle Époque, cuando se erigía en el spa más glamouroso de Europa.

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Y la tarta, ¿qué?

Sí, es una de las cosas con las que se identifica irremediablemente a este territorio boscoso. Una tarta reconocida en el mundo entero, que está elaborada con bizcocho de chocolate, nata y cerezas, el ingrediente fundamental y el que le da su sabor característico. Con estas mismas cerezas, oriundas de la región, también se elabora el licor llamado Schwarzwälder Kirsch con el que se empapa el bizcocho.

También en la Selva Negra son típicos los relojes de cuco, ya que aquí nació el primero, allá por 1737, y esto ha dado pie hasta a una ruta, la de los Relojes, que atraviesa pueblos deliciosos y museos que explican su origen.

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