La Selva de Irati, magia, hadas y el reino de Basajaun

Sentimos la magia de este bosque de cuento desde su corazón. Nos adentramos en la Selva de Irati,  una joya en forma de frondosidad donde, entre hadas y magia, reina Basajaun, su dueño.

Irene González
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Foto: Irene González

En el Valle de Aezkoa, en el Occidente de Pirineos, está una de las puertas naturales a la Selva de Irati. Este bosque cargado de magia es uno de los más extensos y con mayor riqueza medioambiental de Europa. Pasear por sus senderos y ascender a sus montañas, realizar rutas en BTT, sorprenderse en la Fábrica de Armas, sentir la prehistoria en los megalitos de Azpegi y disfrutar de Embalse de Irabia son seis tentaciones que nunca hubieras soñado recorrer.

Es un paraíso que en otoño se torna mágico, cuando vibran sus extraordinarios colores, y el silencio susurra en su hábitat. Cuenta la leyenda que la Selva de Irati era el reino de Basajaun, dueño y protector de este bosque, su naturaleza y de sus rebaños. Este gran señor de la mitología protegió con esmero el vasto territorio del Valle de Aezkoa donde se siente un dulce vértigo al perderse entre miles de troncos que llegan hasta el infinito.

Nos adentramos en La Selva de Irati desde Orbaizeta, la puerta occidental de este mítico parque, donde caminar por caminar supone un auténtico placer, y más en otoño, su época de esplendor. En noviembre la hojarasca de hayas, abetos, alisos y robles compone una acuarela de verdes, amarillos, pardos, rojos, cobrizos y rojizos, en un impresionante derroche de hermosura. El follaje recubre el suelo como un suave anaranjado, el musgo envuelve de verde  las rocas, cubre las raíces y trepa por los troncos. El bosque te atrapa en un encantador hechizo.

Con más de 17.000 hectáreas, y frontera natural con Francia, es el bosques más extenso de Europa, tras la Selva Negra alemana. Las laderas de los valles de Aezkoa están cubiertas por una bellísima y espesa capa de hayedos y abetos que los envuelve y protege como un manto. De allí salió la madera para construir el palacio de Olite, la catedral de Tudela o los mástiles de la Armada. Sus espesuras y praderas fueron lugar de caza de los Reyes de Navarra en la Edad Media, campo de batalla de mil guerras medievales, refugio de contrabandistas, y vía de escape de aviadores y perseguidos en la II Guerra Mundial.