Seis lugares únicos de la isla de El Hierro

En el siglo II después de Cristo, Ptolomeo consideró que el final del mundo estaba situado en los últimos vértices occidentales de la isla canaria de El Hierro. La más desconocida de las Islas Canarias mantiene viva esa esencia de extremo, frontera y final de un mundo. Pero su geografía es el comienzo de un inolvidable viaje.

Manuel Mateo Pérez
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Valverde, La Capital

En Valverde, en la capital de la isla, las casas de arquitectura colonial están arracimadas en tres barrios: Tesine, La Calle y El Cabo. Dos grandes avenidas cicatrizan el casco urbano, en torno a las cuales suben y bajan calles empinadas que acogen viviendas de no más de tres plantas.

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En ellas toman asiento un centro cultural con cine y teatro, y dos pequeños museos de cultura local que exhiben en sus salas buena parte de la memoria arqueológica de los primeros pobladores herreños.

La Iglesia de la Isla

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El monumento más importante de Valverde es la iglesia de Santa María de la Concepción, un templo edificado en la primera mitad del siglo XVIII bajo los postulados barrocos de la arquitectura canaria. En su interior, en un altar mayor, se venera a la patrona de la localidad, que celebra sus fiestas durante la primavera.

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En una capilla cercana se alza la talla genovesa del Cristo de la Columna. Frente a la iglesia de Santa María de la Concepción se halla una clásica casona canaria encalada y abierta a una deliciosa plaza pública

Mocanal

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Mocanal se extiende al norte de la isla, frente a las costas de La Gomera, rodeada de pastos y campos de cultivo. Su caserío se eleva por encima de los setecientos metros de altitud. Envuelto buena parte del año por neblinas, acoge algunos de los ejemplos más hermosos de la arquitectura isleña. A sus pies, en la costa, se localizan dos grandes piscinas naturales junto a las que toma asiento un poblado antiguo, conocido como Pozo de las Calcosas.

El Mirador de la Peña

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Desde el mirador de la Peña se divisa un paisaje de estremecedora belleza. La vista se pierde entre los pliegues del valle de El Golfo, atisbando a lo lejos la raya ondulante del océano misterioso. En el pequeño pueblecito de Guinea se conservan la memoria de los bimbaches, aquel pueblo de origen neolítico que no ofreció resistencia alguna cuando los primeros conquistadores amarraron sus barcazas a los acantilados de la isla.

Tiñor

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En Tiñor se halla el árbol sagrado de Garoé, sacralizado por aquel pueblo aborigen que creía tener en él un manantial inacabable de agua limpia y fresca. Un huracán lo derribó en el año 1610, pero se conservan aún los dos estanques donde aseguran que se recogía sus aguas. En el santuario de la Virgen de los Reyes se venera a la patrona de la isla. Pero antes de coronar el templo el viajero halla a un lado y a otro de su camino las doloridas sabinas que el viento ha vencido.

Volcanes aún vivos

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Los áridos lajiares presiden el sur, mientras las formaciones volcánicas —algunas, aún vivas— salpican las cumbres más altas de la isla. Frente a tanta aspereza destacan las fértiles tierras del valle de El Golfo, plantadas de viñedos. En el centro de El Hierro los bosques encierran densas manchas de pinares y laurisilvas. El sabinar que germina al oeste de la isla es un símbolo de la vegetación insular y sus formas la mejor metáfora de la rigurosidad con que aquí se las gastan los elementos.