Secretos de Francia: Montrésor y el capricho de Mick Jagger
Este pueblo de la provincia de Turena, en el rincón menos explorado del Valle del Loira, se cuenta entre los más bonitos del país vecino.

Su nombre lo dice todo: Montrésor es “mi tesoro”, una tentadora manera de definir a esta localidad de la provincia de la Turena, en el tramo central que atraviesa el Loira a lo largo de sus mil kilómetros de recorrido. Un enclave cuya belleza está oficialmente reconocida al estar incluido en la lista de los 170 pueblos con más encanto del país.
Estamos en el rincón menos explorado del Valle del Loira, aquí donde el paisaje se dibuja con ondulantes colinas, viñedos radiantes, bosques encantados y, por supuesto, castillos. Esos castillos elegantes y refinados que la nobleza francesa levantó a la orilla de uno de sus ríos más emblemáticos.

Discreto y silencioso, Montrésor tiene cierto aire de cuento con sus casas con artesonado de madera y sus estrechos callejones, siempre impolutos y floreados. También cuenta con una colegiata gótica, la de San Juan Baptista, que alberga obras del siglo XVI. Y con el pintoresco Mercado de los Cardeux, con un tejado abuhardillado, donde antaño se trabajaba el textil. Pero lo más llamativo de este pueblo asentado en el valle del río Indrois es, cómo no, su fortaleza medieval, que está recostada sobre un espolón rocoso y que domina con poderío el entramado urbano. En él encontramos una de las estampas más hermosas: la que tiene lugar en el paseo de la ribera con las torres reflejadas cobre las aguas. Sólo por admirar esta imagen merece la pena la visita.

Una interesante historia
Más allá de su encanto, el castillo de Montrésor guarda, además, una interesante historia. Fue construido en el siglo XI y rediseñado después durante el Renacimiento, época en la que el pueblo gozó de una importante presencia de la corte de Francia. Llegó a ser, incluso, propiedad de Philippe de Orleans, hermano de Luis XIV. Pero este aspecto renacentista se ha quedado sólo en el exterior, puesto que en 1849 fue comprado por un exiliado polaco, el conde Branicki, amigo de Napoleón III, a quien pertenece hasta el día de hoy. Con él llegó una renovación total de sus interiores en el estilo Segundo Imperio, la tendencia de moda del momento.


Hoy la visita al castillo supone todo un ejercicio de sorpresa y curiosidad. Porque en sus recargadas estancias se puede encontrar de todo, especialmente objetos que remiten a su origen: retratos de la familia, cuadros que representan acontecimientos clave de la historia de Polonia, libros en su lengua original y toda una serie de detalles que desvelan la intimidad de este conde que acabó siendo el hijo predilecto de Montrésor. Hay quien dice que hasta hay una urna en la que se guarda el corazón del gran poeta romántico Adam Mickiewicz.
De todos estos artilugios, uno llamó la atención del líder de The Rolling Stones, que visitó el castillo hace décadas: la escultura de mármol del jardín, que recrea al Ángel Caído. Cuentan que tanto le cautivó a Mick Jagger esta sencilla estatua, que hasta quiso (sin éxito) comprarla. Tal vez la quería para su propio castillo, el château de Fourchette, que sí compró en una localidad cercana. Y es que su Satánica Majestad es un enamorado del Valle del Loira.
Otros castillos de los alrededores cuya visita resulta imprescindible son el de Gizeux, donde se puede pernoctar para sentirse como un auténtico noble; el de Langeais, construido con un carácter defensivo y otro estético; y el de Villandry, que encierra en sus jardines toda una obra maestra del paisajismo.
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