¿El secreto de la prosperidad? Atraviesa el Fushimi Inari de Japón

El santuario más fotogénico del país nipón es el lugar al que ir para alcanzar el éxito en los negocios

Noelia Ferreiro
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Foto: tekinturkdogan / ISTOCK

A simple vista, parece un túnel rojo e infinito, un ciempiés interminable, un pasadizo secreto hacia ninguna parte. Y lo cierto es que este enigmático santuario (que en realidad es un conjunto de cinco santuarios) es todo esto y mucho más. 

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Se llama Fushimi-Inari, está emplazado a las afueras de la ciudad japonesa de Kioto y es una sucesión de templos en zigzag que se extienden por las boscosas laderas del Inari-yama y a lo largo de un empinado sendero de nada menos que cuatro kilómetros. Un sendero que está flanqueado de toris, esas puertas rojas que preceden la entrada de los santuarios shinto y que marcan la frontera entre el espacio profano y el sagrado, esto es, entre el mundo finito de los humanos y aquel otro, inalcanzable, de los dioses.

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Tremendamente fotogénico, se trata de uno de los rincones turísticos más populares del país nipón, con el añadido importante de ser una atracción gratuita. Pero hay más. Más allá de su belleza, de su armónica disposición, de su innegable atmósfera serena, el Fushimi Inari es también el objeto del culto a la prosperidad. Y esto, que en Japón, antaño, quería decir sake y arroz (de hecho, Inari es el dios de este grano universal al que fue dedicado el santuario), hoy sólo puede tener una palabra: negocio. 

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Cada día más largo

En un país que se cuela en la cabeza del ranking de las potencias más industriales del mundo, que ocupa un puesto de honor en los estados más tecnológicamente punteros, la prosperidad que ahora se reclama ya nada tiene que ver con el papel de la agricultura. Por eso, al igual que en su día eran los campesinos quienes rogaban por su favor, hoy son los comerciantes quien suplican el éxito profesional añadiendo nuevas toris con el nombre de su empresa grabado.

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De esta forma, el Fushimi Inari va creciendo con el tiempo. Una tras otra, en una sucesión ilimitada, las puertas rojas alargan este camino misterioso, que se abre paso entre los árboles de bambú, dejando abiertos algunos recovecos iluminados por velas. Y en su trayecto, en pequeños recodos, se alzan estatuas de zorros (cientos, miles…), que son los mensajeros de Inari y llevan una llave en la boca que simboliza la salvaguarda del granero. En uno de estos huecos, oculta y muchas veces desapercibida, descansa la piedra de los deseos, Omokaru ishi. Cuentan que si una persona piensa en aquello que anhela mientras la levanta y nota que ésta no pesa mucho, sus plegarias serán escuchadas.

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Magia al atardecer

El Fushimi Inari se construyó, al parecer, en la era Wadō, en los años 708 a 715, durante el período Nara. Por su espectacularidad y su soberbia extensión que abarca la totalidad del monte Inari (el recinto tiene una superficie de unos 870.000 m2) se lo considera la matriz de los aproximadamente  40.000 templos sintoistas que hay repartidos por todo Japón. Este complejo sagrado es además uno de los más populares en la región de Kansai para realizar los primeros rezos del Año Nuevo, esa costumbre llamada  hatsumōde para solicitar buena suerte. 

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En el crepúsculo, cuando el sol comienza a despedirse, es el mejor momento para visitarlo, bajo la tenue luz de los farolillos, en absoluto silencio y con la esotérica amenaza de los espíritus de los bosques. Es así, mágico y enigmático, como aparece en aquella memorable escena de la película Memorias de una Geisha, basada en la exitosa novela homónima de Arthur Golden.