Un secreto de Grecia: los pueblos zagorohorios

En estas pintorescas aldeas de montaña, enmarcadas por el desfiladero más profundo del planeta, el tiempo parece congelado.

Noelia Ferreiro
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Foto: verve231 / ISTOCK

Solitaria y agreste, agraciada con una naturaleza desbordante de bosques, ríos, lagos y cumbres que se asoman al abismo, la Grecia de interior constituye un tesoro aún sin desempolvar. Un secreto que a menudo pasa desapercibido al trasiego turístico, más interesado en las islas mediterráneas pintadas en azul y blanco, las resonancias mitológicas, las ruinas de la Antigüedad. 

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Sin embargo, hay vida (y mucha) en el país heleno más allá de sus postales más típicas. Y la Zagorohoria es una bellísima muestra de ello. Un conjunto de cuarenta y seis aldeas de montaña milagrosamente conservadas y perdidas en el norte de la península, allí donde los pliegues del paisaje tienen un perfil balcánico. 

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Remotas, desperdigadas, embutidas en las laderas, se trata de un refugio perfecto para dar esquinazo a la vida moderna. En sus viejas casas de piedra y pizarra, en sus recoletas iglesias y en sus ancestrales costumbres de pastoreo seminómada, el tiempo parece congelado. Su identidad única, ajena a la del resto del país, deriva del aislamiento: los pueblos zagorohorios emergieron como escondrijo para evitar los impuestos pesados del imperio otomano.

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Monodendri, emplazado a más de mil metros sobre el nivel del mar, es una de las aldeas principales y el primer paso de la ruta que los recorre en una caminata de no menos de siete horas hasta dar con las evocadoras Megalo Papingo y Mikro Papingo. Por el camino, joyas tan imprescindibles como el monasterio de Agias Paraskevis, con su solemnidad otomana; los miradores de Oxya y de Beloi, en los que uno puede marearse contemplando el abismo a sus pies; o el manantial de Klima, que es el único punto donde poder proveerse de agua fresca. 

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Es el paisaje que se despliega a lo largo del desfiladero de Vikos, que no sólo es un estremecedor accidente orográfico que deja a su paso todo un reguero de vegetación, sino que está catalogado en el libro Guinness como el cañón más profundo del mundo. Un tajo descomunal que raja la montaña a lo largo de 12 kilómetros con una separación entre sus paredes de apenas un millar de metros.

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La garganta, que sigue el curso del rio Voidomatis, constituye el corazón del Parque Nacional Vikos-Aoos, donde, además de los cañones (también está el de Aoos, bastante menor) se puede disfrutar de bosques, prados y trémulos lagos en cuyas aguas se reflejan los dientes de sierra del macizo de Tymfi. Sólo aquí reside casi un tercio de toda la flora griega, junto a especies de fauna tan paradigmáticas como el oso pardo, el zorro o el rebeco endémico. 

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A pie por este fantástico trayecto de la Zagorohoria, al paso de ríos donde nadan las nutrias a la pesca de truchas despistadas, van desfilando nuestros encantadores pueblos de piedra. Así, cuando se llega a la cornisa a la que se agarran las gemelas Papingo bajo la silueta del monte Astraka, estos parajes ya nos habrán enamorado.

Una vez aquí, separadas por un par de kilómetros y orientadas al acantilado, todo será dar un último paseo por sus estrechas callejuelas, detenerse en alguna taberna para degustar un potente ouzo a la sombra de una parra y compartir impresiones con el resto de los senderistas que también culminan aquí su ruta