Santo Domingo, Caribe urbano

En su sed de playas son muchos los que en su viaje a la República Dominicana se pierden esta "ciudad capital", como le dicen en la isla, que ostenta el título de ser la ciudad más vieja del Nuevo Mundo. Las noches vibrantes que se gasta Santo Domingo, las idas y venidas junto al Caribe a lo largo de su Malecón y, sobre todo, el conjunto de palacios del XVI que atesora su Zona Colonial dan fe de lo mucho que se equivocan.

Elena del Amo

Tomar la parte por el todo. Algo así ocurre cuando alguno resuelve que se marcha a Santo Domingo y, en realidad, adonde se va es a la República Dominicana. La ciudad capital, como le dicen sus vecinos, tuvo tal preeminencia en la historia que acabó dándole nombre al país, que antes de consolidarse como tal figuraba en los mapas como laIsla de Santo Domingo, pese a que un tercio de la isla pertenece a Haití. De ahí la confusión, tan frecuente, con los nombres, que se alimenta también del hecho de que esta urbe de más de tres millones de almas e intenso regusto a Caribe no tenga buenas playas, por lo que los resorts de Punta Cana, La Romana, Puerto Plata o Samaná le han robado en los últimos tiempos algo de protagonismo. La dama tiene, además de nombre, apellido: Santo Domingo de Guzmán, y lleva a gala el haber sido la primera urbe que fundaron los españoles en el continente americano.

En el octógono de caserones del siglo XVI que encierra su Zona Colonial se escribieron los primeros capítulos de la epopeya del Nuevo Mundo, donde las demás ciudades que se fueron erigiendo lo hicieron a su imagen y semejanza. Sus calles adoquinadas presumen de haber visto alzarse el primer monasterio de las Indias, el primer hospital, la primera catedral, la primera corte de leyes o la primera universidad. Y también desde su puerto partirían expediciones como la de Ponce de León hacia Puerto Rico, la de Hernán Cortés a la conquista de México o la de Vasco Núñez de Balboa rumbo al descubrimiento del Pacífico. Fue aquí, a orillas de la desembocadura del río Ozama, donde todo empezó, y es de ley sabérselo reconocer a la ciudad capital con una visita de al menos un par de días antes de olvidarse de la historia, y del resto del mundo, al calor de cualquier playa.

Santo Domingo es grande, cosmopolita en muchos aspectos, y tan acostumbrada a los turistas como a los hombres de negocios, ya que es en sus mejores hoteles y restaurantes donde se cierran muchos de los tratos que afectan a toda la región de las Antillas. Pero Santo Domingo es sobre todo Caribe; un Caribe urbano, eso sí, que hace de su ambiente algo único. Más allá del entramado colonial del cogollo histórico y de los edificios al estilo de Miami que se levantan sobre su Malecón, sus barrios trazados a cuadrícula se desparraman a lo ancho por un enjambre infinito de casas con patio, en las que no se perdona el sopor de la siesta balanceándose sobre una hamaca y donde el verde tropical de los plataneros trepa con indolencia por encima de las tapias.

También abundan los descampados en los que el béisbol triunfa sobre el fútbol como rey absoluto y los colmados que, con la excusa de la compra, cobijan la conversadera de las vecinas, que arreglan el mundo con desparpajo y sin quitarse de la cabeza los grandes rolos de colores que les alisan el moño malo, que es como le dicen al pelo fuerte, brillante y rizado que, junto al sentido del ritmo y la risa, les dejaron en herencia sus antepasados africanos. Eso de no conocer al que vive al lado no va con Santo Domingo, por más que sus arrabales sigan creciendo con la llegada de campesinos de provincias en busca de oportunidades. Su gente es cariñosa y fiestera, como se palpa en las noches vibrantes que se gasta la ciudad o en el frenesí del Carnaval, que se adueña de cada esquina del Malecón y convierte esta gran avenida enfrentada al Caribe en la mayor sala de baile de todo el planeta.

No es la república dominicana un país para tímidos. "Eh''paña, ¿cómo tuetás?" se erige en el grito de guerra con el que, con acento dulzón, se recibe al llegado de la Madre Patria en cuanto pone un pie por sus barrios. Todos aquí se convierten de un plumazo en un "eh''paña" y, a poca gracia que se le eche, en seguida le salen a uno ofertas para compartir un cafesito solo pero suave y dulce, como les gusta a los dominicanos, o salir de bonche para pasmarse con el arte de los mejores bailarines de la isla en los locales populares o, si se prefiere, por los cotos privados de los plásticos, la flor y nata capitalina, a los que con no poca guasa se dirigen así porque pagan con tarjeta. Los aguaceros que encharcan Santo Domingo y la dejan a oscuras cuando descarga una tormenta la empapan más aún de sabor a trópico. Y hasta sus fenomenales atascos, aunque algo atenuados por una recién estrenada primera línea de Metro, rezuman Caribe por todos sus poros: cuando de las jeepetas y guaguas a rebosar retumba a todo trapo el último merengue al más puro estilo dominicanyork -que es como llaman a los que volvieron de hacer dinero en la Gran Manzana-, mientras los vendedores ambulantes aprovechan el colapso para, uno por uno, ir desfilando en busca de comprador para su cargamento de periódicos, refrescos y cachivaches, a cual más surrealista, con el que sacarse algunos pesos.

Pero si sus barrios periféricos tienen la fuerza de lo auténtico, el bocado más apetitoso aguarda en su corazón colonial, con más de trescientos caserones y monumentos de la época que le sirvieron para que la Unesco tuviera a bien concederle hace casi dos décadas el título de Patrimonio de la Humanidad. Y lo mejor es que este barrio histórico, aunque alberga muchos, en nada parece un museo. La llamada Zona Colonial está usada y llena de vida, con vaivenes de turistas, sí, pero también de parejas en busca de un rincón discreto por los recovecos de sus desportillados fortines y de abuelos que, al caer la tarde, sacan las sillas a la fresca para echar un dominó.

Con la celebración del V Centenario se remozaron en 1992 muchas de sus calles, y también coincidiendo con el aniversario se inauguró en la otra orilla del río el polémico Faro a Colón, que cada noche proyecta hacia los cielos del Caribe su disparo de luz en forma de crucifjo. Es a este moderno edificio al que se trasladaron entonces desde la Catedral esos mismos restos de Cristóbal Colón que asegura conservar la Catedral de Sevilla.

En su primer viaje de 1492, el Almirante se había topado con esta isla, conocida como Quisqueya por los indios taínos que la habitaban y enseguida rebautizada como La Española. Cierto que antes que en Santo Domingo se estableció un primer asentamiento en La Isabela, cerca de la actual frontera con Haití, aunque Bartolomé Colón, hermano del descubridor, apenas un puñado de años más tarde fundaba oficialmente esta villa al abrigo de un buen puerto en la confluencia del Ozama con el Caribe, rodeada de tierras fértiles y próximas a las vetas de oro que se habían localizado en el sur. Rápidamente esta primera ciudad del Nuevo Mundo, trasladada en 1502 a la margen occidental del río por Nicolás de Ovando y diseñada a conciencia por él, se convertiría en la niña mimada de la Corona hasta que, más entrado el siglo XVI, el oro dominicano empezó a escasear y los recién hallados yacimientos de plata de México vaciaron Santo Domingo, o casi, de buscadores de fortuna.

Cartagena de Indias o La Habana, donde se protegían de los piratas los tesoros sacados del continente antes de ser enviados a España, le usurparon entonces el puesto de favorita de la metrópolis, aunque para entonces Santo Domingo ya alojaba una élite criolla que siguió engalanando la Zona Colonial con palacios góticos, renacentistas y barrocos y caserones balconados sobre patios.

Fue hacia la segunda mitad del XVI cuando se comenzaron a erigir las murallas de la ciudad -que no bastaron para repeler el ataque bucanero de Francis Drake en 1586- y cuando llegó desde España un ejército de canteros y alarifes para levantar las residencias más nobles, fuertes aún en pie como el de San Diego o la sede del tribunal con jurisdicción en todo el Nuevo Mundo, convertida hoy en el Museo de las Casas Reales. Por entonces se le harían también los últimos añadidos a la fortaleza de Santo Domingo y a la Catedral, a algunas de sus otras iglesias imprescindibles, como la de las Mercedes o la de Santa Bárbara, y se finalizaron los nuevos aposentos del Alcázar de Colón, desde el que el hijo del Almirante había oficiado a principios del siglo como virrey de las tierras conquistadas y hoy transformado en un museo en el que pasearse entre el legado de esta época.

Cafés, restaurantes y hoteles con encanto, y hasta dependencias de bancos como la que aloja la Casa del Cordón o embajadas como la de Francia, que ocupa la antigua casa de Hernán Cortés, se han ido adueñando aquí y allá de palacetes de piedra restaurados con mimo por avenidas esenciales como la peatonal calle de El Conde, la mejor zona comercial del centro con permiso del más bullicioso y turístico Mercado Modelo, o la calle de Las Damas. Si la primera honra al Conde de Peñalba, que en 1655 libró a la ciudad del ataque de la flota inglesa, la segunda, dueña y señora de la mejor arquitectura colonial del barrio, recuerda al séquito que acompañaba a la virreina María de Toledo y otras nobles doncellas españolas camino de misa. Esta calle, la primera que Ovando abrió en Santo Domingo, ejerce todavía como el nervio central desde el que ir hilvanando el paseo entre palacetes, el barrio de Las Atarazanas -en el que funcionó la primera Aduana del Nuevo Mundo-, o por el entramado de iglesias y capillas que salpican la Zona Colonial hasta desembocar en la antigua Plaza Mayor. Ésta, hoy llamada Parque Colón, cobija un cogollo de terrazas perfectas para hacer un alto y disfrutar del ambiente con una cerveza bien fría, a menos que se prefiera optar por las que, sobre la Plaza de España, despachan los atardeceres más románticos, con los perfiles del Alcázar y el Caribe como testigos.